Vargas, caricaturista supremo

No crecí, como muchos niños de mi generación, leyendo solamente historietas del Pato Donald. Por fortuna, y gracias a un par de tías solteras primas de mi padre, conocí a la mítica Familia Burrón: cada domingo, semana tras semana, solíamos visitar a mis parientas –las García – en la casona donde vivían, frente al parque de San Juan.

Nada más entrar, lo primero que hacíamos mi hermano y yo era correr a las habitaciones en busca del cómic que, por lo regular, lo hallábamos debajo de las hamacas, junto con alguna fotonovela, el Teleguía o la no menos legendaria, Lágrimas y risas de editorial Vid. Entonces, por medio de un “wan-quen-pon”, acordábamos quien sería el primero en enterarse de los incidentes ocurridos esa semana a Doña  Borola Tacuche de Burrón.

Hay que decirlo: la heroína de la saga era ella. A diferencia de las historietas anglosajonas de la época (Educando a papá, Lorenzo y Pepita) que conocimos por medio de la sección dominical del Diario de Yucatán, y donde el padre era el eje central de la anécdota, en los episodios de Gabriel Vargas, el argumento giró siempre en torno a las peripecias de la señora de la casa.

Así, conforme uno iba leyendo, la vecindad capitalina donde vivían los Burrón Tacuche se convertía  en el microcosmos de las aventuras de una familia de clase baja a la que nunca alcanzaba el dinero, pues los ingresos provenientes de El rizo de oro, la peluquería de Don Regino, jamás serían suficientes para solventar las ínfulas aristocráticas de Borola.

Dicen los que saben de sociología que este cómic –que se mantuvo con vida hasta el año pasado – no se parece a ninguno, y que el éxito de sus ventas se debe a que retrata fielmente al mexicano popular (¿quién no tuvo un tío que se pareciera a Don Regino?) pero sin ningún tipo de intención peyorativa por parte de su autor. Vaya uno a saber si el dibujante hidalguense abrigó o no dicha intención, pues como el mismo decía “no sé para que me hacen tantas caravanas si yo no hice más que unos dibujos”.

Vargas, ganador del Premio Nacional de periodismo en 1983 murió hace una semana, a los 95 años. Un año antes había dejado de circular su sexagenaria historieta. Mientras tanto, una de mis tías, convaleciente a sus 94, es capaz de reír cuando recuerda la trama de algunos episodios memorables de los Burrón, prueba inequívoca de que Don Rubén, además de ser un caricaturista supremo, fue también toda una época. A eso es lo que yo llamaría trascendencia.

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