La sustancia de los sueños

Mis hijos difícilmente sabrán con certeza quien fue Lela Oxkutzcaba. Tampoco llamarán a ninguno de sus amigos con los motes del Chereque o Totoyo.  Ahora menos que el creador de estos personajes ya no está entre nosotros.

     Los llevé  –claro que lo hice – alguna vez al teatro Pedrito.  Hará unos tres años y daban, si mal no recuerdo, la obra “Pizot y la Ninia Amaría”. Era la reinauguración (una de tantas) del recinto y el sitio estaba totalmente lleno – más de adultos que de niños, debo decirlo – que se desternillaban de la risa con las ocurrencias de los títeres.  Mi mujer,  quien siempre comentó orgullosa que su primera oportunidad como actriz se la brindó Don Wilberth en “El Milagro de Milagritos”, se emocionó hasta las lágrimas cuando, al término de la función, el director agradeció públicamente su presencia.  Así de generoso era el maestro.

     La obra, protagonizada por Lela Félix y Chereque Infante, era una parodia de la   famosa película “Tizoc”, de Ismael Rodríguez  Ese domingo del 2009, cómo olvidarlo, durante el tiempo que duró la función volví a mi  adolescencia, al tiempo en que “Titeradas” era parte de mi vida, a la época en que no había yucateco que se perdiera el programa en la televisión local. El canal 13, estoy seguro, debió haber  vivido en los ocho años que duró el show de los títeres al aire (de 1987 a 1995) los mejores ratings de su historia.

    Y no era para menos. Los personajes de Wilberth Herrera, queridos y admirados por el público, retrataban con agudeza eso que se ha dado en llamar “el modo de ser del yucateco”. Su musa e inspiradora, la graciosa e irreverente mestiza Lela Oxkutzcaba, era parte fundamental del éxito de “Titeradas”. No menos importante fue el resto de su elenco: El Chereque, gato enamorado eternamente de Lela, La tía Venus, Idiotina, Butaque, Doña Mireya, Totoyo o Don Mex. Todos ellos mostraban, con enorme acierto, alguna característica del yucateco.

     Lo triste de aquella mañana en el teatro Pedrito fue que, mientras mi esposa y yo gozábamos la función, mis hijos apenas lograron conectarse con la trama de la historia. Sus miradas no revelaban el asombro que yo hubiera esperado. Parecían lejanos a todo cuanto en el escenario sucedía. Salí de allí con la sensación de haber presenciado una más de las tradiciones que la globalización colocaba en su larga lista de víctimas.

           Dice Shakespeare que los hombres estamos hechos de la misma sustancia que los sueños. Si esto es cierto, ¿de qué materia estarán hechos los títeres de Wilberth Herrera? ¿Acaso nos atraen porque reflejan un modo de vivir que cada vez va siendo menos el nuestro? El tardío Premio Nacional de las Ciencias y las Artes que se le iba a entregar a Wilberth Herrera era sólo un minúsculo reconocimiento a su titánica labor por preservar una tradición que no debe desaparecer. A sus descendientes, autoridades culturales y meridanos nos toca preservarla. Quizá esta sea la mejor manera de homenajear al maestro. Hago votos porque así sea.

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