El desconocido, de Raúl Rodríguez Cetina

desconocido

Alguna vez escuché decir que una buena novela es aquella que cuando uno termina de leerla, siente la necesidad de cuestionarse el sentido de la existencia. De acuerdo con este canon, El desconocido, publicada por primera vez en 1977, ópera prima del narrador yucateco Raúl Rodríguez Cetina, y que ahora Plaza y Valdés ha decidido reeditar, constituye un excelente ejemplo.

Narrada en primera persona, voz que el autor privilegia en el conjunto de su obra  -ocho novelas y un libro de relatos-,  El desconocido es la historia de Narvely, un adolescente abandonado por sus padres y que para pagar sus estudios de contabilidad e inglés tiene que prostituirse con hombres extranjeros. Las desventuras del protagonista, que a los quince años ha sufrido suficientes como para novelar su breve paso por el mundo,   provoca en los lectores una sensación de impotencia que duele, y que obliga precisamente a preguntarse hacia dónde se dirige esta sociedad post moderna, cuyo único eje, tal como la definió Jean-Francoise Lyotard, es el poder de compra.

Con un  estilo diáfano y directo, casi confesionario, pleno de frases cortas y diálogos vivaces, que por momentos nos remite a las voces valientes de André Gide o Yukio Mishima, el autor nos brinda un trabajo intimista que mantiene el interés, sin importar que desde las primeras páginas intuyamos nula esperanza en el destino del protagonista.

En este sentido, El desconocido, de Rodríguez Cetina, es sólo el anticipo de una vasta obra literaria signada por un pesimismo total  y una sombría visión del mundo de un autor que no le importa exhibirse y que escribe con una actitud de permanente rebelión contra la sociedad mexicana moderna. Sociedad que, a pesar de contar entre sus filas a varios de los hombres más ricos del mundo, no ha sido capaz de proporcionar a la mitad de sus ciento tres millones de habitantes, las condiciones de vida indispensables para acabar con el flagelo de la pobreza.

Ambientada en la Mérida de los años sesenta, El desconocido constituye también un interesante retrato de las costumbres provincianas de una clase media que se antoja lejana, pero que hasta la fecha, en pleno siglo XXI,  no ha podido superar sus complejos sexistas neo burgueses.

Y cito:

” –  Es posible que sea la preocupación por no tener trabajo, un ingreso seguro, tú entiendes, necesito pagar las colegiaturas y cubrir otros gastos. En nuestro país se habla de democracia y justa distribución de la riqueza y ya ves, la riqueza se la lleva la Coca Cola y otras empresas transnacionales.

-¿Te das cuenta de lo atrasados que estamos? Damos lástima en el terreno sexual. Unos amigos me han hablado sobre la libertad sexual en algunos países europeos. Cuando seamos un pueblo culto y politizado, será cuando dejen de discriminarme y llamarme maricón. Me gustaría estudiar en Europa. ¿Entiendes por qué?

– Entonces estamos doblemente jodidos. Ya sólo nos falta encontrar en las nalgas de los turistas el logo de la Coca Cola.”

Algo que llama poderosamente la atención es que Narvely,  el personaje principal, a pesar de su juventud y aparente rebeldía, no disfruta de su sexualidad, pues en cada encuentro lo embarga un terrible sentimiento de culpa, situación muy diferente a la del chichifo que lleva la voz cantante en El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata, una de las primeras obras literarias que trataron abiertamente la temática gay en México, publicada, por cierto, en 1978, un año después que el título que hoy nos ocupa.

El desconocido, es también una novela de la depresión, ese estado de abatimiento e infelicidad que puede ser permanente o transitorio. Narvely constantemente está sujeto a los embates de la desesperación, de la soledad, del recuerdo del padre y la manipulación de la tía sádica. Salvo Anlino, el amigo burgués al que no le importa confesar abiertamente sus preferencias sexuales, los demás personajes son fantasmas que deambulan alrededor del cerebro de Narvely.

Luego de leer El desconocido uno se pregunta bajo qué preceptos se rige la humanidad en nuestra era. Acaso la respuesta se encuentre en la esperanza que habita la  despedida final de último capítulo, en el momento en que Anilo ve a su amigo Narvely subir al autobús que lo llevaría rumbo al aeropuerto.

Y cito:

” Los amigos se enfrentaron durante segundos de silencio. Las miradas recorrieron los detalles de cada cuerpo, redescubrieron su amor mutuo, sumidos en un rito que trataba de grabarse lo mejor de cada quien. Todo un instante de meses desnudó a esos cuerpos. Las miradas,  en el azar de movimientos se reencontraron, húmedas, aquel mediodía de laureles. Quizá ambos recordaron un domingo de espaguetis y vino blanco.

Las gafas que me compró Mike, tómalas, son tuyas – alcancé a decirle.

– Te voy a extrañar en la clase de inglés cabroncito – me dijo.

– Chao.”

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