Bestiaria vida o la vida en las alfombras

Por Carlos Martín Briceño

Tuve, alguna vez, durante mi adolescencia, la impresión de que me convertía en un monstruo. Observaba mi rostro ante el espejo y la imagen devuelta me erizaba la piel: granos supurantes, pómulos hundidos, el pelo hirsuto, los dientes chuecos. Era, en verdad, repugnante. Con esta facha, pensé, estoy destinado a quedarme solo.

Lo curioso es que, a pesar de mi angustia, nadie en mi familia parecía notar aquella transformación. A mi alrededor la vida continuó como si nada. Y mientras, resignado, asimilaba mi irremediable destino onanista, mis familiares continuaron embebidos en sus ocupaciones. Llegué a odiarlos.

Lo anterior se los cuento, porque, cuando terminé de leer el libro de Cecilia Eudave, “Bestiaria vida”, volví a esa época, me descubrí púber y no pude dejar de preguntarme si lo que pensamos de nosotros mismos, cómo nos vemos o nos imaginamos, coincide con lo que piensa el resto de nuestra familia.

¿Cuánto conocemos a nuestros progenitores, hermanos, tíos, abuelos?  ¿Fue obra de la casualidad caer en medio de este núcleo cerrado que, se supone, nos prepara para enfrentarnos a la sociedad?

Cecilia Eudave, acaso sin proponérselo, ha escrito una novela que cuestiona, a través de la imaginación, las relaciones interpersonales dentro de la familia,  esa forma primitiva de agrupación tan antigua como la humanidad y que, pese a los siglos transcurridos desde que el hombre es hombre, en el mundo – y sobre todo en eso que llamamos “occidente” – no ha sufrido grandes  transformaciones.

¿Qué significa familia en las diversas partes del orbe hoy en día? ¿Un lugar en el que uno se siente más cerca de los suyos protegido del exterior? ¿O es donde uno debe ser aceptado realmente como es –así se trate de un ser monstruoso –, y donde se experimenta algo tan contradictorio como la dependencia/independencia y tienen lugar conflictos?

Contada en primera persona por un personaje femenino que se mira a sí mismo como una caracola, la novela comienza con el nacimiento de la protagonista, en el momento mismo en que toma conciencia de la realidad.

Así, poco a poco, aunque no exactamente en sentido cronológico, la narradora nos irá develando al resto de su parentela: una madre Basilisco, un padre Licántropo, un abuelo Cancerbero, un tío Búfalo, una tía Innombrable, un ex marido Bicéfalo y una hermana Súcubo.

Las alegorías, por supuesto, son inevitables. La madre es terrible y dominante, capaz de ordenar y fulminar con la mirada; tanto que el padre prefiere la soledad del hombre lobo antes que compartir con ella la existencia.

Y cito:

“Cuando había luna llena y mi padre no estaba en casa, me lo imaginaba libre y poderoso por los campos, o por la sierra, en ese pedazo de tierra que le vendió por correspondencia un vendedor de bienes raíces, y que sólo él conocía.”

La Súcubo y el Bicéfalo, por su parte, no se quedan atrás. Cada quien, a su manera, se esmerará en hacerle la vida difícil a Helena, la protagonista.

Cito:

“Yo me divorcié de un bicéfalo porque no soporté sus dos caras, y recordé que mamá me lo había advertido. Sí, lo dejé, porque cada cabeza tenía un temperamento y, con dos en un cuerpo, es imposible llevar la vida que de por sí es muy culebra.”

Y qué decir de la tía Innombrable, una especie de rebelde sesentera y lectora del tarot, a la cual no parece interesarle gran cosa el destino de su sobrina.

“Ah, la familia es la familia, tienes esa misma expresión de orfandad que tu padre”, le espeta en un momento, antes de predecirle el futuro a Helena.

Contrario a lo que uno podría creer, la novela de Eudave, aunque a veces lo parezca, no es un relato netamente fantástico; es más bien un texto de realidades alternativas; una historia, ya lo he dicho, sobre la incomprensión y esa extraña soledad que los individuos alimentamos dentro de nuestra propia familia.

Lo que si hay que reconocer, es que “Bestiaria vida” tiene célebres e imaginativos pasajes fantásticos que, además de de provocar la risa franca del lector, inquietan, de tan bien construidos. Como aquel de la mujer que atraviesa el espejo –muy a lo Lewis Carroll – y se queda allí, encerrada, viviendo con su reflejo, mientras el marido intenta recuperarla. O mejor aún, el de la gente chiquita que habita en las alfombras pero que sólo puede ser vista con los ojos de la antesala a la demencia.

Cecilia, quien ganara recientemente una mención de honor en Nueva York con su libro de ensayos “Sobre lo fantástico en la literatura mexicana”, sabe narrar; su prosa es fluida y trasluce lecturas constantes, entre las que entreveo a Calvino, Lovecraft, Borges, Bioy Casares, Bradbury, Levrero.

Con todo, casi al final de la novela, en el antepenúltimo capítulo intitulado “Soliloquio verde”, lo onírico cede a la nostalgia, y la autora nos regala en unos cuantos párrafos, la razón para haberse enfrascado en esta aventura literaria

Y cito

“Solo quiero ese instante, ese olor a casa, esa mirada cariñosa que, a pesar de resistirse, se daba insolente y caprichosa entre nosotras. Quiero a los que hicieron de mí esta polilla, que escribe palabras como caídas de un árbol de manzanas, y enloquece cuando la despiertan de su siesta, que come verduras porque eso hacen las niñas buenas y no soporta el huevo tibio por las mañanas… Nada cambiaría, nada, ni los buenos, ni los malos momentos, sólo por volver a verlos, a los dos, en el umbral de la puerta decir buenas noches antes de apagar la luz”.

Regreso, ahora, a mi confesión inicial. A mi encuentro adolescente con el espejo recordado a causa de “Bestiaria vida”. Por fortuna, descubrí que la tecnología  puede cambiarlo todo. Era cosa de encontrar el camino adecuado. Lociones, braquets, gimnasio y complementos vitamínicos hicieron lo suyo. Y una vez más, nadie en mi familia pareció percatarse de mi esfuerzo.

Desde entonces, decidí no luchar por entenderlos. Escogí, como la protagonista de esta novela, aceptar lo inevitable y entender que cada familia es un universo y que cada individuo, parafraseando a Pessoa, “lleva en sí todos los sueños de este mundo”.

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