Las delectaciones en Montezuma’s Revenge y otros deleites de Carlos Martín Briceño

Por Carlos Vadillo Buenfil 

Forros FicticiaEn Montezuma´s Revenge y otros deleites (2014), Carlos Martín Briceño da continuidad a una línea cuentística trazada en Caída libre, su anterior libro de relatos, también publicado por Ficticia Editorial, hace cuatro años: el sondeo de los entresijos y las nebulosidades que rondan el interior de los seres, esos claroscuros que en ocasiones son la perdición de los destinos humanos. Lo decíamos a propósito de Caída libre, y ahora lo ratificamos con el libro que nos ocupa: los personajes de Martín Briceño planean sobre sus decadencias y son víctimas de sus individuales abismos. Y no es que el cuentista se repita o se plagie a sí mismo, sino todo lo contrario; Martín Briceño ha encontrado una floreciente veta que ha considerado seguir explotando y explorando, cuestión que nos parece estimulante a los lectores, pues revela la autenticidad de una obsesión literaria incubada y mantenida por este autor.

            Las diez historias contenidas en este volumen muestran a un autor que domina la forma y el fondo de la prosa breve, un autor con oficio que no abandona el rigor del cuentista que conduce sus historias hasta buen término, sin concesiones ni vericuetos, pero con los elementos suficientes para que el lector, una vez repuesto del nocaut de la sorpresa, recomponga en su sensibilidad esa ilusión de realidad que acaba de desfilar ante sus ojos. Son relatos rigurosos de principio a fin, como manda el canon del género, cada historia narrada es la flecha disparada hacia una sola dirección, sin retorcimientos en el trayecto, como gustaba comparar el cuentista dominicano Juan Bosh. Y, como en el libro de cuentos anteriormente citado, los relatos de esta nueva obra acusan diversos registros narrativos, incluyendo el monólogo narrado, estrategias narrativas que enriquecen la lectura y la hacen amena, cumpliendo así con el mandamiento de la buena literatura, tal como la entendían los antiguos: deleitar y hacer esplender el entendimiento. En las anécdotas contenidas en estas historias, el autor sabe extraer lo extraordinario y lo digno de contarse de la cotidianeidad, sabe rascar lo que se oculta bajo las apariencias, debajo de la superficialidad de las relaciones humanas. Y es eso lo que hace un genuino escritor, mostrar y develar lo que tenemos frente a la vista, pero no siempre sabemos verlo o queremos reconocerlo.

Un autor español contemporáneo compara en una novela al inconsciente con un lúgubre castillo lleno de túneles, con fosos infestados de cocodrilos y habitado por fantasmas; estos espectros pueden ser los deseos recónditos, las voluntades camufladas, las pasiones y perversiones reprimidas, las regresiones a la infancia, la culpa por algo vago e inconcreto, la violencia agazapada. Todos estas sombras gravitan por las historias de Montezuma´s…, incluso son leitmotiv del accionar de los protagonistas, proporcionándole a este libro una unidad temática sustentada en la auscultación de los, a veces, inexplicables resortes que catapultan las voluntades. Por ejemplo, en “Montezuma´s revenge”, cuento que da título al volumen, el afortunado asesino sostiene, sin ningún remordimiento, que “Toda felicidad nos cuesta muertos”. Es un abogado que, desde la placidez de su matrimonio y desde la playa escenario de su crimen, relata la aventura que en el pasado intentó sostener con una estudiante inglesa, la única testigo del homicidio que cometió el depredador protagonista, en contra de un aventurero gringo que gozaba en la hamaca a su veleidosa pretendida. El destino, también antojadizo, lo bendijo con una doble suerte: el receptor de su furia era un indocumentado que nadie echaría en falta, y la inglesa falleció esa misma jornada en la que retornaban de la isla, en un accidente de tráfico en el que él había salido algo maltrecho: “La Providencia o como se llame estaba de mi lado. Paige, como su amigo el gringo, estaba bien muerta la hija de su puta madre”. Son los muertos que callan y que le permiten seguir vivo al narrador para mirar con satisfacción a su hijo y a su mujer que disfrutan las olas, mientras él bebe una cerveza.

Otra especie de violencia, la social, marca “Zona libre”, relato que metaforiza y testimonia el azote que, como una mancha siniestra, va expandiéndose libremente por el país, como en la región de Río Hondo, microcosmos veracruzano en el que gravitan la prostitución, la barbarie del más fuerte, la huida del narco y la corrupción política, problemáticas nacionales que se entretejen en este texto y que arrollan en su travesía al calenturiento vendedor de maquinaria de la John Deere.

