Cuentos a la luz de la sangre: “montezuma’s revenge” y ¿otros deleites?

sara pootPor Sara Poot Herrera

Es la noche del 15 de abril de 2014. Coincide mi lectura de Montezuma’s Revenge y otros deleites, de Carlos Martín Briceño, con el eclipse de luna. La “luna roja” va iluminando los primeros setenta y ocho minutos de las ciento dos páginas que ocupan los diez cuentos que, deleitosos por vengativos o vengativos por deleitosos, acentúan el “deseo de revancha” del narrador de “Matrimonio y mortaja” (décimo y último de los cuentos) y nos recuerdan a su vez el título “Revancha” de Los mártires del freeway y otras historias de su misma autoría. La misma también de quien –Después del aguacero– en el año 2000 levantó alas, en 2001 rompió con el Silencio de polvo y en 2005 jugó al Póquer de reinas, cinco versiones del deseo. Unas tras otras, y como en Caída libre (título de hace una década,2004), las historias se esparcen y se concentran en pequeñas piezas de quien junto con el oficio de escritor tiene el de lector. De allí, en gran medida, la brillantez de los libros de Carlos Martín Briceño: escritor que nace, escritor que se hace. De allí la inteligencia de quien observa, se esmera y aprende para acicalar el genio, “limar la prosa” con que se vino al mundo.

Además de la coincidencia entre la luna y la lectura, tenemos esta otra: la de leer a un escritor nacido en 1966 a cinco siglos del nacimiento de Moctezuma ii quien, se dice, nació en 1466. Y una coincidencia más: el cuento Montezuma’s Revenge, ahora en cuarto lugar del libro del mismo nombre, obtuvo el vigésimo sexto Premio Internacional de Cuento “Max Aub”, edición 2012, cuarenta años después de la muerte de Max Aub, que fue en 1972. De estos premios, Carlos Martín Briceño es el cuarto cuentista mexicano que lo recibe y el séptimo cuentista latinoamericano al que se le otorga; esto fue de península a península en un verdadero viaje trasatlántico de una ficción taladrada en el caribe mexicano y contada de modo contundente por su propio protagonista, quien no cumple con el “no matarás” pero, en cambio, lo hace con el “sí contarás”, que lleva a cabo de modo rotundo y sin cortapisas. ¿Un nuevo narrador asesino como los de El Llano en llamas pero urbano y en el llamado sureste mexicano?

Este cuento indudablemente sería el título del libro que ahora nos ocupa. Y con la venganza mayor, la de Moctezuma, otras nueve vengancitas en el plato de esta narrativa, bendecidas todas ellas con un epígrafe de Gonzalo Rojas: “La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer”. Y si en uno de sus versos el poeta chileno clama y así lo dice la voz poética –“¡con lo lascivo/ de mis dedos te vi!”–, el cuentista meridano escribe con los “dedos lascivos” de sus narradores, que se ubican en ángulos de tres voces. La del yo de Moctezuma’s Revenge, “Deleites” y “Matrimonio y mortaja”; una misma voz con resultados distintos: frustración, cinismo, resignación. La del tú de “Caprichos”: voz del deseo, distante éste a la del cónyuge que somete. La de la tercera persona de “Made in China”, “Autoservicio”, “Zona libre” y “Dios los cría”: la voz oscilante (dentro de la tercera voz narrativa, la del yo y la del usted) desnudadora de engranajes underground. Y la del yo que dialoga con un tú como en “Hacer el bien” y “Quizás, quizás”: la voz confesante que le habla al amigo y con él al lector, quien encuentra en los trazos de esta cuentística pensada y escrita al filo del asfalto que corta y hiere, y de la pluma que desprende la retina, a personajes de distintas capacidades e incapacidades, a personajes ya no víctimas ni victimarios. Entrelazadas con esas voces están los tonos distintos de los diálogos, infaltables en cada uno de estos cuentos que giran en contrapunto con la hasta ahora obra completa de Carlos Martín Briceño a partir esta noche de Montezuma’s Revenge y otros deleites.

