El elogio de la Academia

Fue La ciudad y los perros la primera novela de Mario Vargas Llosa que llegó a mis manos. Recuerdo bien el libro, tanto por la edición  -un sobrio ejemplar de pastas duras y portada modernista, de la editorial Bruguera – como por el impacto que me produjo la trama. La historia, que poco tenía que ver con alguien como yo que crecía en un tranquilo hogar yucateco de clase media en los años setenta, no me la podía quitar de la cabeza. El Jaguar, Alberto, el serrano Cava y el Esclavo, todos ellos estudiantes del Colegio Militar Leoncio Prado en Perú fueron para mí, en aquella época, algo más que personajes de ficción. Los sentía tan reales que constantemente regresaba a las páginas de la novela para estudiar sus expresiones, su manera de hablar, sus reacciones ante la adversidad en que los colocara su creador.

A mis trece años, debo admitirlo, me era difícil asimilar la poderosa fascinación que es capaz de ejercer en el lector una anécdota bien narrada.

Y es que Mario Vargas Llosa, hay que decirlo, es ante todo un enorme contador de historias. En sus novelas, escritas con maestría y llenas de innovaciones estilísticas (diálogos intercalados, tiempos superpuestos, monólogos interiores), la acción y la tensión dramática nunca decaen. Por eso, una vez que nos sumergimos en sus primeras páginas es prácticamente imposible soltarlas.

Dice el escritor español Julián Marías, que nos hemos acostumbrado tanto a leer novelas que consideramos enteramente normal el acto de abrir un libro y empezar a leer lo que no se nos oculta que es ficción, esto es, algo no sucedido, que no ha tenido lugar en la realidad.

Pero con las novelas de Vargas Llosa, uno nunca acaba por acostumbrarse. Sus historias siempre son una caja de sorpresas. Así, el peruano ha sido capaz de abarcar todos los temas sin que desmerezca su calidad narrativa, desde el la sátira y el erotismo (Pantaleón y las visitadoras, El elogio de la madrastra, Los cuadernos de Don Rigoberto), pasando por la política y los problemas sociales (Conversación en La Catedral, El pez en el agua), hasta llegar a la novela histórica (La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo, El paraíso en la otra esquina). Con él, por fortuna, no sucede lo de Fuentes, quien por publicar con demasiada frecuencia, ha perdido lucidez y capacidad narrativa.

Que la academia sueca haya elegido este año al peruano significa que no todo está podrido en Estocolmo. Con este acto, el comité paga parte de la deuda que tiene con las letras hispanas. El premio, además, es un reconocimiento al trabajo de uno de los más importantes escritores en castellano y una muestra de la vigencia de la literatura de la región.

Con todo, concuerdo con las voces que han dicho que lo mejor de un escritor como Mario Vargas Llosa es su rigor, disciplina y vocación. Y cuando un artista hace su trabajo con tales características merece, no solo el Nobel, sino todo nuestro reconocimiento.

 

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