Un realista con escalpelo*

Por Adrián Curiel Rivera

Adrián Curiel - Carlos Martín Briceño - Will RodríguezLeí por primera vez Montezuma´s Revenge una madrugada de insomnio lacerante. Desde sus primeras páginas fui presa de súbitos ataques de risa que aligeraron mis preocupaciones y despertaron a mi mujer sin proponérmelo. Una tarde de hace pocos días, en circunstancias normales de descanso, emprendí una segunda lectura que me provocó la misma reacción haciéndome despanzurrar a carcajadas. Y eso que no se trata de un texto humorístico, o no solamente humorístico. Hay algo en este magnífico relato de Carlos Martín Briceño, justo vencedor del prestigioso XXVI Premio Internacional de Cuentos Max Aub 2012, que podemos identificar pero que, al mismo tiempo, se nos escapa. Trato de explicarme: a primera vista, nos encontramos ante un relato lineal de engañosa simplicidad que podría asociarse, por su tratamiento, temática y la psicología del personaje, a diversas creaciones de autores cultivadores del realismo que ahondan en las miserias de los hombres y en su dificultad —cuando no imposibilidad— de relacionarse. Permítaseme traer a colación a Raymond Carver o a Charles Bukowski. Pero esos dos componentes argumentales, el egoísmo invencible del protagonista (de quien nunca sabemos su nombre), y el sarcasmo cínico con que se conduce y expresa sin importarle a quién haya que atropellar, son desarrollados por Carlos en el marco de una vertiginosa trama de carácter policial que hace constantes guiños a la novela y cine negros. “Estoy convencido de que toda felicidad nos cuesta muertos”, declara el inmerecido y sinvergüenza héroe. No en balde Carlos Martín ha sido un voraz lector en su temprana juventud de Agatha Christie, y de sus mejores herederos más tarde, como él mismo ha confesado en numerosas y agradables charlas. Como sea, la alquimia narrativa con que ha fabricado Montezuma´s Revenge se traduce en un texto eficaz, divertidísimo y de lo más original. Y quiero insistir en la idea: al ser original, hay algo por fuerza, felizmente, que se nos escapa al intentar definirlo.

            Vale la pena detenerse en las reflexiones introductorias de Gustavo Martín Garzo, incluidas como breve prólogo a la edición de Montezuma´s Revenge. El egocentrismo desalmado del protagonista, tan desconcertante como irrisorio, inquieta a tal punto al prologuista (nos inquieta a todos) que busca darle una explicación racional, dentro y fuera del ámbito de la literatura. A su entender, los autores más señeros de la novela negra sondean la maldad humana desde dos perspectivas: las falsas promesas con que el mal engatusa a sus adeptos o la redención posible después de haber tocado fondo. Pero el protagonista de Martín Briceño, a los ojos de Martín Garzo, es tan banalmente malvado que ni siquiera alimenta el idealismo de la perversidad. Su conducta es incluso peor que la indiferencia de Mister Hyde en la escena del célebre libro de Stevenson, cuando Hyde tropieza con una niña, pasa por encima de ella y la deja llorando. El villano de Briceño, por tanto, se situaría unos escalones más abajo en la escala decreciente de la ruindad encarnando el despiadado capitalismo consumista del mundo actual, donde lo único que importa es la satisfacción inmediata y hedonista de nuestros deseos. Gustavo Martín se pregunta si no terminaremos por parecernos a alguien así, o si no somos ya como él.

            Una interpretación sin duda sugestiva, pero acaso quepa preguntarse también si no acabaremos pareciéndonos a Paige, esa pálida y a su modo cachonda inglesa, casi co-estelar del protagonista, tan repulsiva, hilarante y entrañable como el narrador macho alfa obsesionado por acostarse con ella. Paige, como página en inglés, se bromea en el relato, aquejada de depresiones desde la infancia, está extraviada a tal punto en sus prioridades vitales que ha optado por irla pasando sin comprometerse a nada, de preferencia con un canuto de marihuana encendido. Ha decidido venir a México, por exótico y barato, para concluir sus prácticas de licenciatura. El tándem enfermizo que forma con su perseguidor sólo a medias (y a ratos) correspondido difícilmente podrá olvidarse.

            Ya en las primeras páginas se anuncia lo que será la tónica predominante en la relación entre el protagonista y Paige. Aquél, “atrapado por las mandíbulas del resentimiento y escarmentado por el reciente divorcio”, asiste a un soporífero ciclo de películas del festival de Cannes proyectado en la escuela de antropología, el mejor sitio en su opinión para ligar estudiantes europeas. En este punto hay que subrayar que Martín Briceño no sólo nos ofrece un personaje con cero capacidad para compadecerse de los demás, sino que son recurrentes las burlas feroces a referentes prestigiosos de la cultura y a los hábitos de las buenas conciencias. Pero, volviendo al falso cinéfilo, en realidad un abogado que perpetra despojos de tierra simulando sin empacho donaciones fraudulentas, al salir del cine invita sin más a la inglesita, muy románticamente, a comer tacos de relleno negro, lo que deriva en la montezuma’s revenge que Paige sufre al principio de la historia, a raíz de la cual en lo sucesivo sólo comerá plátanos, pan, papas fritas y manzanas. Cuando todo parece indicar que esta fallida salida será la primera y última, la roomate de Paige, una española tan voluptuosa como sensata, se pone en contacto con el narrador para que ayude a sacar a su compañera de la mortal apatía en que se encuentra sumida luego de un intento de suicidio. No pormenorizaré el argumento, para que quienes aún no lo han hecho puedan deleitarse con esta trepidante narración, pero adelanto que la peripecia incluye encarcelamientos, sobornos, viajes por carretera a Playa del Carmen y por lancha a una isla desierta; escenas escabrosas como aquella en la que Paige se acurruca impávida bajo la colcha mientras su frustrado amante se cuestiona si no debería mandarla a la chingada, pues el hotel ha salido demasiado caro como para que ella sólo le permita masturbarse y salpicarla de semen. Hay también un gringo aguafiestas y, en una idílica cabaña playera, una plancha de hierro que será determinante en la trama. Y cuando el lector, conteniendo el aliento, cree que el rocambolesco carnaval de inmoralidades de Montezuma´s Revenge ha concluido, seguro de que el protagonista figurará con honores junto a otros —como los de Bret Easton Ellis— en el catálogo de los perversos más infames de la historia de la literatura contemporánea, el autor nos sorprende con una vuelta de tuerca que suma a un crimen perfecto una monumental injusticia.

            He seguido con gran interés y admiración el trabajo narrativo de Carlos Martín Briceño a lo largo de su trayectoria. Lo estimo un realista. Un realista con escalpelo que hace tajos en nuestra zona de confort. Igual que el preciso cirujano al extirpar un órgano. 

*Texto leído por su autor en la presentación de Montezuma’s Revenge el pasado 09 de marzo en el marco de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY) 2013

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