El cielo perdido

Para Mónica Lavín

 Iracema permaneció de pie unos segundos junto a la escalerilla del aeroplano, masajeándose las sienes, ajustándose los lentes oscuros en el calor de la tarde, sin aceptar la ayuda de su marido para descender. “Sabía que iba a afectarme”. Se pasó la mano por la frente, quejándose de un intenso dolor de cabeza que atribuyó al cacofónico zumbido del motor y al reflejo del sol desde el océano.

         Ya en el bungalow, Romero fue a la ventana, aspiró el aire puro de la isla y, recostándose en el alféizar, se felicitó por su elección. Desde ahí, el exuberante jardín sembrado de buganvillas, el sendero de las orquídeas recortadas; mas allá la playa pringada de cocoteros, y el océano de aguas calmas y azulosas le recordaron las pinturas de Gauguin. La Orana María sobre todo, uno de sus lienzos preferidos, y que admiró casi una hora en el MoMA de Nueva York.

El sitio sobrepasaba sus expectativas. En esta ínsula del Pacífico, el delirio cromático del pintor francés parecía aleccionado a cada momento porla naturaleza. Aquítendría tiempo para reconquistar a su mujer, sustraerse un poco del cataclismo de la ciudad y sondear en las profundidades de la más reciente novela del autor húngaro, de nombre impronunciable, que se había comprometido a reseñar. Afuera, con una paciencia de animal cansado, el sol iniciaba su descenso.

                   En el silencio instalado entre los dos, mientras Iracema desempacaba, Romero abrió un frasco de aceitunas negras, sacó la botella de Hendrick´s y preparó dos gin tonic. Ofreció uno a su mujer, que lo dejó olvidado sobre el buró, y tomó asiento en un sillón de rattan, desde donde podía observar a gusto la silueta de Iracema. El tiempo no le había hecho mella. Conservaba las piernas bien formadas, libres de várices, las rodillas lisas y ese trasero firme y redondo que lo trastornaba. Las virtudes del yoga y la ausencia de maternidad habían tenido un efecto benéfico: seguía casi igual que veinte años atrás, cuando la descubrió entre los alumnos en el salón de clases.

Con un doctorado en el extranjero, él iniciaba entoncesla docencia. Lamujer, la carrera de Letras. No fue a primera vista. Se enamoraron con lentitud, recelosos, prudentes, persuadidos por la filosofía de Erick Fromm de que el verdadero amor es un sentimiento donde dos seres se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.

Sorbió de su copa. La memoria lo retrajo a esa tarde de aguacero en que la mayoría de sus alumnos no llegó a la facultad y aprovechó para invitarla al cine club del campus. Vieron Indochina. Al salir fueron a cenar a un café del centro histórico. Ahí, animado por el vino, le habló de la pulcritud en la fotografía de la cinta, disertó sobre los diálogos que hacían pensar en un guionista talentoso, alabó el acierto del director por elegir a una Deneuve, ya mayor, como heroína de un film que aborda la decadencia del imperialismo francés. Iracema se mostró deslumbrada con todo ese despliegue de erudición, mientras su mirada iba de las manos grandes a la barba cerrada hasta detenerse en sus labios. La edad no parecía importante.

         Ojalá, piensa, al servirse el tercer gin, haya valido la pena haber venido de tan lejos.

         Lenta, la brisa trajo consigo ala noche. Enla penumbra de la habitación, tras un baño de agua caliente y un estoy cansadísima, Iracema se quedó profundamente dormida. Romero la miró con el mismo deseo de todos esos años. La halló, incluso, más hermosa en esa cama colgante, rejuvenecida sobre aquellas sábanas ajenas. Bebió su quinta copa hasta el fondo y decidió tomar una ducha. Se burló de la simplista concepción ecológica de los isleños: el agua brotaba de una caracola.

