A la memoria de Charles Darwin

Hará tres años cuando me enteré de la muerte de Harriet. La noticia, perdida entre las páginas de espectáculos de un periódico local, llamó mi atención. Me remontó a mi infancia, a una fiesta de cumpleaños y a la edición ilustrada de El origen de las especies que alguien tuvo a bien regalarme. Harriet, la tortuga galápago que fue capturada por Darwin en 1830, había muerto tranquilamente en un zoológico australiano, de un paro cardíaco, a los 176 años. Sí, escucharon bien, 176 años.

Para Adán Echeverría, biólogo de profesión, pero escritor por vocación, estoy seguro que esta noticia tampoco pasó desapercibida. Digo esto porque el libro que hoy nos convoca, y que forma parte de esta nueva y post moderna corriente gore que gana cada vez más adeptos, tiene como tema central, la inmortalidad. Y es, precisamente a través de los hábitos de reproducción de estos quelonios, como se irá conformando la trama de Arena, la primera novela de Echeverría.

La historia, ambientada en un ribete perdido de tierra, Las Bocas, que evidentemente remite a la reserva ecológica de Dzilam Bravo en la Península de Yucatán pero que podría ser cualquier costa del mundo, cuenta el regreso de Lucrecia -en contra de la voluntad de su madre Yosefina -, a ese misterioso sitio donde su padre desapareciera, y en donde el tiempo no transcurre para sus habitantes, literalmente.

Trepidante, enloquecedora, llena de una oscura ambientación que por momentos recuerda el estilo del norteamericano Lovecraft, Adán se ha enfrascado en la realización de un texto prohibido para todos aquellos que no entienden que en el arte no hay barreras y que es posible mezclar la sangre con la ironía, siempre y cuando se salpique con un toque de humor negro.

A menudo, tal como sucede en las historias del escritor estadounidense, creador de Los mitos de Cthulhu,  los protagonistas de Arena parecen incapaces de controlar sus propias acciones, o encuentran imposible cambiar el curso de los acontecimientos.

Muchos de estos personajes – Mauricio, Lucrecia, Rulor Miranda,-  escaparían del peligro si simplemente corrieran en dirección opuesta, aunque esta posibilidad nunca surge o es, de alguna forma, sometida por una entidad externa. No es casual, pues, que los moradores de Las Bocas no puedan huir debido a las fuertes corrientes del océano o a las repentinas tormentas de arena que se abaten  sobre ellos.

Lo interesante es que, a pesar de girar alrededor de un solo tema, el autor ha tenido la habilidad suficiente para enriquecer la trama y enseñarnos de a poco, como en aquellas legendarias cajas chinas, los motivos de cada uno de sus personajes.

Y cito

Ah, mi madre tan bella y tan puta la condenada, siempre he pensado que he sido la mezcla de mucha leche. Yo, ¿sabes?, el mismísimo general que está acá contigo; soy la mezcla de muchas leches, porque la noche que me concibieron, a mi madre se la cogieron varios hombres, le llenaron el culo de leche, la llenaron todita de leche a la muy puta. Ay mi madre tan puta la pobrecita, éramos tan pobres, tanto; tuve dos hermanas, y creo que ambas me dieron hijos, ¿sabes?, murieron en la revuelta…

Ahora bien, lo que creemos leer, no es necesariamente igual a lo que deberíamos saber. Pareciera que el autor, debido a su desbordante imaginación y su trabajo como investigador, observa detalles que para nosotros pasan inadvertidos. Quizá la vena poética de Adán, conjuntamente con su voluntad, contribuya también a crear esta impresión. No en balde, Adán es compilador, junto con el poeta mexiquense Armando Pacheco, de una trascendente antología digital llamada Del silencio a la luz, donde se dan cita 658 poetas mexicanos.

Así, en Arena, por momentos nos encontramos leyendo la novela dentro de la novela, pues es un manuscrito dejado por Mauricio a su esposa Yosefine, el pretexto para iniciar la historia.  Y es también el manuscrito de Lucrecia, hija de ambos, el que cerrará el texto.

Regreso, antes de terminar, al recuerdo de Harriet. Debo decir que inicialmente, la tortuga fue bautizada como Harry, debido a un error sobre su sexo que se mantuvo durante más de un siglo antes de ser corregido. Nada es lo que parece. Detrás de cada ser humano se esconde otro.  Así lo constatarán, estoy seguro, los que se acerquen a esta hilarante novela de Adán Echeverría.

*Texto leído en diciembre del 2009 en la Sala de Arte del Teatro Mérida, en la capital de Yucatán, durante la presentación del libro de Adán Echeverría, Arena (Editorial Atemporia, Saltillo Coahuila, México; 168 pp).

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