Otro depredador sexual que es víctima de su propia euforia y excitación lo encontramos entre las páginas de “Quizás, quizás”. La historia de este cuento sorprende por su vaporoso e inesperado final, como en “Zona libre”, cuando toda la relación de hechos parecía quedarse en un simple acoso laboral y en una relación calenturienta entre compañeros de trabajo de una dependencia gubernamental, a cargo del Mataperros, funcionario priista de la vieja guardia, violento sujeto capaz de asesinar a batazos a uno de sus detractores; por eso, es creíble que el funcionario sea capaz de tenderle una trampa al joven estudiante de Derecho para sodomizarlo bajo el efecto de la coca, utilizando como gancho a Elsa, la asistente, quien también, al mismo tiempo, le proporcionaba deleites bajo su cuerpo. Una escena de trío en la que las pasiones salen a flote bajo los dictados de la agazapada perversión. Las verdades se conocen a medias, como la “verdad” que una secretaria propagó en el sentido de que habían sorprendido al joven fornicando en un hotel, con la supuesta amante del jefe. Un episodio que, cuenta el personaje a otro, “decidí guardar en un apartado perdido de mi memoria, pero que a veces vuelve, excitándome como entonces”. Los lectores nos preguntamos, en una segunda lectura, si la excitación del mancebo se produce por el solo recuerdo del cuerpo desnudo y el aliento de la mujer evocada, o por toda la escena que incluye esas recias manos surgidas de la nada y que lo aprisionan por detrás de sus caderas, esa “sensación de dolor, placer y humedad que comenzó a invadir mis entrañas”. Quizás, como se lee en la última palabra del texto, “Quizás, quizás”, como el título del cuento.

“Deleites” y “Hacer el bien” plantean extrañas fijaciones ocurridas al interior de la familia. No es gratuito que el epígrafe del primero, tomado de Raymond Carver, contenga una respuesta para salir del paso. Dice esa voz de Carver que cuando alguien le pregunta por su familia contesta: “le digo que todo va bien”. En esta ocasión el eje gira alrededor de un hombre y dos hermanas, una de ellas su mujer. Los deleites del protagonista provienen de la fusión de los sentidos: primero un estimulante masaje que le han dado en un erótico spa y que lo han dejado desestresado; luego, la visión de los muslos bronceados de su joven cuñada, quien acaba de salir de la clínica donde ha abortado, para rematar con tacos de lechón al horno en un añorado local al que llevaba su padre, años atrás. Al placer de la evocación y de la carne se une el tacto de una mano bajo la mesa. Sin importarle que su mujer esté presente degustando también los tacos, el deseo del narrador protagonista es que sea la mano de la hermana menor de su mujer. “Hacer el bien” es la narración de un marido sorprendido por el capricho de su esposa: adoptar temporalmente a un huérfano, durante las fiestas decembrinas. La decisión samaritana  plantea problemas dentro de la pareja, al grado que la relación, desde la perspectiva del marido, estuvo a punto de desestabilizarse por culpa de la estorbosa presencia del niño. La ironía es que las buenas intenciones no pueden sentarle bien a todos. Pero el martirio del cónyuge no concluye con esa experiencia. La depresión de la mujer le llevará a otra nueva decisión, una nueva sorpresa, tanto para el consorte como para los lectores. La línea contundente del final contiene el sarcasmo hacia las generosidades dudosas, como la decisión de la amante de hacer el bien sin mirar a quién, aunque haga sufrir al prójimo.

Otro texto que llama la atención es “Made in China”, pues pone de nueva cuenta en circulación el debate que desde el siglo XIX se ha entablado a raíz del positivismo y la industrialización: la civilización y el progreso contra la barbarie y el atraso. La explotación de los trabajadores en las fábricas insalubres chinas plantea si la individualidad y la dignidad humanas no se han diluido en tiempos de la globalización, frente a la productividad y la eficiencia que exige la nueva era, a costa del dolor humano, es decir, estamos ante otro texto de Martín Briceño que sugiere una nueva manifestación de la violencia laboral. Vuelve a resonar la frase de Plauto, con toda su escandalosa actualidad: “Homo homini lupus”. Un problema de conciencia que plantea al personaje la visita que hace a la fábrica de artefactos instalada en el pabellón industrial de una región de China. El detonante: la opacidad de la mirada, como la de un koala a punto del sacrificio, y la dentadura podrida de una obrera que pegaba calcomanías en los objetos de plástico que la Cervecería del Pacífico iba a obsequiar en México. Pero el abogado protagonista es también una víctima del sistema globalizado; tiene que apartar los clamores de su conciencia, pues tratar de impedirles el tránsito es como detener el avance de una locomotora, en medio de los raíles, con la fuerza de los dos brazos. Se sabe inútil y sabe que firmará el contrato de su empresa.

Me uno a los múltiples deleites que sugieren las historias de la nueva obra de Carlos Martín Briceño. Sólo que los míos, a diferencia de los de sus personajes, provienen de su buena prosa, del placer de su lectura. Uno lamenta haber terminado de leer el libro. Es lo malo que le puede suceder a un intuitivo y ávido lector. Es lo bueno que le puede pasar a un buen fabulador de historias.

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