Orígenes de la corrupción

ivonne peñaEl hecho nunca se me ha olvidado. Es una de esas escenas de vida que con el tiempo, lejos de difuminarse, se van acentuando en el subconsciente.

Era un caluroso domingo de verano. Estábamos mis hermanos y yo metidos en la piscina cuando llegó a la casa aquel amigo de mi padre. Traía un six pack de cervezas y venía acompañado sólo de su madre, una mujer mayor, de peinado alto y collar de perlas en el pescuezo. Su esposa e hijas, dijo, estaban de viaje, fuera de la ciudad.

Salieron a la terraza y se sentaron a beber, muy cerca de la piscina. El hombre había venido expresamente a darle una buena nueva a mi padre: el gobernador recién electo lo había llamado por teléfono para ofrecerle formar parte de su gabinete. Mi padre lo felicitó con entusiasmo. El tipo llevaba ya algún tiempo en el partido, trabajando en puestos de mediana importancia, haciendo méritos para obtener una recompensa y, al parecer, ésta por fin había llegado.

“Ya le tocaba”, dijo de repente la señora elegante, quien hasta ese instante había permanecido callada. “Y ya le dije que no se atonte, que aproveche todo lo que pueda”, sentenció.

Debo reconocer que en aquel momento no le di mucha importancia al comentario. A los 11 años, las conversaciones de los adultos se escuchan de manera selectiva y uno sólo pone interés cuando se trata de algún tema que verdaderamente atrape. No obstante, la sentencia final era demasiado folclórica como para relegarla al cajón del olvido.

Treinta y cinco años después la rescato luego de haber releído una frase de la polémica entrevista que “Foreing Affairs Latinoamerica” le hizo a fines del año pasado a José Mújica, presidente de Uruguay, donde dijo que México era un estado “fallido”, y por la cual recibió un acre reclamo del gobierno mexicano.

“En México, la corrupción se ha establecido, me da la impresión, visto a la distancia, como una tácita costumbre social. Seguramente el corrupto no está mal visto, es un triunfador, es un señor espléndido”. Esas fueron las palabras textuales de Mújica y, claro, imposible no coincidir con él.

¿Cómo podríamos esperar que los políticos mexicanos no se sientan con “derecho” a desquitarse al llegar al poder cuando parte de la educación formal -léase de nuevo el consejo de la madre al político afortunado- consiste en alentar a los hijos a “aprovechar su momento”?

“Un político pobre es un pobre político”, dijo alguna vez Carlos Hank González, aquel famoso maestro que se volvió empresario. Como consecuencia, en la entidad y el país los políticos y gobernantes, al igual que los narcotraficantes, se han convertido en la obsesión aspiracional de la población para escalar económicamente: político o “narco”, no hay de otra.

Ahora que se avecinan las elecciones es momento de analizar bien a dónde dirigimos nuestras simpatías. Primeras piedras de proyectos inconclusos, casas blancas, fortunas inexplicables, contratos por adjudicación directa, cancelaciones de inversiones y otras delicadezas de nuestros gobernantes en turno deben ser tomadas en cuenta al momento de llegar a las urnas.

Aunque muchos opinan que la democracia no es la mejor forma de gobierno, y mucho menos en países como México donde existe una fuerte manipulación de los medios, reducir el poder de decisión a un grupo selecto sería mucho más peligroso que confiar en el pueblo. Tendría que preocuparse el gobierno por educar a los habitantes que lo eligieron para que éstos se vuelvan cada vez más selectos y exigentes.

“Ya le dije que sea prudente, que es el momento de contribuir desde su puesto a acabar con la pobreza y con esas enormes diferencias sociales que lastiman tanto a México”. Una frase así, dicha por una madre a un futuro gobernante, acaso haga la diferencia.

 

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