Juan García Ponce o la supremacía del erotismo

Tenía doce años cuando leí Encuentros de García Ponce. El libro, una edición rústica del Fondo de Cultura Económica, que incluía los relatos El gato, La plaza y La Gaviota, llegó a mis manos inesperadamente, tal como el gato gris –leimotiv de la primera historia– llega a la vida de D, el protagonista:

“El gato apareció un día y desde entonces siempre estuvo allí. No parecía pertenecer a nadie en especial, a ningún departamento, sino a todo el edificio. Incluso su actitud hacía suponer que él no había elegido el edificio, haciéndolo suyo, sino el edificio a él, tal era su adecuación con la que su figura se sumaba a la apariencia de los pasillos y escaleras. Fue así como D empezó a verlo, por las tardes, al salir de su departamento, o algunas noches al regresar a él, gris y pequeño, echado sobre la esterilla colocada frente a la puerta del departamento que ocupaba el centro del pasillo en el segundo piso.”

Aquel libro de cuentos –ajado, ligeramente amarillento– ya había pasado ante la luz de varios ojos antes de llegar a mí, y la persona que me lo recomendó me hizo prometer que yo debía seguir con la cadena, como si el volumen fuese una figura paralela al felino garciaponciano, un animal que no debía someterse a los mandatos de nadie porque su magnetismo erótico estribaba, sobre todo, en su independencia.

Leí, lo recuerdo perfectamente, los cuentos en el orden propuesto: Gato, Plaza, Gaviota. El primer relato me deslumbró, y definió en mi subconsciente, ahora lo sé, la línea erótica que años después caracterizaría mi labor como cuentista. En cuanto a La Plaza, una historia de fuerte carga nostálgica sobre un viejo que busca su identidad en la plaza central de la ciudad donde transcurrió su infancia, me sirvió para entender que cuando uno escribe sobre su origen, no obstante la fuerte carga emocional que conlleva, debe de tratar de ser “regionalmente” universal. Pero fue, sin duda, La Gaviota, esa nouvelle que narra la iniciación sexual de una pareja de adolescentes de la alta clase media (el hombre yucateco, la mujer extranjera) que pasan la “temporada” en el litoral yucateco, la que verdaderamente me atrapó. Detrás de su belleza luminosa y su paisajismo bucólico, subyace –como quería Ernest Hemingway– una historia terrible de poder y dominación. Cuando Luis, el protagonista, molesto porque aún no concreta su amor físico con Katina, dispara el fusil y mata a la gaviota que planea sobre sus cabezas, Katina lo rasguña y lo golpea hasta que el otro, en defensa, acaba por dominarla e inmediatamente poseerla. Para entonces, la gaviota habrá resucitado, hecho alegórico que Juan García Ponce pretende convertir en una sentencia concreta: después de la violencia es posible que surjan los verdaderos amantes.

Por otra parte, debido a la complejidad de su pensamiento y a su permanente alusión a la independencia debemos ver a Juan como un ser complejo en todas sus perspectivas. Desde su relación con la muerte, con la que estuvo conviviendo desde mediados de los años sesenta por causa de su terrible esclerosis múltiple, hasta su permanente alusión al erotismo, marea que va y regresa en casi todas sus narraciones.

Juan, dice Christopher Domínguez Michael, “es un pornógrafo al mismo tiempo que un pedagogo: nos enseñó a leer a Robert Musil, a Pierre Klossowski o a Georges Bateille para que tuviésemos las llaves de su propio reino milenario”. Reino, que en mi opinión fascina a los lectores que se atreven a descubrirlo en su totalidad.

