La novia de Houdini o los ilusionistas de la palabra

JuanjoFue hace doce años, en la ciudad de Mérida, en una sesión del célebre, y ahora en receso, taller literario del Centro Yucateco de Escritores, donde conocí a Juan José Rodríguez.

       Jorge Lara, coordinador de aquel taller, que a decir de Rosa Beltrán “agrupaba a un conjunto de poetas y narradores talentosos, con mucha maña y mala leche”, solía invitar, eventualmente, a artistas valiosos para confrontar el nivel alcanzado por sus miembros. Y Juan José, que en aquel tiempo, gracias al FONCA y al Instituto de Cultura de Yucatán, estaba haciendo una residencia artística en esta calurosa ciudad, era un ejemplo idóneo.

       Para entonces, Rodríguez, no obstante su juventud, era ya considerado por la crítica especializada, como un escritor hecho y derecho. Recién había ganado el Premio Nacional de cuento Gilberto Owen, sus trabajos figuraban en revistas nacionales y extranjeras,  y tenía en su currículum un libro de cuentos y tres novelas.

       Aspirante a escritor, aunque lector asiduo, en aquellos años solía devorar con ahínco las recomendaciones editoriales de mis maestros, pero debo reconocer, con cierta dosis de vergüenza, que en ese momento desconocía la obra de Juanjo.

        Aunque seguramente él no lo recuerda, no olvido su doble generosidad esa tarde de taller, primero, al verter su opinión, cauta pero feroz, sobre algunos de mis incipientes textos, y luego  al obsequiarme una plaquette que contenía un relato de su autoría -bizarro, plagado de imágenes memorables, extraordinariamente bien contado-, titulado Masai Paris

    Este relato, que transcurría en la Ciudad Luz donde se llevaba a cabo un rarísimo rito africano, y por el cual su autor recibiera en su estado natal el primer sitio de un concurso organizado por el Colegio de Bachilleres, me motivó a buscar el resto de la obra publicada del mazatleco.

        Me deleité entonces con El Asesinato en la Lavandería China (1996), una trepidante novela gore de chinos vampiros, chinos narcotraficantes y chinas hermosas, que,  dicho sea de paso, años más tarde sería llevada al cine por Arturo Rossoff con el título de Sangre de Familia.  Me regodeé con El gran invento del siglo XX (1997), una historia de amor con aliento garciamarquiano que a la vez, constituye un homenaje al cine y un tributo al puerto de Mazatlán. La internet me permitió conocer, incluso, varios cuentos suyos que me sorprendieron. No exagero al decirles que el sinaloense se revelaba como un narrador al que había que seguir, tanto por su eficaz manejo del lenguaje, como por sus  seductores argumentos.

      Por eso, cuando escuché que, luego de nueve  años de silencio el autor de Mi nombre es Casablanca efectuaría una nueva entrega en la colección Hotel de las Letras de la Editorial Océano, supe que no iba a defraudarnos: anticipé que sus lectores habríamos de encontrar un texto poderoso, sorprendente, igual o mejor que los anteriores.

     Y no me equivoqué. La novia de Houdini es un verdadero deleite.

      Se trata de una historia prodigiosa donde Rodríguez evidencia, una vez más, su maestría para enganchar al lector, para hacerle sentir que, en literatura, lejos de rebuscadas formas experimentales, no hay nada mejor que disfrutar del acto primigenio de contar y dejar al otro, capítulo tras capítulo, con las ganas de saber qué es lo que viene.

     Narrada en primera persona, la trama, que de nuevo transcurre en Mazatlán, gira en torno a Abraham, un joven común, aspirante a administrador que, luego de tener un encuentro erótico con Florissa de Orsini, exótica y bella contorsionista, deduce que “jamás sería el mismo después de tal escaramuza, oficiada a la velocidad del relámpago y con la destreza de una cobra”. Entonces decide quemar sus naves, dejarlo todo y “adentrarse en esa caída libre que representa la aventura de la vida”, al lado de un cuarteto de magos y artistas nómadas que buscan El azul de Francia, diamante legendario que, por azares del destino, se encuentra en manos de una antigua familia mazatleca.

      Además de Florissa, el resto del cuarteto lo conforman Lorenzo Ludovico, un habilidoso mago que le enseña a Abraham sus primeros trucos; Antonio de Orsini,    un enigmático y certero lanzador de cuchillos y Shackleton, trotramundos europeo a quien solo interesa el dinero. 

        La novela, que arranca con un memorable capítulo donde se hace referencia al Éxodo, específicamente al pasaje donde Moisés y Aarón comparecen ante el faraón e intentan impresionarlo con el viejo truco de convertir un báculo en una serpiente al arrojarlo contra el piso, captura la atención desde el principio.  Diestro creador de atmósferas, el autor de La novia de Houdini nos introduce en esta obra al ambiente nostálgico del Mazatlán de principios del siglo pasado, la misma época –vale la pena señalar– en la que transcurre El gran invento del Siglo XX.

       Por otra parte, es evidente que más allá de lo imaginario, detrás de La novia de Houdini hay una extensa jornada de investigación.  A lo largo de sus 179 páginas, además de rememorar numerosos capítulos de la historia, tales como la muerte de Ángela Peralta, la vida de Robert Houdin o el hundimiento del Lusitania, el narrador, por boca de sus personajes,  revela la forma en que los escapistas se liberan de las cadenas, la manera en que los tahúres esquilman a sus contrincantes y el ingenioso proceso utilizado por los adivinadores de circo para conocer vida y obra de los habitantes del lugar al que arriban.

     Estamos, pues, ante una historia mágica, bien contada y rica en imágenes que, gracias a su prosa ágil y manejo dosificado del suspense, seduce a todo tipo de lectores, desde el más exigente, acostumbrado a las exquisiteces del gran mundo de las letras, hasta el eventual consumidor de best sellers. Algo que solo algunos privilegiados de la narrativa latinoamericana han sido capaces de conseguir.

      “Algunos le llaman suerte. Yo simplemente la llamo magia y es un oficio que puedes dominar si te dedicas a ello. Pero no solo es menester dedicarse: es necesario darlo todo”. Así, con esas palabras el Gran Ludovico se dirige a Abraham, el aprendiz, cuando decide enseñarle el arte de los naipes. Pienso que la literatura también debería abrevar de esta recomendación. Darlo todo, advierte el mago, y pareciera que el consejo va dirigido a los escritores mexicanos.

       Hay que descreer de los ilusionistas, dice Juan José en una entrevista que le hacen en el Excelsior, a propósito de este trabajo.

      Y sí, concuerdo con él en muchos sentidos, sobre todo en el plano literario. Hoy, que el boom de los libros alrededor del narco y la violencia ha generado materiales baladíes y que abundan en el país escritores y editores oportunistas que  basan los temas de sus malas novelas en fémures bellos, áridos cielos y otras linduras, ofertas literarias como La novia de Houdini, constituyen un bálsamo para reconciliarnos con la narrativa mexicana contemporánea.     

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