El realista con escalpelo ataca otra vez

Por Adrián Curiel Rivera
adrianCuando hace un año leí Montezuma´s Revenge —relato que obtuvo el Premio Internacional de Cuentos Max Aub 2012— llegué a la conclusión de que Carlos Martín Briceño era un realista con escalpelo. Al releerlo ahora con el mismo gusto e intensidad y conocer los otros nueve textos que la editorial Ficticia reúne en conjunto bajo el título Montezuma´s Revenge y otros deleites, no puedo sino corroborar esa impresión. Briceño es un realista corrosivo, ácido. Un cirujano que practica la vivisección en sus lectores para extirparles los órganos de sus más íntimas seguridades. Un narrador que abre tajos en nuestras zonas de confort.

Nada más fácil y, paradójicamente, más complejo que definir el realismo. Se ha dicho, por ejemplo, que en cuanto sistema estético privilegia la observación directa de lo que describe; que consiste en una especie de espejo que refleja las cosas tal como son, en su exacta medida (en su exacta fealdad, por lo general), sin disfraces ni maquillaje. Y si acaso hay un canon compartido por los distintos realismos literarios, tal vez podría identificarse a partir del método con que se presenta esa realidad para ser creíble, vehiculada por una prosa predominantemente seca y funcional, alejada de circunloquios, eufemismos, exuberancias o los ejercicios experimentales que tan en boga estuvieron en la década de los 60 del siglo pasado.

Dentro del panorama de la narrativa mexicana, se sabe que el realismo es el registro hegemónico desde tiempos del fundador de la novela en América Latina, Joaquín Fernández de Lizardi. A lo largo de los años, ha adoptado varias máscaras: el costumbrismo decimonónico, la narrativa de la Revolución mexicana, la novela de denuncia social, el relato urbano, la épica personal, las tramas policiales y políticas, a últimas fechas lo que se agrupa bajo el marbete de narcoliteratura. Pero, ¿cómo delimitar el realismo ejercido por Carlos Martín Briceño desde que publicara Los mártires del freeway y otras historias, su primera colección de cuentos? Porque no basta con decir que Briceño suscribe con maestría los postulados más generales de esa corriente.

Bajo el enfoque de la lingüística más básica, como ha observado con agudeza Roland Barthes, el realismo literario podría preceptuarse como aquella tendencia estética en la cual el referente, fuera del significante y el significado, crea la ilusión de decirse por sí solo. Vargas Llosa ha afirmado que toda buena ficción es en el fondo realista, ya que incluso el género fantástico habla de nuestros miedos y frustraciones, de nuestros sueños y esperanzas, tan auténticos, de la mano de un buen narrador, que da lo mismo si se trata de una historia de licántropos o de las penurias de un alcohólico que acaba de perder su empleo. La literatura, cuando es original, no se limita a interpretar el mundo tal como lo concebimos sino que le añade un plus. Al cerrar las páginas de una obra maestra, ya no volvemos a ser los mismos, ni los ojos con que vemos las cosas, ni las cosas mismas. Pero si, en última instancia, toda buena literatura deviene realista, el objeto último sobre el que versa, la realidad misma, problematiza todavía más nuestras nociones, pues ese tiempo vital que encarna cada persona en relación con su entorno en un momento histórico determinado, es cambiante y huidizo, difícil de asir, incluso en la cronología y secuencias ordenadas que habilita la ficción.

