Hacer el bien

Por Carlos Martín Briceño

Para Adrián Curiel Rivera

 

Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis,

porque de tales sacrificios se agrada Dios.

Hebreos 13:16

        

Niño_Jesus_en_BelénSerá cosa de la edad, se le ha metido en la cabeza que si no hacemos algo por nuestros semejantes, si no sacrificamos nuestras comodidades, vamos a terminar ardiendo en el infierno.

Al niño lo recogimos el mero 24. Se suponía que iba a estar con nosotros hasta el Año Nuevo. Era una mañana neblinosa, húmeda, de esas en que preferirías no dejar la cama, sobre todo si la noche anterior te has bebido casi una botella de Buchanan’s.

Se llamaba Ronald, pero en el orfanato, de tan moreno, le decían René. Flaco, menudo, los pelos parados, la cara llena de cicatrices de varicela, el muchacho nos miró con unas pupilas tristes y huidizas. Seis años y era la primera vez que dejaba aquel sitio por un período largo. Saludó con torpeza y enseguida subió al auto donde encontró las galletas que mi mujer le había preparado.

Viéndolo devorar, como si las migajas en los asientos de mi Volvo no significaran nada, Berta se emocionó tanto que apenas pudo hablar sin que se le humedecieran los ojos. Te queremos hijo, considéranos tus padres este tiempo, estamos aquí para que pases un fin de año en familia, recuerdo que llegó a decir entre toda la perorata que le echó. No respondió: tenía la boca demasiado ocupada como para pensar en cumplidos.

En cuanto estuvimos en casa y el muchachito se quedó pegado a la televisión mirando caricaturas, intenté moderarla: no es tu hijo, es un rapazuelo al que no conocemos nada, no te confundas.

No me dejó terminar.

—¡Me lleva la chingada!, ¿Por qué siempre tienes que ser tan hijoeputa? ¡Déjame decidir por una vez en la vida!

Ahora que lo pienso pocas veces la había oído insultar de esa manera, ni siquiera cuando le fueron con el cuento de que me andaba cogiendo a una secretaria de la empresa, cosa que, comprenderás, negué rotundamente. No soy de esos pendejos que al verse acorralados terminan por confesar para que se lo echen en cara toda la vida.

Decidí ignorarla. Si este invento del adoptivo temporal fue idea suya, quedaba a cargo, yo a lo mío. No tolero a los niños. Me gusta despertar a la hora que se me pega la gana. Salir, como ahora, a beber un trago sin tener que pensar en nada. Irme de pesca sin cargar con nadie. Te confieso que fue un alivio saber que a Berta, por un tumor que le detectaron durante el embarazo, hubo que quitarle la matriz inmediatamente después de haber nacido Humberto. En fin, no acabo de entender cómo es que a mi mujer, después de lo que pasamos con nuestro hijo, se le ocurre complicarse de nuevo la existencia. Y para comenzar las celebraciones de Navidad me serví un whisky doble, como éste, con mucho hielo.

Esa tarde llevamos al René a comer hamburguesas. Fuimos a ese local que acaban de abrir en el City Center. El ambiente ahí es desesperante. Peor en temporada navideña cuando los berreos se mezclan con las órdenes de servicio en los altoparlantes, el inacabable sonsonete de los villancicos y las estupideces que van diciendo las animadoras disfrazadas de Santaclós. Dan ganas de patear algunos chamacos y largarse. Berta creía que almorzar en ese sitio era el sueño de todo huérfano. Vestido con una camisa de Humberto que le quedaba enorme, el rapaz parecía un fantoche. Lo miraba todo sin pestañear, los ojos muy abiertos, la boca babeante. Mi esposa lo llevaba de la mano, orgullosa, como si presumiera una mascota exótica, aunque en la fila algunas señoras la observaran con desdén, casi diciendo: mira que feo le salió el nieto a esta pobre.

El muchacho comió y bebió como desesperado, y aunque continuó comportándose de manera hosca con nosotros, al menos sonreía con los dientes llenos de mayonesa y cátsup cada vez que se llevaba la whopper doble a la boca. El problema fue cuando terminó de tragar y corrió sin pedir permiso a ese laberíntico tuberío de colores. Berta se puso muy nerviosa. ¿Y si le sucede algo? ¿Y si llega a lastimarse?, decía a cada rato, dándome a entender que fuera por él. Media hora después acabé por quitarme los zapatos y meterme a buscarlo. Hubiera querido que las cosas no se dieran de esta manera, pero con los niños no sirve de nada suplicar. Por eso, cuando lo levanté a la fuerza para llevármelo a la mesa y el cabroncito se soltó a patalear y a chillar como mono, le tuve que soltar una bofetada.

No tienes madre, me reclamó Berta en el auto, mientras intentaba consolar al René que no paraba de llorar.

La cena fue en casa de mis suegros, decorada, como siempre, con esas espantosas lucecitas amarillentas que cuelgan de los techos semejando estrellas. Había también renos, duendes y un par de santacloses luminosos, desperdigados por el jardín. La Navidad siempre me ha parecido grotesca. No entiendo por qué la gente se conmueve tanto con el nacimiento de un judío loco al que mataron hace más de dos mil años.

