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AL FINAL DE LA VIGILIA

El blog de Carlos Martín Briceño

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Los mártires del freeway. Otras historias

Por Rosa Beltrán

Conocí a Carlos Martín Briceño en Mérida hace ya muchos años, en un taller intensivo de cuento que impartí dos veces, en años distintos. Consistía el taller en encerrarse por cuatro días a piedra y lodo a leer obras de creación y discutir sobre problemas teóricos y textuales de eso que llamamos cocina literaria. Es uno de los talleres que más he disfrutado porque entre otras razones agrupaba a un conjunto de poetas y narradores extraordinariamente talentosos y sobre todo, raro en los talleres, con mucha maña y mucha mala leche, es decir con experiencia de escritores. Esto fue quizá lo primero que me llamó la atención de Carlos. Que formara parte de un grupo que tenía una inmensa pasión por la literatura y algo más. Pronto supe que este taller contaba con la presencia frecuente de grandes escritores que trabajaban con ellos sus textos literarios. Así que antes de mí por estos cuentos habían pasado los ojos de Beatriz Espejo, Elsa Cross, Rafael Ramírez Heredia, Eusebio Rubalcaba, entre otros, de modo que no era de extrañar que al llegar a los míos me asombraran como lo hicieron. Siempre supe que los cuentos de Carlos Martín Briceño, una vez reunidos, formarían parte de un estupendo libro. Y que harían un conjunto y no un muestrario de las distintas variantes de una sola obsesión.

Carlos tiene aspecto de eso que las empresas llaman hoy young professional, muy serio, muy formal, incapaz de una impertinencia o un desmán, un hombre, en fin, de esos que encarnan la filosofía del éxito. Pero igual que ocurre con sus cuentos la imagen que adopta quien los escribe es una apariencia, la máscara con la que reviste una identidad compleja. Da miedo pensar que los ojos de Carlos se posen en uno; da miedo sobre todo después de leer sus cuentos. Porque Carlos siempre observa lo anómalo, lo retorcido, esa parte de una personalidad y de una relación que se ha vuelto insoportable y que es difícil poner en palabras. Si Narciso es el emblema de nuestro tiempo posmoderno, Narciso es también el personaje que aparece con distintos nombres en los cuentos de Carlos, tratando de comprender la infelicidad que causa a las mujeres con que se relaciona; escudriñando en esa forma de ejercer el poder tan típica del sureste que llamamos matriarcado; es el protagonista, sea hombre o mujer, que está irremisiblemente solo y a quien lo único que le queda es amarse mediante un sueño, una idea o un falo de marfil que compró a un gitano para venderlo en un almacén de objetos exóticos, como ocurre en el primer cuento “Todas las tardes” Narciso es también una gran matriarca. Una abuela poderosa, dueña de la casa donde tú, su nieta, tomas clase de piano en su casa, y te enamoras de Helena, tu profesora de piano, sentada frente a ti, de blanco, entallada y traslúcida y con un escote generoso. A ti te agrada desde el principio, tu maestra, aunque no parezca una mujer honorable, según tu madre, y te entregas a estudiar a su lado y aprendes cosas complicadas, como las gimnopedias de Satie, y luego ves que tu madre cambia de opinión y deja quedarse a dormir a tu maestra en la habitación de huéspedes y te anima a tomar clase diario, y las oyes de noche reír y conversar y gemir hasta que tu abuela, que es la de los dineros, es decir, las rentas, le pide algo a tu madre y tu ves que tu madre se encierra en su cuarto una semana entera sin permitir que nadie la moleste y te quedas sin clase aunque todavía hoy, a veces, ves que a tu madre se le humedecen los ojos al oírte tocar las Gimnopedias.

Una cosa que llama poderosamente la atención en este libro es que la mayoría de las protagonistas son mujeres poderosas. Es como si Carlos desentrañara ese otro poder que se ejerce de forma oblicua en todos los hogares mexicanos pero que quizá se muestre de modo más vívido en esas familias de la rancia sociedad de las castas. Me parece un acierto que Narciso sea muchas de las mujeres que pueblan estas historias. Y que el autor de estos cuentos se haya decidido a explorar las tretas del débil. Ese poder que ejercen las mujeres mayores, viudas, abuelas, madres que se quedan con las grandes casonas y con las herencias de maridos ausentes, tal vez muertos, tal vez huidos y que han fundado otras familias y las han abandonado, mujeres que con esas herencias manipulan los destinos, los gustos, y los afanes sexuales de su progenie.

