Raúl Rodríguez Cetina o la novela de uno mismo

raul rodríguez cetinaA Raúl Rodríguez Cetina lo conocí hace 14 años, en septiembre del 2001, cuando vino a Mérida a recibir el Premio Antonio Mediz Bolio, distinción que acostumbra entregar eventualmente el estado, a un autor nacido en Yucatán, cuya obra hubiere trascendido más allá de las fronteras de la península.

En aquel tiempo yo apenas comenzaba a acercarme formalmente al mundo de las letras y lo único que había logrado publicar era una plaquette con unos atisbos de cuentos (que dicho sea de paso espero no quede viva ninguna), y no perdía la oportunidad de escuchar, de viva voz, las disertaciones o pláticas de los narradores importantes que, de vez en cuando, venían a la Ciudad Blanca.

Por eso, cuando se anunció el laudo que aseguró la presencia de Rodríguez Cetina, no dudé en acudir a conocerlo a la ceremonia de premiación.  Recuerdo bien la imagen de Raúl aquella noche de otoño: pequeño, sonriente, el cabello revuelto, la camisa colorida que contrastaba con las albas guayaberas almidonadas de sus anfitriones. No olvido su emoción genuina al escuchar sentado, en primera fila,  las melodías yucatecas que la Orquesta Típica Yukalpetén ejecutaba en su honor, y luego, su nerviosismo al momento de pronunciar su discurso de agradecimiento, de pie, en aquella tarima colocada en medio del patio arbolado del edificio porfiriano que albergaba el Centro Estatal de Bellas Artes.

Aquel premio, cuya candidatura había sido propuesta por el Centro Yucateco de Escritores, causó cierto malestar en algunos sectores conservadores del mundo literario yucateco, pues el recipiendario, no obstante haber publicado ya en la capital siete novelas y un libro de cuentos, a decir de algunos, no era un autor “correcto”, lo que sea que esto signifique.

Confieso que, hasta ese momento, desconocía la obra de Raúl, pues no había leído más que las crónicas y artículos periodísticos que publicaba con regularidad en El Universal y eventualmente en el Por Esto!  Sin embargo, por su amena forma de narrar, sobre todo cuando escribía sobre la vida de grandes mujeres, siempre imaginé que al leer sus novelas, más allá de cualquier comentario tendencioso, me encontraría con una obra  fresca y fluida, de esas que, una vez que empiezas, te obligan a permanecer pegado al libro hasta terminarlo.

No me equivoqué. Esa misma noche, luego de la ceremonia, algunos amigos y yo invitamos a Raúl a festejar su galardón al legendario restaurante Luigis.  Y fue allí mismo, luego de una cena que incluyó varias botellas de vino, donde me obsequió su novela más reciente, Ya viví, ahora que hago,  la  que sería, a la postre, la penúltima.

“A mis años, procuro no fijarme en las arrugas de los ojos, son el reflejo de mi interior devastado por treinta y ocho años de inestabilidad. Tengo la certeza de que un esperma intoxicado me condenó a la depresión. A los siete años lloré junto a un árbol por sentirme abandonado.

Las líneas de los ojos se ensañaron con mis ojos antes de la juventud, de los libros y el alcohol. A los diecisiete me sentía acabado, sucio, me atormentaba haber conocido el sexo por medio de la prostitución”.

Así, en primera persona, como todo el resto de su obra, con esa contundencia y sinceridad apabullantes, sin retóricas y con una marcada economía de palabras, es como daba inicio aquella novela que, ya en casa, me mantuvo en vilo, con las luces encendidas hasta muy tarde.

¿Quién era este yucateco que se atrevía a contar su vida a través de sus libros y que, además, refrendaba este hecho en algunas entrevistas?