Forros FicticiaFantástica coincidencia la del eclipse lunar y la nueva lectura del autor de Al final de la vigilia (2003), precisamente en esta semana cuando concluye la de 2014. Pero las lecturas nunca hacen vigilia, aunque eso de leer en Semana Santa a este heredero de El Rayo Macoy (entre otras de sus herencias y algunas “perversas”, como las de Juan García Ponce, o llevadas más allá del Carlitos de Las batallas en el desierto) es no para pensarlo dos veces sino para (y en pleno desafío) leerlo dos veces (esto es, releerlo) como dos veces se han publicado hasta ahora dos de sus títulos. Y así es ya que su temática recurrente y novedosa, al desplegarse impenitente en el ring de las páginas, a bofetadas hace caer al lector –¿será justo?– y a cubetazos de agua fría lo levanta de nuevo en el propio via crucis de su lectura. La venganza va y viene entre líneas, entre páginas y entre libros, coronada en Montezuma’s Revenge y otros deleites que, amenizado por la música electrónica de Pat Metheny, nos pone los pelos de punta cuando la guitarra de ser muy groove (chida, pues), propia de la quietud de la noche, se detiene al meterse el texto a la feria de Guangzhou –de groove a Guangzhou para preguntarnos qué hace un koala australiano en tierra de Mao Tse Tung? ¿Leyó Martín Briceño la noticia de un horrorizado turista australiano que vio a un koala enjaulado y a punto de ser vendido para ser devorado por los turistas? ¿Qué hacemos nosotros leyendo esta decena, trágica como es el caso de “Made in China”?

Merodeando por la tangente, pensando que casi todos los cuentos superan su propio título y que algunos finales como que no corresponden a su cuento (y no es que no correspondan sino que como cuentista ha aprendido a suprimir las causas de sus efectos), me doy cuenta de que no estoy sola esta noche de luna rojiza y de Ficticia, cuya Biblioteca de Cuento Contemporáneo ha atesorado a este autor reconocido nacional e internacionalmente. “En el país de ficticia todos somos realistas” (Arreola dixit). Me acompañan en mi lectura la imaginadora Ana García Bergua, a quien el autor dedica “Caprichos”, la primera venganza de las diez que aquí se prometen. “Caprichos” nos sitúa a los lectores martinbriceñistas en varios puntos recurrentes de su cuentística: la de la eterna mirada materna, la revisitación de la infancia, lo que podemos ver con este ejemplo, y cito: “Observas tus bostonianos; el mismo modelo de siempre. Sólidos, chatos, las agujetas bien amarradas. ¿Empolvados? ‘A un hombre con clase se le reconoce por el calzado’, de nuevo la voz de tu madre” (“Caprichos”). Frase que, como sentencia, nos devuelve a esta otra: “paseó la mirada […] hasta detener la vista en una mota de polvo que opacaba la superficie de uno de sus nuevos Florsheim. Molesto, frotó la mancha con el pulgar buscando recuperar el brillo de su zapato, pensando en lo fácil que se estropean las cosas buenas en estos tiempos” (“Una larga estación de felicidades”, en Los mártires del freeway y otras historias). Como en espejo se miran las dos frases en las que, con pies de plomo, su autor (alter ego de sus narradores) da indicios una y otra vez de un pestañear de infancia. Y una vez más la persistencia de un narrador (ya crecidito) que, más que desear a la mujer de su prójimo, desea también (y además) a la mujer que no tiene tan próxima. Pareciera que, años después de casado (diez, veinte…) quiere con todas, incluso con su esposa. “Caprichos” como éste están en esta narrativa. Como también lo está la relación digamos dispareja de “Quizás, quizás” de este libro y de Entre Chien et Loup y “Los fines de semana” de su Freeway? ¿Homenaje multifacético al irlandés John Banville conocido también como Benjamin Black?