Sexo, sexo, sexo; por todos lados el sexo está visto desde su ángulo más improbable, el más conflictivo, la represión. Que se manifiesta de my diversos modos. Con una pléyade de amantes y esposas, de madres inconformes. O con una abuela que se ve obligada a vivir con sus parientes a causa de su invalidez y cuya máxima preocupación consiste en no descruzar las piernas a fin de que no le vean un sexo que nadie quiere mirar. Y he aquí la tragedia: se trata de mujeres que cubren su sexo cuando ya nadie quiere mirarlo; que lo cuidan cuando ya a nadie se le ocurriría que hay ahí algún valor. En cuentos como éste, Briceño nos recuerda que sexo y juventud son una convención en la historia de la literatura pero también en la vida. Y que muchas veces el resguardo excesivo del sexo está unido a otros prejuicios como el racismo que en la vieja de esta historia, revela un temor más profundo, que se remonta a nuestras raíces históricas.

En “Confabulación”, la adolescente de secundaria que cuenta la historia del día que trajeron a la tía abuela inválida, nos dice:

Cuando la trajeron era noche; yo estaba nadando en el agua verdosa de la piscina y Pierrot no cesó de ladrarles a las trinitarias que la bajaron junto con el cuadro del sagrado corazón, la cama de agua, la silla de ruedas y las maletas de cuero.

–¿Y dónde la colocamos?

Papá suspiró, se rascó la frente y apuntó hacia el cuarto de Rafaela.

–Es sólo por un tiempo (…)

Saluda a tu tía abuela, jovencita (…)

Acerqué mis labios a su cara y deposité un rápido beso que rozó, apenas, la piel amarillenta de la vieja. Olía a orines y a carne putrefacta (…)

Y como si se diera cuenta de que el origen de su manía, la manía de su tía abuela de no descruzar las piernas, tiene una raíz más honda que el pudor, la joven más tarde nos revela:

Dije que ella nunca dejó de ser la misma, porque lo primero que hizo al verse sobre la cama de agua, fue cruzar las piernas. ¡Como si alguno de nosotros tuviera la intención de fisgarle las entrañas! Cada vez que la aseaban, había que luchar contra el nudo de carne pellejuda en que se convertían sus extremidades.

Una tarde, por curiosidad, cuando la tía abuela tomaba una siesta, ordené a Rafaela que intentara colocarle las piernas como Dios manda. Sus gritos se hicieron venir ipso facto a papá hasta la recámara.

–¡Háganme el favor de dejarla en paz! ¿Qué se creen ustedes? ¿No ven que lo que tiene es artritis?

Así durante el primer mes, no hubo problema. A cambio de un buen plato de carne (…) no faltaron trinitarias dispuestas a darle de comer y a limpiarle el culo a la vieja. (…) Pero conforme comenzó a tener instantes de lucidez, le dio por rebelarse y resultó cada vez más difícil encontrar monjas dispuestas a ayudarle: ¡Quítame las manos de encima, india sinverguenza! ¡Qué te imaginas, desgraciada! ¡Aléjate, sucia, no te atrevas a tocarme!

Ahora bien. Puede ser que a Briceño le interese hacernos visitar los recovecos poco iluminados del alma humana; que tenga atracción, como el refinado observador que es de hacernos ver algo que pareciendo muy claro no lo era; todo esto lo entiendo. Pero lo que a mí me intriga es ¿por qué le interesa a Briceño el sexo marchito, imposible, sucio, asqueroso, viejo, etcétera, de las mujeres? Lo que queda muy claro es que en esta sociedad del sureste las mujeres son las de los dineros y que así es como controlan a las nueras, los yernos, los hijos y los nietos. La brillante idea de los hijos consiste en llevarse a las parientas artríticas a sus casas para hacerse ricos una vez que éstas los hereden y mueran. Lo que estos hijos no saben es que las parientas además de artríticas son listas, son el diablo. Y que después de hacerles la vida imposible, terminarán por heredar sus dineros a las monjas trinitarias a las que se pasaron la vida despreciando.

Así, la traición es otro de los temas que le encanta a Carlos explorar.