         Despabilado, fue hacia la hamaca de la terraza y abrió las páginas de la novela que había traído consigo. En un principio le irritó la insistencia del narrador por inmiscuirse en el destino de sus personajes: una pareja en conflicto incapaz de sobreponerse a la pérdida accidental del hijo, y que se refugia en una casa junto al lago Balatn, cerca de Budapest.

Romero dedujo que el húngaro practicaba este anacronismo, combinándolo con profusas descripciones, con la intención de parecer deliberadamente vanguardista, aunque en él, lo único que provocaba era un profundo desaliento. Sólo hasta el tercer capítulo cayó en la cuenta que se trataba de un ingenioso truco al servicio de la verosimilitud. Entoncesse dejó envolver por la trama de la novela. Sumemoria almacenaba las imágenes: el condominio frente al lago, la piscina rodeada de arbustos olorosos, ese sol empalidecido, las armonías del vodka al verterse sobre el hielo y la pareja que buscaba expiar culpas a través una discusión permanente. Ahora era un voyeur del juego que sobrevino en el rellano de la escalera, cuando la mujer quiso huir y refugiarse enla habitación. La entrega fue rápida, instintiva, indispensable para otro comienzo.

        Pesados los párpados, con el libro resbalándosele de las manos, Romero cedió al cansancio. Soñó con Iracema desnuda, acostada de espaldas sobre un camastro, la misma posición de la nativa en El espíritu de la muerte. Luego se descubrió agazapado, mirándola, y justo cuando iba a atacarla, volvió a la realidad. Sudaba. Y tenía una erección. Detestaba la frialdad de su mujer, las escaramuzas del domingo por la mañana que él complementaba con la visita a una casa de masajes, una o dos veces por semana. Hacían el amor con prisas; la mente ocupada siempre en proyectos académicos, varados en ese acuerdo de conveniencia que los ayudaba a seguir adelante con sus aspiraciones profesionales.

El precario equilibrio empezó a resquebrajarse cuando Iracema, al cumplir cuarenta y cuatro, llegó puntual a la menopausia, comprendiendo que no tendrían ya ni la esperanza de un hijo que los obligara a mantenerse juntos. Los meses subsecuentes la relación devino en una silente coexistencia. Más tarde ella anunció que no tenía ánimos para continuar.

          Romero sintió miedo. Ella era la única que lo comprendía un poco, la única capaz de soportarlo. Tenía dificultades para concentrarse en sus artículos y leer sin anteojos. ¿Comenzaba su descenso? Así que sugirió este viaje. Perderla confirmaría su ruina. Por eso se encontraba aquí, de madrugada, intentando leer bajo el manto ambarino del cuarto creciente de la luna, a punto de acostarse junto a una Iracema que, probablemente, ni siquiera ahora, en este rescoldo del paraíso iba a condescender a sus deseos.

En el comedor, el mesero le informó que Iracema había salido temprano a recorrer en bote los manglares. Su disgusto le contrajo la mandíbula. Esepaseo debió ser para dos. ¿Por qué bebí tanto? Le punzaban las sienes, sintió la espalda y cuello rígidos… se había quedado entumido en la hamaca, los lentes puestos, el libro en el pecho, y sólo despertó hasta muy entrada la mañana, cuando la impertinencia del sol cayó sobre su rostro. En su berrinche, derramó la taza del expresso recién servido. El mozo trató de ayudarlo pero Romero se opuso cortésmente. Decidió regresar a las páginas de su novela. Antes de retirarse, dejó un billete de diez dólares y pidió que le llevaran hielo y agua tónica al bungalow.

           Llenó su vaso con más ginebra y se acomodó en la hamaca dela terraza. Ahorala pareja parecía haber establecido una tregua para renovar su apetencia sexual. Y en este punto el autor se enfrascaba en un largo y farragoso retrato del lago y sus alrededores quea Romerole pareció excesivo. Prosiguió la lectura un par de horas. A ratos dormitaba y, en los sueños, confundía su vida conla historia. Elrecuerdo de Iracema llegaba constantemente a su cerebro. Tratando de mantener los ojos abiertos, divagaba y debía refrescar su garganta para desperezarse. Finalmente se durmió.

