A la española

barPoco faltó para que el caso llegara a la policía. Los que nos negamos a denunciar, fue por lealtad a Alfredo. Quienes se empeñan en hacerlo desistieron cuando les demostramos que tenían más deseo de venganza que razón. Lo difícil será hallar otro sitio donde obtener tanto por tan poco.

*

El Sansouci, como siempre, repleto. Tuvimos que esperar un buen rato para conseguir una mesa. Alfredo nos trajo las primeras cervezas a la barra. Llevábamos varios meses viniendo a diario porque era el único lugar donde servían brochetas como botana.

Al principio creí que ser condiscípulos del hijo del dueño era nuestra carta de recomendación, pero luego observé que todos los clientes recibían el mismo trato. “El éxito del Sansouci —decía don Roberto, el padre de Alfredo— es que no tenemos preferencias: da lo mismo atender a un albañil que a un licenciado.” Y sonreía con esa actitud franca de aquél que ha logrado lo que quiere. Le gustaba presumir su ascendencia española y creía que, boina y puro, aunados a un ceceo fingido, daban mayor validez a sus afirmaciones.

Recuerdo que era el último viernes del período de clases. Al día siguiente saldría cada cual a su pueblo a pasar la temporada navideña. No siempre tuvimos la oportunidad —y el dinero— para comer y beber sin límite. Esta vez, parecía que lo hubiéramos planeado. Y, entre trago y trago, comenzó una tarde que pudo haber transcurrido plácida, sin mayor problema.

Poco a poco las mesas del Sansouci fueron quedando vacías hasta que sólo se mantuvo con vida la nuestra. Alguien le pidió a Alfredo que ahora sí enviara otra tanda de brochetas. “¡El ron —gritó el padre de nuestro amigo desde atrás de la barra sin dejar de contar el dinero—  abre el apetito! ¡Coman hasta reventar, que esta noche la casa invita!” Y así lo hicimos.

De haberme aguantado, quizás no hubiera ocurrido nada; pero uno no puede contener la vejiga cuando ha bebido tanto, y entre esperar a que se desocupe el baño, mearme en los pantalones o forzar una puerta con un letrero que decía “exclusivo meseros, prohibido el paso a clientes”, escogí esto último.

Una débil claridad se filtraba por el dintel de la puerta; apenas la indispensable para no tropezar. Frente a mí, noté el inodoro. Aun con el cerebro embotado, elegí correctamente; el lugar alguna vez fue baño. Como pude llegué al borde del bacín y me puse a orinar en él sin saber que estaba roto y fuera de uso. Siempre que estoy en un baño público procuro respirar con la boca en lugar de la nariz para no sentir la pestilencia del sirio. Y mientras hacía esto luchaba por conservar el equilibrio y atinar justo al centro.

Hasta hoy, recuerdo perfectamente el instante en que distinguí que algo o alguien me miraba desde el suelo. Fue cuestión de segundos. Abrí bien los ojos y me agaché cuanto pude. Vomité en el acto. Estaba parado sobre un montón de pequeños cráneos y esqueletos a punto de ser alcanzados por la orina que corría a mis pies. Ante el desconcierto de mis compañeros, salí maldiciendo de aquel cuarto, porque allí, en la cantina de ese gachupín hijo de puta, las brochetas eran de perro.

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