Por último, quiero referirme a la nouvelle que cierra el libro y que le da título. Los mártires del freeway. Es una novela policiaca con tintes de thriller donde la madurez de Carlos como escritor se pone de manifiesto desde la primera hasta la última línea. El tramado matemático, la verosimilitud de la intriga el dibujo extraordinario del detective, un yuppie que sólo come alimentos orgánicos y se cuida el cuerpo hasta el extremo; un estudioso de criminología en L.A., guapo, mono, demasiado nice para los judiciales del H. cuerpo policiaco del país, sí, adivinaron un gay de clóset es nuestro Virgilio en esta historia. No digo más para no arruinarles el gusto de la lectura de esta novela, de la que en cuanto Carlos hable, quisiera saber cómo la tramó, si dibujó antes a su personaje, si hizo esquemas de la estructura, etcétera, porque desde ya les digo que en cuanto corran a comprar su ejemplar y lo lean, encontrarán en él, más que una lectura novedosa y disfrutable una lección de originalidad que confirma a Martín Briceño como un gran narrador y no sólo del sureste.

Texto leído durante la presentación del libro en la Feria Internacional de Minería en marzo 2007.

La autopista de los deseos

por Patricia Garma Montes de Oca

Los “Mártires de Freeway y otras historias” es una muy bien trazada selección de obsesiones y perversiones en la que es clara la madurez de Carlos Martín como narrador. Hay varios factores comunes en los relatos que llaman la atención, sobre todo en la primera parte del libro, en “las otras historias”.

1- El manejo de la figura femenina.

Lejos quedaron las Beatrices dantescas, las dulcineas, la maga de Cortázar; más que una figura idealizada, las mujeres de este libro, al menos una buena parte de ellas, encuentran sus representaciones más perturbadoras y lastimeras. Son feas, repulsivas, llenas de lonjas, de arrugas que les esconden el sexo; son seres con muy poco qué ofrecer, llenos de carencias emocionales, irremediablemente solos, castrados, contenidos en sus deseos carnales.

El hombre, en cambio, sí es una figura idealizada, es la presencia añorada, el gran ausente, el padre o el abuelo muerto, lo que hace más dolorosa y evidente esa orfandad femenina.

Incluso las mujeres que pueden parecer tener un mejor destino, como Helena o doña Evelyn, que al menos se salvan de la colección de repulsiones femeninas del autor, no pasan de ser, al fin y al cabo, nada más que objetos del deseo, mujeres de escasa reputación o esposas infieles que torturan al pobre e inocente personaje masculino.

Si acaso habría una excepción en el personaje femenino de “Entre chien et loup”, esa mujer extranjera que adora el mink y que es la única que tiene algo interesante qué ofrecer, la única con la que el personaje masculino establece un vínculo amistoso y carnal agradablemente estrecho.

Las mujeres, cuando se relacionan entre sí, siempre lo hacen de forma destructiva, por un lado está la abuela dominante y adinerada que impone las reglas de la casa, por otro, la vieja con alzheimer que hay que tolerar, por interés, entre babeos y orines.

2- Pervesión

Juega un papel protagónico a través del sexo. Las relaciones de los personajes siempre rayan en alguna desviación, en el lesbianismo, la homosexualidad o en el incesto: Los maestros pervierten a sus alumnos, las madres seducen al amigo adolescente del hijo, los abuelos inician a sus nietas en el sexo, en fin….

Esta perversión está siempre latente o contenida, y aflora conforme avanza el relato, y a medida que lo hace es evidente esa urgencia por la liberación, sobre todo carnal, esa urgencia por complacer sexos desatendidos, por adentrarse en lo prohibido.

La perversión también está presente en las relaciones destructivas de los personajes, en la insatisfacción, el hastío, en el castigo… Se siente esa necesidad por resolver situaciones de tensión, y finalmente es esa tensión la nota aguda de la atmósfera en cada relato, lo que mantiene al lector pegado el texto, ansioso por descubrir cómo se irá a resolver cada situación, y que se adivina que no será un final feliz, o al menos, no cotidiano. Cada texto es la transformación de los personajes, sino su liberación, sí es posible entender que no son los mismos de un principio, que algo en ellos ha cambiado.

3- La crítica social

Detrás de la pervesión y de los deseos contenidos está siempre la sombra de la opinión pública, de las buenas costumbres, la moral, la discrecionalidad.

Buena parte de esta moralina está representada en la imagen del matriarca: (”… A menudo caía en la cuenta de que seguía temiendo los lapidarios juicios de la anciana”).

Este peso de la opinión pública conlleva a un círculo vicioso de amarguras, de renuncias y esclavitudes permanentes.

La liberación es una promesa anhelada, algo que puede o no suceder, es un secreto imposible de revelar; por eso los personajes están constantemente persguidos por sus sueños, por estados de inconciencia, flash backs a una niñez de inocencia rota. Para ellos también es perturbador haber cruzado sus límites, pero continuan acariciando sus fantasías.

