El ruvalcabiano arte de musicalizar las palabras*

Cada vez que aparece un nuevo libro de poesía uno celebra. La poesía,  género desdeñado por las editoriales, parece andar siempre a ciegas pues para existir tiene que hallar al lector que vibre, al ser humano capaz de comulgar con el poema y dejarse llevar por la seducción de la metáfora. Ya lo dijo el chileno Gonzalo Rojas, que la poesía es “aire, un aire, un aire nuevo, no para respirarlo, sino para vivirlo, un ejercicio respiratorio que intenta la libertad, la vivacidad”.

      Por eso celebro haber sido invitado a este convite a dar fe de la aparición de La música, el nuevo libro del escritor Eusebio Ruvalcaba, a quien me une, además de una gran amistad, la devoción por la palabra literaria.

      Este poemario, construido sobre las bases de la armonía de las notas del pentagrama, tiene, además, para mí una significación especial, pues debo confesar que fue la música, antes que la literatura, la que me hermanó con Eusebio Ruvalcaba. Hará de esto unos nueve años, cuando recién comenzaba yo a publicar y la revista mexiquense, Molino de letras, incluyó uno de mis cuentos entre sus páginas. El texto versaba sobre un menáge a trois entre una madre, su hija adolescente y una seductora pianista. Mazurcas de Chopin, rapsodias de Liszt y las gimnopedias de Satie envolvían su deseo. Eusebio, identificado por el espíritu musical del relato, pidió a un amigo común que lo pusiera en contacto con el autor.

       Entonces yo creía saber bastante del maestro Ruvalcaba. Había leído parte de su obra y solía buscarlo en las páginas de El Financiero, en la sección cultural que hasta la fecha, dirige su compañero de escaramuzas intelectuales, el yucateco Víctor Roura. Lo que supe luego era que, además de la literatura, Eusebio tenía en la música el eje axiomático de su existencia. Y así lo confiesa en su poema:

      Más allá del infierno de Dante:

Como todos los hombres/ he sufrido pesadillas terribles. / Pero la número uno, / es aquella en la que se me privaba/ del sentido del oído.

       En esa primera conversación descubrí que estaba ante un escritor singularísimo, un hombre sin prejuicios cuyo discurso, libre de poses y  cartabones pseudo intelectuales, era capaz de generar en sus interlocutores, la misma empatía que provoca en sus lectores. Un escritor que, a pesar de ser uno de los  narradores más capaces y prolíficos del país, como si renegara de su probo oficio, se atreve de afirmar en el epígrafe del libro que ahora nos ocupa que:  (Yo) hubiera querido ser músico. Pero no está en las manos de nadie cruzar a nado el Canal de Suez.

        Ahora, como siempre, Ruvalcaba no se pliega a las buenas costumbres, menos a la hora de versificar, aunque sus versos, que transitan entre lo nostálgico y lo descriptivo, – hay que decirlo- estén orquestados con una altura lírica envidiable.

          He aprendido a deletrear tu nombre a golpes/ de mazo. Has forjado mi alma como el herrero/ la espada. No tenía nada de que asirme. La vida/ giraba en volutas y yo me pulverizaba en ellas.

       La música, el libro que da motivo a esta noche de fiesta, cuidadosa y hermosamente editado por “Unas letras, industria editorial”, es un trabajo trascendente por muchas razones.

        En Galería, por ejemplo, la primera de sus tres partes, Eusebio, con habilidad ruvalcabiana, nos guía como el Virgilio de Dante, a los infiernos de los grandes autores. Son célebres la sordera de Beethoven o la tuberculosis de Chopin, pero saber que una amiga íntima de Mussorgsky se suicidó arrojándose al Neva, o que Carlos Luyando tenía en su casa una foto dedicada de Stravinski, constituye una aportación para comprenderlos. Sucede, pues, con La Música, lo mismo que con aquellos antiguos libros de viaje que eran un tesoro para sus descubridores.

       Por otra parte, Ruvalcaba confirma con ésta, su publicación más reciente, que pertenece a la sabia estirpe de aquellos que pueden transitar con naturalidad la senda del verso a la prosa y viceversa.

          Te he escuchado tocar Chopin/ y es como si me refrescara el rocío/ de la mañana. / Su música te hace suya. / Los Nocturnos y los Preludios/ te llevan de la mano por regiones ignotas, / umbrías como sombras entrelazadas. / Como la prosa fecunda de Conrad. / Es como si Chopin fuera tu padre. / O tu amante.

    (Hasta aquí, el poema  Carta a una pianista que sólo toca Chopin)

     Hay en este libro pasajes especialmente significativos. Los versos dedicados a Higinio Ruvalcaba, el insigne violinista que tuvo en Mérida su segunda tierra, además de saldar con creces la deuda del padre con el hijo, se adentran en una cuestión metafísica que no oculta el desasosiego y el dolor intermitente de la ausencia.

      Anoche se me apareció mi padre. / Tiene más de treinta años de muerto/ y se me apareció anoche. Venía de traje, con su chaleco guinda y su boina azul. / Venía de buenas. Traía su violín/ en la mano, y en la otra las llaves/ del coche. Venía de buenas porque/ sonreía. Sonreía como un corderito.

        Mención aparte merecen los Jirones de música ruvalcabianos, 61 poemínimos que dan cuenta de la admiración que Eusebio dispensa a otro tanto igual de personajes musicales de la historia.

       Silvestre Revueltas

      Un día pasó una banda por su pueblo, / y se quedó bizco del pasmo. / Se dice que estropeó una tina de tanto/ golpe que le dio por imitar al tambor.

       Liszt

     Nadie, ningún otro toca como él. Es único. / Comentaban a sus espaldas. Entonces/ él se admiraba en el espejo y comprobaba su belleza. / Al morir una verruga le afeó la cara.

     Smetana

  Alguna vez perdió sus juguetes/ en el Moldavia. Murió sordo, / con un sonido persistente, tenaz, / en el oído. Como el aullido del perro.              

        Deseando suerte al libro para que encuentre entre ustedes a sus lectores, brindo y termino mi intervención con palabras de Eusebio tomadas de una entrevista reciente.

    Si en el momento del tránsito entre la vida y la muerte me preguntaran qué prefiero entre leer un canto de Dante o escuchar una sonata de Beethoven, me quedo con la sonata, porque tengo mucho de animal”.

 *Texto leído por el autor durante la presentación del  libro  “La música”, de Eusebio Ruvalcaba, el pasado 15 de Noviembre en Mérida Yucatán, durante la presentación del libro, con la presencia del autor.

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