Carlos Martín Briceño

Reflexiones en torno a la literatura


carlosbriceno“No confíes en nadie. Nadie, aparte de tu familia, tiene motivos para quererte” Así con esas palabras textuales, mi madre solía prevenirnos a mis hermanos y a mi de la maldad humana. El mundo, bajo su perspectiva, estaba poblado de gente dispuesta hacernos daño, si las circunstancias eran propicias. Los buenos podían contarse con los dedos de la mano.

Al tendero de la esquina, por ejemplo, un viudo solitario y de ojos permanentemente enrojecidos, no debíamos aceptarle nada gratis, ni siquiera un chicle motita o un puñado de charritos, pues detrás de aquella acción, quien sabe que oscuras intenciones se ocultaban…

Treinta años, después estoy cierto que, de no haber sido por estos consejos, quizá nunca hubiera desarrollado esa suspicacia que me ayuda a narrar mis historias. Historias que surgen de lo cotidiano, de las relaciones de pareja, del horror al tedio, de ese mensaje universal que es el sexo, de situaciones anómalas dentro de vidas aparentemente tranquilas…

Claro que la vida a cambiado y estos tiempos también facilitan las cosas, pues nunca, como ahora, el ser humano había vivido con tanta zozobra. Basta con abrir un periódico para darse cuenta de la incongruencia del comportamiento humano: cautivo de su propio egoísmo, en el afán de satisfacer su necesidad de permanencia en el planeta, el hombre continúa apostándole al exterminio de su entorno para sentirse protegido, sin darse cuenta de que está cada vez más solo.

Mi pasión por la literatura me viene desde la niñez, gracias a los Reyes Magos que solían dejarme debajo de la hamaca historias de Salgari, Stevenson, Mark Twain, Dickens, May Alcott, Julio Verne y Conan Doyle en lugar de juguetes Lili Ledy. No olvido el Drácula de Bram Stoker-en versión completa de editorial Novaro- que aún conservo y que leyera a los diez años y me obligara a dormir con un crucifijo entre las manos durante varias semanas.

El cine, por otra parte, también ha sido un elemento esencial en mi formación literaria. No fueron pocas las ocasiones que en los años setenta entré al cine a mirar películas con clasificación para adultos siendo todavía un preadolescente: Fiebre del sábado por la noche, El francotirador, El exorcista, Taxi driver, La gran comilona… Alguien escribió que mis relatos son “cinematográficos” y que el lector va avanzando al leerlos como si llevara en los hombros una cámara en pleno proceso de filmación. En aquel entonces, las salas eran enormes y difícilmente se llenaban. Era fácil convencer a los encargados de vendes los boletos que me dejasen entrar al segundo piso, allí donde los inspectores nunca subían. Por supuesto que esta prohibición hacía la visita al cine más interesante, pues la misma gente se encargaba de rumorar que “en el segundo piso sucedían escenas más candentes que las de la pantalla”.

¿Por que escribo? Escribo para reafirmar mi pertenencia a este mundo, para sentir que mi vida tiene sentido. Mientras estoy escribiendo alguna historia me siento satisfecho. El proceso puede durar varios días, incluso semanas, pero al terminar, vuelvo a sentirme vulnerable y regreso a la urgencia del principio.

Si alguien me preguntara a quienes considero mis maestros y la razón por la que se ganaron el titulo, comenzaría con algunos que no saben que lo son, ni se enterarán nunca: Edgar Allan Poe, por su descarnada visión de horror; Chéjov, por la perfecta descripción de sus personajes; Horacio Quiroga, por esa misteriosa exaltación de la naturaleza; Kafka, quien me enseñó que algún día todos vamos a correr la suerte de Gregorio Samsa; Borges, por sus universos paralelos; Bioy Casares, por su aristocrática fantasía literaria; Arreola y Rulfo, (los Juanes, pues), por esa mexicanísima universalidad de sus letras; Cortázar, García Márquez, Sabato, Carpentier, Onetti y Vargas Llosa, por haberle demostrado a Europa que Latinoamérica también existe.

No olvido a aquellos maestros que lo han sabido por que alguna vez se los dije-cervezas de por medio-, Agustín Monsreal, el primero que me empujara recorrer el sinuoso camino del cuento, y Rafael Ramírez Heredia, quien, con sus agudos puntos de vista me enseñó a mirar los textos desde una nueva perspectiva.

Escribir, al igual que leer, bajo mi punto de vista, es una tarea solitaria, onanista. Sin embargo, debo reconocer que los talleres-siempre y cuando sean dirigidos por gente valiosa- ayudan a definir el estilo y a encontrar otros matices al trabajo.

Soy un individuo solitario para escribir, para dejar que las palabras fluyan en el ordenador durante la madrugada, pero agremiado para compartir un buen tinto, una buena película, una conversación interesante, un saludable encuentro de cama.

Un buen escritor jamás ha de sentirse completamente satisfecho con su labor, pues siempre existirá la posibilidad de mejorarla. Por eso conviene recordar las palabras de Jorge Luis Borges: yo publico para no seguir corrigiendo.

Contáctame: cmartinbri@hotmail.com