Es difícil complacer a un lector, por común que sea. La gente ya no se conforma con que le cuentes algo, ahora quiere que le confieses algo, y mientras más oscuro y depravado, mientras más sobrenatural, mejor.

Dos aspectos muy importantes que hacen que la narrativa de Carlos Martín esté tan bien lograda son, por un lado, este tono confesional de las historias, y por otro, la atmósfera de suspenso, de que algo terrible podría pasar.

Lo confesional tiene su más claro ejemplo en una de las historias mejor logradas, “Hombres de bien”. El primer párrafo lo dice todo: “Muchos años he tratado de olvidar lo ocurrido en el sótano del colegio durante mi adolescencia”.

Estas confesiones nos llevan a un ineludible revelación, pero Carlos es tan mañoso que nunca las grita, es tan delicado que no las convierte en algo literal, las sugiere, las pone sobre la mesa para el buen entendedor.

El suspenso, por otra parte, encuentra su mejor forma en “Los Mártires del Freeway”, noveleta policiaca que da título al libro. La sola frase es muy reveladora, porque esa liberación carnal de la que venía hablado el autor en los relatos anteriores está ni mandada a hacer en el nombre de uno de los antros más polémicos de la ciudad, el “Freeway”, la vía libre, la libertad, la autopista de los deseos…

En “Los Mártires…” se viene a conjugar también toda una serie de factores ya expuestos: las desviaciones, las obsesiones, el crimen, que antes se había tocado como algo casual, algo a lo que podían llegar los personajes, aquí se desborda a través del sadismo.

Como todo buen relato de detectives, el autor se encargó de que el lector se involucrara paso a paso en la búsqueda del culpable; finalmente, todos tenemos a un Sherlock Holmes o a un Hércules Poirot dentro. Que nadie niegue que alguna vez, o varias, nos atraen los detalles más retorcidos de las notas rojas; hasta el más noble de los mortales no puede dejar de sentir cierta inquietud ante una serie de actos macabros y por conocer las motivaciones y obsesiones mentales de un asesino serial.

El problema es que la violencia en sí ya no nos impresiona, si así fuera, cualquier nota roja sería un éxito literario; creo que allí radicaba el gran reto para Carlos, en que “Los Mártires…” no se convirtiera en una nota policíaca de gaceta barata; en no tratar a la historia como un thriller más equivalente a las series de criminales que transmiten por cable.

Lo primero que el autor nos invita a descubrir, no es tanto quién será el asesino, si no en qué sucederá con ese Desiderio Grajales tan falso, que intenta que creamos su espíritu heróico y su vida perfecta metrosexual, su pulcritud de niño bien; sobre todo porque cuando más perfecto se nos presenta algo, más se nos antoja la posibilidad de que sea corrrompido.

Aunado a todo esto, la fluidez de la prosa, las atinadas descripciones cargadas de crueldad, la presición estructural y la técnica con que Carlos trabaja los rasgos más desagradables y retorcidos de la condición humana hacen de este libro una pieza por demás interesante, difícil de resistir para cualquier lector, por decente que sea.

Texto leído durante la presentación del libro en Mérida, Yucatán, el 18 de mayo de 2007.

Los mártires del Freeway

por Ignacio Trejo Fuentes

Carlos Martín Briceño es uno de esos frecuentes casos de escritores que, por vivir en la provincia, parecen no existir pese a haber publicado más de un par de libros notables: por las razones que sean, y sobre todo por la enorme distancia, poco, casi nada, sabemos de ellos. Este autor nació en Mérida, Yucatán, en 1966, y ahora entrega un volumen de cuentos que vale la pena conocer.

En Los mártires del freeway y otras historias reúne piezas uniformadas por la violencia; en la mayoría de ellas tal carga permanece latente, pero dispuesta a desatarse en cualquier momento. Hay indudables asomos de locura, incestos, amores entre viejos y jóvenes, homosexualidad y mucha muerte.

Además, Martín Briceño cuida correctamente sus mecanismos narrativos, el lenguaje, arriesga con la peligrosa imbricación de lo onírico y lo concreto y por eso sus textos capturan la atención desde el principio y se sostienen.

Sagazmente, el autor rinde homenaje a sus referentes preferidos, como Dostoievsky y Cortázar.

Muchos de sus cuentos se ubican en el entorno de Briceño, Mérida y sus alrededores, y nos descubren que cada espacio esconde sucesos truculentos que bien vale la pena conocer. Supongo que sus lectores locales se deben escandalizar por hallarse retratados de una u otra forma, por saber que a su alrededor se mueve tanta desolación y podredumbre; en ese sentido, el escritor debe considerarse un testigo privilegiado que no se arredra ante la posible mojigatería y comprueba que en todas partes se cuecen ricas habas.