En este contexto, estimo que la obra de Briceño, más que situarse desde una improbable poética unívoca del realismo, es susceptible de abordarse desde dos vertientes. La de la teleología del autor, por así decir, y la del diseño formal de cada una de las piezas que integran Montezuma´s Revenge y otros deleites. Trato de aclararme: en la referida primera lectura del relato que bautiza la primera parte del título del más reciente libro de Briceño, suscribí el dictamen de quien fuera su prologuista, Gustavo Martín Garzo. En el sentido de que el egocentrismo del narrador de Montezuma´s Revenge era tan inquietante e irrisorio que escapaba a cualquier explicación racional. El amante y asesino de Paige (esa pálida, hedonista y a su modo cachonda inglesa, casi coestelar de la intriga), bajo la perspectiva de la novela negra, era tan banalmente malvado que ni siquiera alimentaba el idealismo de la perversidad como camino de redención; tampoco tocaba fondo como otros villanos del género, engatusados por el poder de la maldad. Su insolidaria indiferencia superaba incluso a Mister Hyde en la famosa escena en la que éste tropieza con una niña, pasa encima de ella y la deja llorando.

El propósito último de los textos de Briceño parece apuntar hacia una reacción visceral en quien lo lee. Al autor le gusta escandalizarnos, provocarnos, enfrentarnos con nuestros miedos y tabúes más profundos, un alto precio que sospecho él mismo tiene que pagar. Si tuviésemos que ensayar una tipología de Montezuma´s Revenge y otros deleites, encontraríamos historias sobre los oscuros deseos reprimidos (“Caprichos”, “Autoservicio”, “Zona libre”); sobre el asco y repugnancia inconfesados que genera la debilidad ajena (el mismo “Caprichos”, “Hacer el bien”); sobre el cinismo sádico o resignado con que aceptamos la explotación de los demás (“Made in China”); sobre la avaricia escondida bajo la falsedad de las buenas intenciones (“Matrimonio y mortaja”), sobre la fatalidad precipitada por la llana estupidez (“Dios los cría”). En suma: sobre lo peor de cada uno de nosotros y el impulso de animalidad siempre latente que nos rebaja como humanos, más allá de la violencia de las circunstancias. Uno de los cuentos, a mi juicio, condensa y ejemplifica de manera muy reveladora la destructiva fuerza freudiana del “ello”. En “Deleites”, el inescrupuloso relator se va a dar unos masajes de servicio completo mientras le practican un legrado a su cuñada. Cuando la paciente y su propia esposa salen del hospital, espoleado por el apetito que le han ocasionado los tocamientos clandestinos, no se le ocurre mejor idea que llevarlas a comer taquitos de lechón. Mientras los tres mastican a mandíbula batiente, él hace cálculos de cómo podría acostarse con su cuñada, envidiando a quien sí pudo cogérsela y la dejó embarazada.

Respecto al tratamiento formal con que Briceño desarrolla sus historias, por la temática y la psicología de los personajes, por la reiterada exhibición de la ruindad humana, por la incapacidad comunicativa y la infelicidad emponzoñada que rigen los actos de quienes pueblan Montezuma´s Revenge y otros deleites, podría inferirse que Briceño es un realista más o menos sucio que engrosa las filas de autores bien conocidos como John Cheever, Raymond Carver o Charles Bukowski. Todo ello a través de una prosa comprimida de sorprendentes resonancias. Sin embargo, uno de los secretos de este cautivador libro, quizá el gran secreto, radica en la originalidad indefinible de su construcción, en la aparente simplicidad bajo la que se entreteje un universo absolutamente personal modelado a base de horas de arduo trabajo y oficio. Como buen realista con escalpelo que ataca otra vez, Carlos no sólo punza la piel vulnerable de nuestras almas, sino que ha sabido también hacer cortes en la dura costra de la tradición realista para abrirse su propio camino. No diré más. Los invito a adentrarse en las páginas de Montezuma´s Revenge y otros deleites.

A modo de corolario. Hace poco, el crítico Sergio González Rodríguez celebraba la aparición de esta obra como una muestra de que las letras del sur son capaces de alcanzar registros de gran calidad. Más allá del bienintencionado centralismo que encubre dicha declaración, que sigue situando a Yucatán en el mediodía pese a ubicarse al norte de la capital del país, opino que la aparición de Montezuma´s Revenge y otros deleites constituye una evidencia de que la buena literatura no conoce de regiones geográficas. Pertenece, más bien, a la patria común de los lectores.

 

 

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