Dorar la píldora

Por Mónica Lavín

monicalavinCarlos Martín Briceño ha sido un leal cultivador del cuento. Anda a sus anchas por el género de lo breve donde prolonga la tradición del cuento de atmósferas, donde la anécdota a veces es tenue y las zozobras se descubren en las sutilezas. Chejov, el Joyce de Dublineses y Carver le andan por las venas. Lo suyo es lo cotidiano. Los personajes insatisfechos que no saben que lo están, o que lo reconocen porque la felicidad está en otra parte.

El deseo es elemento esencial para que los personajes que habitan estos mundos compactos exhiban sus fragilidades. Lo he leído con entusiasmo desde siempre (“Los mártires del Freeway y otras historias”, “Caída libre”, “Ficticia”) y descubro en este libro reciente también de Ficticia, Montezuma’s revenge y otras delicias a un autor capaz de rozar las zonas más oscuras de nuestro proceder. Por algo el cuento que da título a esta colección ganó el premio Internacional de cuentos Max Aub en el 2012, entre una multitud de concursantes del mundo hispanoamericano. La voz del protagonista que quiere seducir a la extranjera, la imaginación incendiada por la posibilidad de poseer esa tierra extraña con fama de permisiva, llevará a límites que el protagonista no puede sospechar y menos el lector; afirmará que “toda felicidad nos cuesta muertos”. La escena brutal y voluptuosa de la hamaca se queda prendida a la memoria.

Una constante en la cuentística de Martín Briceño han sido los matrimonios, casi podríamos pensar en un Updike mexicano, asentado en su Mérida natal. Matrimonios donde el silencio se instala y donde el deseo desde luego está en otra parte como en “Capricho”, uno de los cuentos que más me gustan de esta selección. El volumen de la música de la casa de al lado molesta tanto al protagonista de esta historia que decide tocarles a la puerta. Para su sorpresa una pelirroja que no recuerda le abre y detrás de ella un niño que insiste en bailarles un numerito escolar. La situación se vuelve incómoda y de golpe la música deja de ser un problema porque el deseo se instala poderoso mientras pasa y se acerca a esta mujer cuyo pubis rojo se volverá ese paraíso exótico que le brinda una puerta de escape a la vida acomodada y quieta. Porque los personajes que habitan los mundos de Carlos tienen casas grandes y coches, visten bien, van a restaurantes. Parece que lo tienen todo pero, como los de los cuentos carverianos, se ahogan en los suburbios donde nada pasa y la vida es más interesante espiando los clósets del vecino y poniéndose su ropa. “Matrimonio y mortaja” es un cuento complejo donde los escenarios de la vida y de la representación en el teatro se confunden, de tal manera que nos preguntamos dónde acaban los bordes de la representación.

Los espacios de estas historias nos llevan del corazón siempre secreto de casas, hoteles, centros de masaje al horizonte abierto e incierto de las carreteras, que a veces están claramente situadas en el extremo sur del país y llevan a playas como Isla Pájaros, también aparecen lugares remotos como en “Made in China”. En “Zona libre” trasgredir las reglas tendrá su consecuencia, dar un aventón en carretera es abrir la puerta, voluntariamente, al riesgo. En “Autoservicio” y “Quizá quizá” el poder dicta las formas. El sexo y la seducción siempre son el punto más frágil de los personajes sedientos de una felicidad que buscan en el contacto de los cuerpos, en el efímero deslumbramiento del desfogue. Una fragilidad que los corrompe. Sostenidos por fantasías que a veces no nombran, buscan su lugar en el mundo o se revelan poseyendo al otro. El espacio que gobiernan o creen gobernar es el del cuerpo y sus voluntades.

Los niños parecen proscritos de este mundo donde su inocencia no cabe. Ellos son los disparadores de historias que ocurren a sus padres y que en “Dios los cría”, muy a tono con “La cigarra” de Chejov, que se deslumbra por el bullicio y la fiesta y descuida lo íntimo y cercano, estremece al lector. En realidad es un acto inocente el que lleva a los personajes a rozar los límites de su fragilidad y violencia. Bien sabía Hemingway que toda maldad siempre deriva de un acto inocente. Los cuentos de Martín Briceño parecen recordárnoslo.

Violencia callada, o violencia que se expresa sin que el personaje se mortifique, una lava de rabia por una vida quieta, cada uno de los que habitan este cuentario, con esa apariencia de personas normales, reproduce la sombra que nos acecha. Briceño parece exhibir nuestro desamparo y las formas de batearlo. Saca a la luz la oscuridad con que nos toca vivir en un mundo de silencios. Como buen escritor que es, como poderoso constructor de lo breve donde lo incisivo del cuento es el vehículo que mejor revela los instantes más negros de nuestra representación, Carlos Martín Briceño nos rasguña con sus cuentos. No quiere nuestra indiferencia, como tampoco la resisten sus personajes ni nosotros. Con él y con sus cuentos, nos revelamos contra la grisura y nos sentimos halagados con la altura de sus textos memorables.

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