El caso es que ahí también le tenían preparado un recibimiento especial al niño. Toda la gente, en mayor o en menor medida, se siente culpable de algo. ¿De qué otra forma podría explicarse que mi suegra, quien nunca regala nada a nadie, ni siquiera a mí que soy su único yerno, hubiera comprado un ipod que el chamaco se enchufó enseguida en las orejas? ¡Con decirte que hasta había puesto un nacimiento junto al árbol para que el chiquillo colocara a medianoche un niño Dios de plástico en el pesebre!

Pese a todo, puedo decirte que hasta ese momento las cosas iban más o menos bien. Era cuestión de aguantar. El primero de enero el niño se largaría y mi vida volvería a la normalidad. Pero cuando Berta se levantó a servirse más pavo y aprovechó para recriminar mi manera de beber, caí en la cuenta de que algo andaba mal. Qué clase de ejemplo, qué va a pensar, soltó en voz baja y se alejó discretamente.

¿Qué va pensar quién? ¿El huérfano? El juego había llegado demasiado lejos. ¡Qué carajos me importaba lo que pasara por la cabeza al rapazuelo! Sólo eso faltaba, que mis acciones comenzaran a girar alrededor de un niño ajeno. Mi mujer realmente me encabronó. Berta no tenía motivo de queja. Jamás le he fallado, nada le hace falta. Menos desde que Humberto terminó su carrera y consiguió trabajo en Texas. Tú bien lo sabes, vive como reina: camioneta del año, tarjetas de crédito, mozo, sirvienta, y una casa que, bueno, ya la quisieran muchas. Estaba llevando las cosas al extremo. Cierto que me gusta la copa, pero nada para escandalizarse. Siempre he presumido de mi aguante, rara vez pierdo la razón, nunca me vas a ver en esta barra diciendo incoherencias, cayéndome de borracho o poniéndome impertinente. Hay que saber disfrutar y dominar al alcohol, decía mi padre. Gracias a él aprendí a tomar fuerte desde los catorce.

El asunto fue que de vuelta a casa, una vez que René se quedó dormido y nos metimos al cuarto, tuve que soportar un largo sermón relacionado con mi “decadente modo de vida”. ¡Figúrate! Decidí que había que cortar de tajo. En estos casos, sobre todo con mujeres de carácter, el sexo siempre funciona. Sólo tuve que forcejear con ella unos minutos. Al rato, hasta me estaba pidiendo un trago.

Volví con los vasos llenos. Se había pintado los labios y puesto una bata de seda. Íbamos por el segundo round cuando llegó hasta nosotros un grotesco berreo, como de gato. Te juro que me había olvidado que a unos pasos dormía nuestro invitado. Me le quedé mirando a Berta a la espera de ver a qué horas se le ocurría levantarse a tranquilizarlo. Así estuvimos unos instantes hasta que me lo echó en cara:

—Si en verdad me quieres tanto como dices, demuéstramelo, ve tú.

—¿Yo? ¿Estás idiota? No fui yo quien se le ocurrió traerlo a casa —contesté, molesto.

—Inténtalo amor, es Navidad —agregó.

Navidad, Nochebuena. ¿Por qué chingados fui? Nunca, ni a mi propio hijo me le acerqué cuando estuvo embarrado de mierda. Así que cuando el huérfano se puso de pie en la cama y llegó hasta mis narices aquel hedor  insoportable, llamé a gritos a mi esposa.

—¿Qué pasa? —preguntó alarmada.

—¿Qué pasa? ¡Ven a ver lo que acaba de suceder por tu culpa!

En dos segundos estaba ella junto a mí, reclamando. A todo esto, el niño no dejaba de llorar, se quejaba de dolor de barriga, las sábanas se habían manchado de caca. Casi vomito. Rápidamente Berta desnudó al René y lo metió bajo la regadera, pero el mocoso continuaba chillando. Fue más de lo que aguantaba. Nadie está obligado a soportar en su propia casa algo tan jodido. Y menos en Navidad. Necesitaba aire fresco, liberarme de ese malestar que comenzaba a invadirme.

No sé cuánto tiempo pasé afuera, tampoco recuerdo la manera en que volví. De pura suerte no me estrellé. Por primera vez en mi vida perdí la conciencia. Tengo vagas imágenes en la mente de haber estado esa madrugada en el lobby del Hyatt tomando cucarachas con un grupo de gringos que celebraba ruidosamente al ritmo de Village People. Lo que sí sé es que Berta tuvo que devolver al niño antes de lo previsto. Me costó trabajo, pero logré convencerla. Insistió un poco, no demasiado. Sin embargo, se rindió cuando la amenacé con largarme de la casa. Esas adopciones temporales, estarás de acuerdo, les hacen más mal que bien a esos pobres huérfanos.

Lo malo, amigo, es que Berta nunca lo entendió de esta manera. Ha caído en depresión y nada, ni siquiera el Prozac o las llamadas telefónicas de Humberto, parecen reanimarla. Mañana, a sugerencia del psicólogo, se hará miembro de la Sociedad Protectora de Animales.

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