Por eso me causa gracia que en Mérida, la ciudad que le vio nacer, a más de diez años de su fallecimiento y después de tantos estudios que se han hecho sobre su literatura, la obras más conocidas de García Ponce sigan siendo sus trabajos costumbristas (Alrededor de las anémonas, El canto de los grillos, La feria distante, Feria al anochecer, La Plaza, Mi nana, La casa en la playa, La gaviota, El nombre olvidado…) como si Juan fuese nada más un paisajista de la circunstancia que le tocó vivir. Y el origen de este desaguisado nace, muy probablemente, cuando la Universidad Autónoma de Yucatán, en 1997, decidió editar dos colecciones de textos de García Ponce para darlo a conocer en la comunidad yucateca. Curiosamente, los encargados de la edición tuvieron el cuidado de seleccionar solamente cuentos que cumplieran con los cánones que dictan las buenas conciencias. De hecho, en la contraportada del par de colecciones referidas, tituladas con simpleza Obras de un escritor yucateco sobre su tierra I y II, se lee lo siguiente:

“La literatura de Juan García Ponce nos eleva a la dimensión de la añoranza, a recuperar la unidad perdida después de la infancia o de cualquier época de la vida. Nos hace ver, además, del paisaje físico, el paisaje espiritual del recuerdo. Así, en La casa en la playa, todos somos un poco Elena, Martha, Rafael, Eduardo, Don Miguel, Celia, Lorenzo. Personajes que se desdibujan y dibujan en nuestra conciencia y nos hacen querer aprehender esos instantes que alguna vez hemos vivido y que quisiéramos que permanecieran vivos, presentes y eternos para siempre. García Ponce en La Gaviota da muestra de su capacidad y poder para iluminar paisajes, playas, arenas, dunas, ciénaga, espumas, aves y toda esa geografía material y espiritual nuestra: luminosa. La literatura del asombro, de la palabra brilladora y misteriosa que nos revela mundos inéditos impalpables es lo que matiza la narrativa de García Ponce en El nombre olvidado

Cierto, muy cierto y no lo discuto: él escribía como quien contempla. En Juan vivía un voyeur natural al que hay que leer con calma, pues solo así puede llegar a paladearse su prosa a profundidad. Y de esa contemplación surge, sin duda, el paisajismo literario que pondera la Universidad Autónoma de Yucatán. Pero mal haríamos en quedarnos nada más con esta faceta del maestro, sería equivalente a acudir al desayuno-buffete del Hotel Fiesta Americana de Mérida y llenarnos con las frutas tropicales, omitiendo, deliberadamente o por descuido, la sabrosísima cochinita pibil, los aromáticos panuchos o los policromos huevos motuleños.

Juan escribía, pues, como quien contempla. Así lo hacían también los personajes de sus cuentos, esos que ensalzan, por encima de otros placeres, los privilegios de la vista.

Como Arturo, por ejemplo, el voyeurista del cuento Rito, quien mira a su novia hacer el amor con el invitado en turno:

“El único testigo es la mirada de Arturo y su signo es el silencio. Si cerrara los ojos, Liliana y el invitado desaparecerían, pero aún a través de sus ojos cerrados él sabría que los cuerpos de ellos seguirían existiendo y la mirada, en cambio, le permite participar de esa ceremonia en la que los oficiantes ignoran al espectador pero lo han aceptado antes de iniciar el rito dentro del que se pierden. Hay una inexplicable cercanía a través de la renuncia a sí mismo de él y su pérdida en esa fascinación de la que Liliana no participa más que por medio del abandono de sí que la entrega sin que la voluntad intervenga”.

O como Jorge, el protagonista de Imágenes de Vanya, cuando le propone a ésta que se quite la blusa delante de todos:

“–Quítate la blusa –propuso Jorge cuando ya estaba lo suficientemente borracho.

–¡Ay, Jorge, cómo te atreves a proponer cosas así, tan desusadas! –contestó Vanya y se apartó de él.

Jorge la siguió con la vista después de encogerse de hombros ante su respuesta. Bebió más, habló de historia sin tratar de cambiar el tono de la reunión y desde lejos siguió observando a Vanya mientras ella escuchaba todo con un supuesto interés y no comentaba nada.”

