La última lectura de Montezuma’s Revenge

Por Luis A. Chávez

adoLa tercera impresión es la que cuenta (en la primera pudiste estar bolo) y así, al ver la cuidada figura, sin piercing ni tatuajes y en cambio el corte de pelo setentero (casi como el de Peña Nieto) la guayabera sin arrugas pero sobre todo la conducta -distante del primer plante a su actitud proclive a la broma- la confusión fue apariencia y, a medida que el trato personal catafixió como Chabelo a la persona en amigo, recibiste entre otras impresiones, de calidad como fotocopiadora Cannon (más de 50 las dan a veinte centavos) su libro: Montezuma’s Revenge, cuya pornósfera deja al que lo escribió sin habla y, su subconsciente, es el que nos dice (aquello de que “el que tiene hambre con bolillos sueña”) de orgasmos, “posiciones” y demás que, por suerte y gracias a Dios, tu educación en la Universidad de la Guaca, te hizo sentir como cerveza light que sabe a orines. Te obsequió su libro y, además, le puso dedicatoria.

Un compromiso ineludible te hizo tomar el autobús, más tarde, para acudir a una cita donde sin gringas o inglesas que no quieren nada con el falo (pero sí con otros) tenías que dar una clase a cuarenta alumnos. Y allá ibas, sin contemplar la denodada espesura de los alrededores mientras el conductor del autobús no dejaba oír la película de Avatar pues tenía en la radio a la Banda Machos; y aquello era chiflar y comer pinole. Pero tú, armado con el Montezuma’s Revenge decías que se caiga el mundo -oh mente de profeta- y leías aquellas historias donde, ya casi para terminarlas, en una curva cerrada, un idiota de los que nunca faltan y duermen al volante para darle en la madre a los del carril contrario, embistió al autobús en que viajabas y allá fueron a dar, al barranquito.

En las volteretas (nadie se pone el cinturón de seguridad en estos trances) recuerdas que le veías los calzones a una muchacha de verde (blancos) y, un fuerte golpe en la cabeza te desconectó de todo.

En estas circunstancias el tiempo es lo de menos. Pero tú, gravemente herido, abriste un ojo (el otro estaba lleno de sangre) y entre tinieblas apenas alcanzaste a distinguir aquel infierno retorcido donde los lamentos, débiles, disminuían poco a poco.

Dos jóvenes paramédicos se acercaron a ti en cámara lenta y uno de ellos dijo: “este otro, creo que también ya murió…”

Sentiste cómo uno te quitaba el libro, lo veía y decía: “Mo…monte zu, ma’s” y, lo último que alcanzaste a oír fue cuando el forense preguntó: “Y este, ¿saben cómo se llama?”

-Montezuma’s- dijo un idiota de aquellos.

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