Esta y otras preguntas me hago mientras sigo con mi lectura donde aparece el multidisciplinario cubano (y yucateco también) Raúl Ferrera-Balanquet, a quien Martín Briceño le ofrece “Made in China”, que denuncia no sólo la contaminación “made in China”, sino descubre un escalofriante tráfico de animales al que, y junto con el personaje, el narrador nos avienta a un “desbarradero”. Aquí el narrador parece salido del cuerpo del autor que en su viaje a China lee una novela del sueco Henning Mankell, creador del detective Kurt Wallander, modelo en alguna medida de Desiderio Grajales, protagonista de “Los mártires del freeway”, leído a su vez por un personaje de “Deleites”, el quinto cuento del nuevo libro de Martín Briceño.

“Deleites” es para Mónica Lavín –regalo pues, Uno no sabe–, quien antes le aceptó al autor de “estas venganzas deleitosas” un viaje al infierno con la promesa de una nueva visita, promesa que se ha cumplido al atentar el nuevo cuento contra el honor de la sagrada familia, ironizada por Raymond Carver en el epígrafe que enmarca la dedicatoria a la amiga cuentista. “A bocajarro” me encuentro con Adrián Curiel Rivera, de la misma generación de Martín Briceño y a quien se le regala “Hacer el bien”, deformado al replicar uno de los versículos de la Biblia. Y no podía faltar Beatriz Espejo, maestra cómplice, en la que el también autor de Los mártires del freeway y otras historias se mira como en espejo. Para ella es el último cuento que, como el primero (y “Autoservicio” y “Dios los cría” también) son los únicos que no tienen epígrafe.

Los destinatarios de las dedicatorias son, han sido y serán lectores de este cuentista antes niño bueno y ahora l’enfant terrible de la cuentística yucateca. Lo de bueno lo saben sus padres, a quien se les dedica el libro en su conjunto, dedicado también a Rafael Ramírez Heredia, quien de taller en taller (y en cada mostrador) contribuyó a las cualidades de este escritor que cada vez es menos niño (¿sí?) y cada vez mejor escritor (¡sí!). A colegas escritores también se agradece y la familia más cercana siempre está. En estos cuentos, nada o todo es coincidencia. Como la de ahora, cuando a la luna le llegó también su noche.

Montezuma’s Revenge y otros deleites es un decálogo de un imperfecto cuentista. Imperfecto en el sentido de que su obra no está conclusa, aunque sí bien acabada, de buen acabado: a mano. Y en el proceso de su hechura está “el mismo modelo de siempre” (frase aquí citada), lo mismo que nuevas experimentaciones (Max Aub se distinguió por sus experimentaciones) que la hacen inconclusa, en movimiento rotativo y de traslación, en búsqueda constante.

El título del libro anunció su recurrencia, ratificada en el epígrafe del cuento del mismo nombre, pedido prestado a la creadora de Tom Ripley. “La venganza le supo a gloria y casi se sonrió” (Patricia Highsmith). Ésta se ha cumplido y multiplicado: personajes que se vengan, narrador que se venga, lector que se venga, páginas que se vengan por el peso a que las han sometido. Y la crítica digamos que se venga o recibe la venganza, al hablar de Moctezuma’s revenge y no de Montezuma’s revenge. Aquí la venganza de Moctezuma. Por si fuera poco, quien crea el título –su propio autor– anuncia lo de “otros deleites”; luego, la venganza de Moctezuma es deleite lo mismo que los otros nueve textos que pagan tributo al emperador azteca y al emperador del género breve: el cuento.

Montezuma’s Revenge y otros deleites no es el deleite campechano “de observar el atardecer desde los balcones del legendario Hotel Baluartes” (reseña de Carlos Martín Briceño al libro Tus ojos serán silencio, de Carlos Vadillo Buenfil, también premiado) sino un túnel por donde los personajes se asoman al mar (negro) de su infancia, una mirilla de vidrio estrellado, un acto de contrición, una penitencia y sobre todo una narrativa que sorprende como esta noche ha sorprendido la luz verde que se coló cuando la tierra echó sombra sobre la luna. El deleite de la venganza está en la savia de este libro, relámpago que centellea en la cuentística de Carlos Martín Briceño.

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