Abismos

Nadie podrá decirle que no estuvo al pendiente de la salud de su madre. Ahora mismo prepara los ingredientes para la papilla del almuerzo: carne limpia de puerco sazonada con hojas de orégano, verduras cocidas al vapor, un diente de ajo, pimienta y aceite de oliva; bien licuado, como le ordenó el geriatra. “No vaya a ser, Julia, que a la hora de la comida se le atore a su mamacita el bocado en la garganta y le venga uno de esos terribles ataques de tos que pueden causar la muerte”. A su lado, el teléfono con forma de labios permanece en silencio. Lo mira de reojo. ¿Hace cuánto tiempo que no sentía en el estómago el hormigueo de la espera? Sin dejar de partir la carne, le viene a la mente el recuerdo de Arnoldo, suspira y se queda mirando con fijeza el diseño del aparato. ¿Había sido ella la que sugirió mandar a poner esa extensión en la cocina? Sí, fue ella, cuando trabajaba como asistente en la compañía de seguros; era el tiempo de las luces en el pelo, el uniforme entallado, los brasieres de encaje, las medias oscuras, los tacones puntiagudos, el aroma a perfume de importación, las mil y una invitaciones a tomar la copa y los “¡ay, Julita, quien tuviera la suerte de trabajar cerca de usted y tener vista de rayos equis!” Hombres maduros al atisbo de carne fresca, jovencitos con ganas de pasar un buen rato, guapos que intentaban probar que ella, como todas las mujeres, estaba “hecha de la misma madera”. ¡Vaya que tuvo –antes de él–, un buen séquito de pretendientes! Y a ninguno le hizo caso. Jamás, durante su juventud, llegó el hombre que esperaba, ese que (como decía el poema que alguna vez leyó), iba a “desordenarla con el calor de una mirada”. “Yo no sé ustedes”, acostumbraba Julia decir a sus compañeras de trabajo, “pero en mi opinión, no es lo mismo echarse un fajecito con tu novio en la pista de baile, al amparo de la oscuridad, sintiendo como se apachurra contra tus piernas, que ir a un motel y acostarse descaradamente con él.” Con esa manera de pensar, pronto comenzaron a llamarla en la oficina “Julia la calientahuevos”.

“Te mereces algo mejor, resérvate para el hombre de tu vida, hija, ya aparecerá, ya aparecerá…”, decía su madre cada vez que llegaba a casa con un nuevo galán. Aquél tenía la nariz ganchuda, el otro era muy chaparro, ése demasiado prieto…, ninguno era del agrado de la anciana. Y lo que son las cosas, con el paso del tiempo, lo único que apareció en la vida de Julia, fue el Alzheimer que convirtió el cerebro de su madre en un vegetal –parecido a los que en este momento Julia corta y echa en la licuadora–, y a ella en una esclava al servicio de la vieja. Tuvo que renunciar al trabajo en la empresa de seguros, comenzar a vivir con la raquítica pensión de viudez de la anciana y olvidarse para siempre de las tardes de café con las amigas, los ejercicios aeróbicos, las clases de inglés en el Instituto Americano, la discoteca de los sábados. Enferma de hastío, se le comenzaron a marchitar los senos, a caer las nalgas, a ensanchar las caderas y a estriar las pantorrillas. Sus manos, sobre todo, evidenciaban el derrumbe de su juventud. A la hora de cambiarle a la vieja los pañales hediondos a orina y excremento, miraba en sus propias palmas el trazo de los afluentes del Amazonas y caía en la cuenta de que los años estaban convirtiéndola en una caricatura de sí misma: ya ningún hombre le seguía el trasero con la vista cuando empujaba el carrito por los pasillos del súper; tampoco sentía la necesidad de cubrirse el escote con la mano al inclinarse a recoger los artículos exhibidos a ras del suelo, puesto que –ni siquiera por curiosidad– nadie le oteaba el surco de los senos.

Quizás por eso se emocionó tanto cuando una de sus ya siempre grises y monótonas tardes, escuchó que alguien tocaba con insistencia el timbre del departamento y al observar a través de la mirilla de la puerta, se topó con la sonrisa de Arnoldo Ceceña, un cuarentón que vendía enciclopedias. Era flaco, de oreja grande y prieto; tenía, además, el pelo escaso e hirsuto y el rostro marcado por los resabios de la viruela, pero a Julia le pareció que el hombre tenía sonrisa luminosa y un aire de Clark Gable. Al abrir, notó que el tipo no llevaba argolla de matrimonio y lo invitó a pasar. ¿Qué podía perder? Sentada en los muebles de sala que su madre solía mantener cubiertos con lienzos de yute, escuchó con interés la importancia de tener en casa el Atlas de los Cuatro Continentes, la colección completa de los Libros de la Salud, los tres volúmenes del Estudio Gráfico del Sistema Solar, la última edición del Compendio de los Récords Guinness y sobre todo, la Guía Ilustrada del Arte de Amar. Fue ésta la única colección que Julia solicitó al recién llegado que despojara de su cubierta de nylon. “¿Podría mostrarme el contenido?”, dijo con voz tenue, temerosa de ahuyentar, con el timbre de sus palabras, la presencia de aquel ángel moreno. Sonriente, el hombre desforró el primer tomo y lo puso abierto, de par en par, sobre la mesa de centro. Cada vez que Arnoldo señalaba con el dedo índice las fotografías de las parejas desnudas impresas en las brillantes páginas del libro, Julia sentía que, en contra de su voluntad, algo se le comenzaba a desordenar en el bajo vientre. ¿Iba, como siempre, a dejar pasar la oportunidad de gozar en carne propia eso que sólo conocía por boca de terceros? Sin darse cuenta, dejó de oír las explicaciones del vendedor y se imaginó agachada frente a él, tratando de bajarle con los dedos el cierre de la bragueta; se vio también chupándole el frenillo, succionando los jugos del pene con la delicadeza de un becerro…, y justo cuando iba a decirle al tipo que era suficiente, que no fuera tonto, que allí, junto a él, a cambio de un poco de amor, había una hembra dispuesta a regalarle el monte de Venus, la túnica de la matriz, el glande clitorial, las glándulas de Bartolino y todos los engranes que –según la enciclopedia–, conformaban eso que ella guardaba con tanto recelo entre las piernas, apareció frente a ellos, en bata, un fantoche chorreando orines, con la mirada perdida y el cabello revuelto.

