Salón Bach

Guty Cárdenas, in memoriam

¿En qué momento el cantaor y los Peláez se agregaron a la fiesta del yucateco?  Roberto Miranda no lo sabe con exactitud. De lo que sí está  seguro es que habían bebido demasiado cuando, al entrar a servir la botella de Martell, los descubrió formando parte de una extraña escena en aquel reservado donde la bohemia solía prolongarse hasta la madrugada: dos hombres, recogidas las mangas, se enfrentaban a las vencidas; esos que ahora comparten el suelo rojo del Salón Bach, en Madero 32.

Miranda se agacha, levanta y sostiene la cabeza del herido y, con la mano libre, trata de aflojarle la corbata. Durante el alboroto alcanza  a ver cómo  Rosita, Arturo Larios y el prestidigitador Murillo, hinchados del coñac que se empujaron a expensas del compositor, huyen de la cantina. El reflejo de los largos pendientes y el brillo de las piedras en la gargantilla de la mujer, a pesar de las circunstancias, capturan por un momento su mirada. Se pregunta a cuántos hombres habrá cautivado la actriz para obtenerlos. A su izquierda, estragados por los disparos que el artista hizo antes de caer, permanecen el Mallorquín y José Peláez. Unos minutos antes, en la barra, frente a los comensales, el segundo había estrellado en la frente del músico, una botella de cerveza.

Al principio, le parece una muestra de camaradería, una imagen fija, casi estática: dos individuos enlazados por un puente de manos; pero después se fija en la tensión de las palmas que presionan, el rictus de los rostros denotando el esfuerzo y descubre en los ojos voluntades que pugnan por imponerse…

Una mancha oscura comienza a extenderse por el entramado de algodón de la camisa blanca. Y mientras los dedos de la diestra siguen intentando deshacer el nudo, Roberto Miranda vuelve al momento en que lo vio entrar por las puertas abatibles del bar, en punto de las tres, como acostumbra, vestido con pulcritud: el traje oscuro, el chaleco de lana, la camisa sin mácula y esta corbata gris con el fistol de plata al centro, cuyo nudo perfecto le está costando tanto deshacer. Iba acompañado de Gálvez Torre,  empresario de espectáculos del circuito del Golfo, casi tan atildado como él, y Rosita Madrigal, la gruesa actriz de ojos verdeazules a quien ha tenido que cuidar cuando se excede de copas.

Desde que don José del Valle lo contrató como mesero, le advirtió que debía memorizar las bebidas preferidas de los parroquianos. Y aunque al principio confundía nombres y gustos de los artistas asiduos al Bach, con el paso del tiempo se volvió experto en adelantarse a las solicitudes de sus comensales. Aprendió, por ejemplo, a adivinar en los gestos del pintor O’Gorman, que ya era hora de cambiarle la cerveza por una cuba libre. A presentir, en la mirada imperativa del viejo Rubén M. Campos, la urgencia de reponer el whisky.

Sabiendo que el músico llegaba directamente de la W radio con la garganta seca y el estómago vacío, dejó de inmediato la barra para ir a recogerle el sombrero de pelo de castor y acompañarlo, junto con sus invitados, al privado de siempre. Sirvió entonces una ronda de cervezas Carta Blanca, una botella de Bacardí, filete chemita  y riñones al jerez. Le gustaba atender al compositor porque no se andaba con remilgos: bebía y comía fuerte y era generoso con las propinas. Muy distinto a cualquiera de esos engreídos escritores, como el tal José Juan Tablada, o el viejo Ciro B. Ceballos, que venían con cierta frecuencia, pero, por su edad o simple tacañería, se limitaban a pedir un par de ajenjos para acompañar sus interminables Faros sin filtro que agotaban con parsimonia.

Intenta pasar desapercibido y ocuparse sólo del descorche. En un ángulo de la mesa, el empresario dispensa su interés a los blancos y alunarados pechos de Rosita; la actriz corresponde a sus halagos con sonrisas. Del otro lado, Ángel Peláez, junto con el cantaor de flamenco, el Mallorquín, incita a su hermano. Ocupados en beber de la botella de coñac, Larios y el prestidigitador, no se percatan de nada…

Fue el artista yucateco, no el trovero, quien inició esa tarde la cantada. El compositor tomó con gentileza la guitarra de Larios, como si se tratara de La negra, su costosa lira, y pulsó las primeras estrofas de “Rayito de sol”. Al concluir, a solicitud de Gálvez Torres, el trovero Larios recobró su instrumento y siguió con “Ojos tristes”, para rematar con “Nunca”. Ese fue el inicio de la que debió haber sido otra tarde de cuerdas y tertulia en el salón preferido del grupo. Se buscaba agasajar al  Favorito de los Discos Columbia, de festejar el contrato de su próxima gira.

Así como está, sentado sobre el suelo húmedo de la cantina, Roberto Miranda escucha repetir a su patrón: “No puedo creerlo, los Peláez”, la misma frase que soltó, entonces con una sonrisa, cuando vio al par de iberos entrar acompañando al famoso Mallorquín.

Se siente culpable. Debió haberle comentado a don José que él fue testigo de cómo en el apartado, la Madrigal impidió que un incidente previo  se resolviera a golpes; pero, ¿quién iba a saber que no se trataba de una más de esas disputas de borrachos sin consecuencias? Suda. La transpiración empapa cejas, mejillas sin que pueda levantar una mano y secarse. Frases ininteligibles alcanzan sus oídos. Discursos de curiosos, gente que opina, aunque nadie ha sido capaz de acercarse y ayudarlo.

Cuando el español blandea, el otro arrecia y acomete hasta que consigue bajar el brazo de su contendiente. El gachupín, desoyendo las voces que exigen calma, se levanta intempestivo y amenaza. La humillación lo ha transfigurado. Nadie en el reservado parece entender ese odio repentino. Pero la actriz se atreve a intervenir. Sólo por ella, advierte el mayor de los Peláez antes de largarse. Sólo por ella…

La mancha avanza sobre el blanco de la ropa, dejando en su viaje el rastro de su color violento. Miranda voltea el rostro hacia los culpables y se fija que ni el Mallorquín, ni José Peláez, ese hijo de puta que inició el pleito, están heridos de gravedad como el compositor y, que más allá, el otro Peláez, el asesino, todavía con la Browning en la mano, apenas puede mantenerse en pie de tanto que ha bebido. Cabrones, se lamenta. Su impotencia deviene en rabia y lo lleva al instante en que lo vio salir del apartado y encaminarse a la barra después de la disputa. ¡Espere, no les siga el juego a esos gachupines, ya andan muy pasados!, debió advertirle, pero temió que se tomara a mal su intromisión.

Y mientras percibe cómo sube del piso rojo el frío que contagia el cuerpo que sostiene, el mesero, que al fin ha conseguido desanudar la corbata, mira venir hacia ellos a un hombre. Lo observa con la idea de que se trata de un médico, alguien que viene a desanimar a la muerte, a despertar, tal vez, al caído.

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