           Cuando abrió los ojos era noche. Oyó el mar y sintió la piel fría. El libro había caído, las páginas estaban cubiertas de arena. Se inclinó para recogerlo. Al levantar la mirada vio luz en el cuarto y se puso tenso.  Dispuesto al reclamo, se encaminó haciala habitación. Seimaginó gritándole, sacudiéndola, echando en cara ese mutismo suyo al que atribuyó el desastre de la relación, pero antes de poner la mano en el picaporte, cayó en la cuenta de que todo era enormemente cursi, una escena salida de la pluma de Toni Morrison. Y el viaje había sido demasiado largo como para agotarlo en discusiones.

           Abrió la puerta, llegó despacio a la cama donde Iracema leía Deseo, de Elfriede Jelinek. En otra ocasión le diría qué piensa dela austriaca. Se sentó al borde de la cama y pidió disculpas. Iracema cerró el libro y lo miró con lástima. Dejó que pasaran unos segundos sólo para decirle que se hallaba verdaderamente cansada. Romero quedó en silencio, inmóvil, aguardando que las palabras fluyeran voluntariamente de su boca. Permaneció así hasta que escuchó:

—Mañana la pasamos juntos, lo prometo; despiértame temprano para nadar —al tiempo que ella desapareció bajo las sábanas.

         Al amanecer se acercaron juntos a un mar frío, discretamente turquesa bajo el sol que vacilaba en asomar por completo. Iracema se zambulló sin mayor trámite, pero él prefirió quedarse cerca de un cocotero, mirándola. Volvió a la novela y al rato ya estaba cabeceando, lidiando con una historia que no acababa de convencerlo. Había leído más de la mitad y no vislumbraba aún cual habría de ser el desenlace de estos amantes que buscan en el sexo redención a sus errores. Dejó el libro y dormitó un instante. Despertó inquieto y buscó con la mirada la figura de su esposa. La vio pequeñísima, ondulante entre el azul movimiento de las olas. Tuvo la impresión de que se la tragaba el océano. Nervioso, se puso de pie y fijó bienla vista. Lairidiscencia del sol y el sudor que mojaba sus pestañas le impidieron hallarla al primer intento. Después la descubrió nadando hacia la orilla y corrió hacia ella. La vio salir con el miedo impreso en el rostro y presintió que no se había equivocado.

                   —¡Me jaló! ¡Me mordió! —dijo exaltada, llorosa.

          —¿Sucedió algo?

          —¡Tú y tus idioteces de venir  hasta aquí! —señaló una herida en la planta de uno de sus pies.

         Romero quedó sin saber cómo responder. Petrificado. Fueron unos segundos, pero tuvo tiempo para vislumbrar una vejez sin Iracema. El futuro siempre es una mierda. “Y el amor finaliza tan pronto como sentimos a un ser limitado”, resonaron en su cerebro las palabras de Nietzsche. ¿Por qué no la devoró el mar? Me toca ser un viejo abandonado. Qué remedio.

        Enseguida la estrechó contra sí y la condujo con firmeza al bungalow. Sin dejar de sollozar, la mujer untó su piel húmeda a la del hombre y se dejó llevar hacia la cama colgante. Sentirla tan suave e indefensa sobre las sábanas le hirvió el cuerpo. Y sin dar tiempo a reaccionar, le quitó el traje de baño y se le encimó. Fue un acto breve y seco, un estallido encubierto por la soledad de la isla y los rumores del océano.

       Aún desnudo, sin hacer caso del llanto apagado de Iracema, Romero se sirvió otro vaso de ginebra y salió una vez más a la terraza para continuar la misma, interminable historia.

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