“¡Madre!”, exclamó Julia, abochornada, poniéndose de pie. “Perdone usted”, agregó dirigiéndose al tipo, “está enferma desde hace tiempo.”

Después que el hombre se fue, Julia se quedó en casa con las copias de ocho pagarés de noventa pesos a favor de la editorial Salamanca, la colección del Arte de Amar, una picazón endiablada toda la noche en el sexo y la promesa infinita por parte de Arnoldo, de volver a visitarla trayendo consigo el último libro relativo al Alzhemeir publicado por dicha casa comercial.

La tarde del día siguiente el vendedor se presentó al departamento con ropa limpia, el pelo engomado y una rosa amarilla en la mano. Espero me disculpe, señorita, dijo cuando la mujer abrió la puerta. No encontré el libro prometido, pero me tomé el atrevimiento de comprarle algo. Nerviosa, ella aceptó la flor y lo invitó a entrar. Había pasado parte de la mañana observando en su enciclopedia imágenes de parejas haciendo el amor y anhelaba poner en práctica la libélula, el sometido, la catapulta, el molde, las aspas del molino o cualquier otra de las treinta y nueve posiciones del Kamasutra fotografiadas en el segundo tomo. Largo rato estuvieron en la sala platique y platique. Arnoldo rozaba de tanto en tanto, con los dedos, las manos de Julia y ésta sentía una descarga de excitación que remataba en su entrepierna. Sabía que de un momento a otro iba a terminar con él en la cama, pero era cuestión de que ella tomara la iniciativa, pues en la mirada de Arnoldo podía notar que no era como los hombres que frecuentó en su juventud, esos machos que le endilgaron el indecente apodo que aún le daba trabajo repetir en voz alta. Por eso sugirió lo del tequila, para darse valor.

Tres copas bastaron para que Julia decidiera llevarse de la mano al hombre hasta el dormitorio. Él se dejó guiar como una marioneta. Ella lo acostó en la cama, le quitó la ropa con delicadeza y apagó la luz: “con cuidado, todavía soy señorita”, susurró. No hubo tiempo para jugar al beso francés, a la mariposa de Venus o a la búsqueda mutua del punto G. Se trataba de confinar al olvido, cuanto antes, la virginidad desatendida.

Julia nunca imaginó que Arnoldo fuera capaz de hacerle sentir esa exaltación que le oprimía el pecho y aceleraba el compás cardíaco. Ahora conocía por sí misma el ardor que despierta en la piel el recuerdo de un buen amante. Con sólo rememorar las escenas de amor vividas entre los dos lograba hacer que se le erizaran los pezones y humedecieran los velludos pliegues del sexo. A menudo se preguntaba cuál sería la opinión de su madre acerca de Arnoldo y caía en la cuenta de que seguía temiendo los lapidarios juicios de la anciana. Por tal razón, cuando las visitas nocturnas de su enamorado fueron haciéndose más frecuentes, decidió aumentar la dosis de diazepam en la papilla de la vieja. No fuera a ser que un día de estos recobrara la lucidez y le echara en cara, delante del hombre, todo el rencor que de seguro se le había acumulado en la cabeza por culpa del Alzheimer.

Con el tiempo, Julia y Arnoldo aprendieron a hacer el amor en silencio. El hecho de saber que únicamente una pared los separaba del cuarto de la vieja hizo que se desarrollara en ambos esa cautela que sólo habita en los amantes clandestinos. Así, entre el susurro eterno de la televisión encendida, el llanto del recién nacido del departamento de al lado y el ronquido sempiterno de la enferma, Julia dio rienda suelta durante meses a un amor obsesivo que a fuerza de insistencia, tejió sobre la relación un cenagoso manto de pesadumbre que acabó por ahuyentar a su pareja.

Y ahora que las manos se le han cubierto casi en su totalidad de pecas y el pelo se le ha vuelto blanco y fino, Julia corta cebollas y le corren húmedas las nostalgias por el rostro. El otro día apareció en su puerta un joven flaco y bien vestido oliendo a lavanda. Quiso ver en él a Arnoldo y lo invitó a tomar asiento en la sala, pero cuando el muchacho sacó de su carpeta el Libro del Mormón y trató de hablarle de la Iglesia de los Santos de los Últimos días, lo sacó de inmediato de la casa. Desde entonces ya no se hace ilusiones. Prefiere sumergirse en sus recuerdos mientras prepara con cuidado la papilla de la enferma. No vaya a ser que un día de estos se distraiga y a su mamacita se le escape para siempre el resuello.

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