Esa madrugada, al terminar la lectura de Ya viví, ahora que hago, caí en la cuenta de porqué sus trabajos incomodaban a algunos. Raúl no se andaba por las ramas. Con un estilo franco, directo, hablaba de violación, bisexualismo, soledad, depresión y alcoholismo, flagelos que aquejaban constantemente al personaje principal de la novela, álter ego del autor. Por si no fuera suficiente, en las páginas de aquel libro (luego supe que en todos los demás también), Raúl retrataba un México que a muchos disgustaba, un país signado por las frustraciones, la ignorancia de la clase política y una riqueza pésimamente distribuida; un México gris, sin ninguna esperanza para sus habitantes, y mucho menos para aquel que, como el protagonista principal, insistía en dedicarse a las letras.

Narvely, Remí, Dámet, Julién, Humberto y Raúl…, conforme fui adentrándome en el resto de la obra de mi compatriota,  me di cuenta que, no obstante tratarse del mismo personaje, quizá en un intento por jugar con sus lectores, Raúl iba cambiándole el nombre al protagonista; pero lo que nunca cambiaba eran las obsesiones y traumas  de éste, un alcohólico bisexual que había llegado a los 20 años a la ciudad de México a tratar de hacer una nueva vida y convertirse en escritor porque había sido abandonado durante su infancia por sus padres en casa de un tía, y más tarde, abusado por un desconocido .

Con este argumento base y un  estilo diáfano, casi confesionario, pleno de frases cortas y diálogos vivaces, que por momentos nos remite a las voces valientes de André Gide o Yukio Mishima, Rodríguez Cetina, fue capaz de crear un trabajo intimista que mantiene el interés, sin importar que desde las primeras páginas de cada una de sus historias, intuyamos nula esperanza en el destino del protagonista.

Algo que vale la pena señalar, y que quizá no ha sido dicho con contundencia por la crítica especializada, es que Rodríguez Cetina, con El desconocido, su ópera prima, fue uno de los primeros escritores en explorar abiertamente la novela con temática gay en México. Se adelantó, incluso, a El vampiro de la colonia Roma, la emblemática obra literaria de Luis Zapata, que fue publicada en 1978, un año después que El Desconocido.

La vasta obra literaria de Raúl, está signada por un pesimismo total  y una sombría visión del mundo de un autor que no le importa exhibirse y que escribe con una actitud de permanente rebelión contra la sociedad mexicana moderna, que a pesar de contar entre sus filas a varios de los hombres más ricos del mundo, no ha sido capaz de proporcionar a la mitad de sus ciento veinte millones de habitantes, las condiciones de vida indispensables para acabar con el flagelo de la pobreza.

“No creo que mis personajes sorprendan a nadie en este tiempo, siento que hay una inocencia en mis personajes cuando transitan por la soledad urbana, cuando deciden el suicidio o viven la bisexualidad, la prostitución, el alcohol, las violaciones físicas y los atentados terroristas políticos. La desolación que sufren algunos de mis personajes tiene que ver con mi biografía”, dice Raúl Rodríguez en una entrevista.

Pero sí, algunos de sus personajes, sobre todo en aquel septiembre de 2001, alcanzaron a escandalizar a algunos.

Aunque no nos veíamos con frecuencia, solíamos hablar de vez en cuando por teléfono. Una semana antes de fallecer, me había marcado. Estaba eufórico, posiblemente con unas copas de más, feliz porque tenía en mente un nuevo libro. Cuando colgó, como siempre, me aconsejó nunca dejar de escribir, lo único que le daba fuerzas para seguir adelante.

Sin duda, la obra de este novelista de la depresión por antonomasia,  está destinada a ser reivindicada. Hago votos porque este acto represente el primero de muchos en memoria de este yucateco que tuvo el valor de anteponer la literatura por encima de todo, incluso de su propia vida.

 

Palabras pronunciadas por el autor durante el homenaje que se celebró  a la memoria de Raúl Rodríguez Cetina durante la Feria Internacional del Libro de Yucatán 2015. Participó también Ignacio Trejo Fuentes.

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