O como la señora Kivi, cuando mira lenta, cuidadosa, ávidamente las fotografías de María desnuda en Descripciones:

“Ella cruzó la pierna y se puso una mano sobre la evidente rotura en sus medias oscuras antes de responder:

–María se ve muy guapa–

–Lo es también en la vida real. Dime algo sobre las fotografías –insistió Jaime.

–Está desnuda en muchas  –comentó Kivi, sacando brevemente la lengua para mojarse los labios y mirando primero a María y luego a Jaime con la misma atención puesta en sus brillantes y hermosos ojos oscuros puesta al repasar las fotografías. A ella también le satisfacía la insistencia de Jaime.”

O como Santiago cuando observa con deleite en Ninfeta, la figura tierna y bella de Enedina, la hija preadolescente de Carola, su pareja:

“No obstante, Carola, la adorable Carola se desabrochó la parte superior del bikini al ponerse de espaldas y su hija la imitó. Había que admitir que la espalda, las caderas, las piernas de Carola eran bonitas. ¡Pero que comparación con la delicada espalda bajo cuya piel casi podía advertirse la columna vertebral, las estrechas caderas, las piernas apenas adolescentes de Enedina!”

O finalmente como D, el protagonista de El gato, que se extasía al observar al pequeño felino, cuando éste camina sobre su la desnudez de su mujer, posando sus patas delicadas sobre el vientre o los pechos:

“Al sentir el peso del animal, su amiga retiró el brazo de su cara y abrió los ojos con un gesto de reconocimiento, como si se imaginara que la que la había tocado era la mano de D. Sólo al verlo de pie frente a la cama bajó la vista y reconoció al gato. Éste estaba inmóvil sobre su cuerpo, pero al verlo ella hizo un movimiento, sorprendida, y la pequeña figura gris rodó a su lado, sobre la cama, donde se quedó quieta de nuevo, incapaz de moverse.”

Visto lo anterior, no me parece casual que al escritor lo hayan calificado alguna vez de pornográfico y que la Universidad Autónoma de Yucatán haya censurado varias de sus obras. Juan, ya lo hemos dicho, fue un escritor erótico que se anticipó a su tiempo y que no condescendió ante la autocensura de su obra. Establecería, desde sus dos primeros libros –La Noche e Imagen primera– publicados en 1963, una minuciosa distancia con los portadores del estandarte de la buena conciencia.

La incomunicación, la muerte, el deseo, la otredad, el nihilismo, el mal, la traición, la locura. Todos estos grandes conceptos. Nada escapa a la pluma irreverente del yucateco, ganador del premio de literatura Juan Rulfo en el 2001, sin duda el narrador yucateco más importante de la segunda mitad del siglo XX, y tal es la fuerza descriptiva de sus relatos que dos de ellos fueron llevados al cine con éxito: Amelia y Tajimara. Éste último por el célebre director Juan José Gurrola, amigo cercano de Juan.

Las mujeres de García Ponce, gozan de la seducción que ejercen en los hombres. Toda su obra es un gran deseo. “Quiero que me cojan todo el día y toda la noche”. Así es como empieza su novela Crónica de una intervención. Y Juan parece confirmarlo con sus palabras cuando dice que “No hay belleza más admirable que la de la mujer que viene de entregarse a un tercero y esa entrega se la ofrece al hombre que ama que acepta que la única fidelidad posible es la que ella guarda a sus deseos y a su disponibilidad”.

Leer a García Ponce es enfrentarse a los fantasmas recurrentes de la cultura latinoamericana, es aspirar el aliento universal de la literatura, es dejarse envolver con su energía liberadora.

Me complace formar parte de la familia literaria que pactó con García Ponce el compromiso de recuperar, a través de lo erótico, ese tiempo de construcciones atrevidas en el páramo de los desafectos.

“Quizás nos es más que una parte de nosotros mismos”, le dice D a su mujer en el párrafo final de El Gato cuando escucha los maullidos lastimeros del felino detrás de la puerta. Estoy seguro que Juan, a través de su literatura, al igual que el pequeño animal gris, también forma parte de nuestras vidas.

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