Si los cuentos valen mucho la pena, hay que destacar el texto largo que da título al volumen. Cuenta la comisión de una serie de asesinatos de homosexuales en Mérida, que conmocionan a la comunidad porque tienen el sello de un asesino serial. Las víctimas, casi siempre hombres muy jóvenes, son martirizadas y despojadas de uno de sus ojos, y luego tiradas en las inmediaciones de una iglesia. En el caso interviene un criminólogo asimismo joven que estudió en otra parte y pretende poner sus conocimientos al servicio del esclarecimiento de los crímenes, pero se topa con la estupidez y los vicios de la policía local. En sus pesquisas el detective se involucra con los homosexuales de Mérida, frecuenta sus lugares de reunión, intima con algunos, y en esas andanzas descubre sordideces al pormayor y nos envuelve en una atmósfera pesada y asfixiante. Mientras investiga suceden otros crímenes, y debido a eso la tensión crece y nos mantiene en vilo. Por supuesto me abstengo de contar el final de esta historia, mas puedo asegurar que su resolución es muy buena.

Qué bueno que gracias a la Editorial Ficticia podamos conocer el trabajo de Carlos Martín Briceño y de otros autores de provincia tan buenos como hay.

Este es un magnífico botón de muestra, y sería magnífico que el yucateco nos acercara al resto de su trabajo, el que, si tiene las cualidades del que he leído, no tiene por qué mantenerse como si no existiera.

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Al final de la vigilia: Carlos Martín Briceño.

(La Cultura a en México).

Rafael Ramírez Heredia

Carlos Martín Briceño es un escritor que desde Mérida Yucatán deja oír fuerte su voz. Cargando el lastre del centralismo, Martín se afana en vivir para la literatura y las pruebas se determinan en su permanente trabajo en los talleres, en sus lecturas, en su férrea voluntad de escribir, en su entrega a la narrativa.

Sus textos han aparecido en revistas literarias, en suplementos, y ha publicado dos breves colecciones de cuentos titulados: Silencio de polvo, y, Después del aguacero.

Hace unos meses, publicada por Dante, osada editorial del sureste, salió otra colección de relatos cuyo título es Al final de la vigilia, donde el autor yucateco reúne catorce textos breves, algunos muy breves, pero que constituyen un botón del camino que ya tiene recorrido este joven escritor yucateco, que como otros que viven en el norte del país, o en las costas, o en el centro, sin arredrarse por las circunstancias, ponen su sello en las páginas de la literatura mexicana.

Miembro de una batalladora generación de creadores yucatecos, Carlos Martín Briceño, trazo a trazo, letras a letras ha ido consolidando su carrera, la mejor prueba es Al final de la vigilia, libro sin concesiones. Sus temas y las maneras de abordarlos presentan a un escritor que no se pliega a las buenas conciencias provinciales sino se bate contra el perfil de hombres y mujeres, de pasiones y dolores, de amores y desencuentros, ese girar de sentimientos y acciones de que está poblado el mundo externo y el propio del escritor, El universo narrativo de Martín avanza por una bien entendida modernidad literaria, utiliza fórmulas acordes al texto y sus personajes; va desde el uso de la primera persona al alter ego, del género epistolar al flujo de conciencia a los pasajes retrospectivos y demás elementos de la literatura del tercer siglo, y nos muestra a un escritor que no se refugia en las nostalgias, sino que trabaja en su actual entorno usando recursos propios de quien de esto sabe.



Entrevista a Carlos Martín Briceño

Desiderio Grajales es un policía judicial mexicano que estudió derecho y luego criminología en Los Ángeles. Advertido por su comandante de que en México los “asesinatos se descubren en las cantinas, repartiendo madrazos y no con análisis pendejos”, a Grajales le es asignado el caso de “los muertos de los atrios”. Un asesino serial de homosexuales anda suelto y Desiderio Grajales, al descubrir la realidad del multihomicida, no hace sino ver la suya, desnuda y sin caretas.

Así va presentando los sucesos Carlos Martín Briceño en “Los mártires del freeway”, una pequeña novela policíaca, acompañada de 13 cuentos, que circula bajo el nombre de Los mártires del freeway y otras historias (Ficticia / Instituto de Cultura de Yucatán). En esta obra, el autor yucateco nacido en 1966, en Mérida, ahonda en la geografía del deseo, sus placeres, insatisfacciones, culpas, alivios, actitudes psicóticas y soledades.

Lector de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle, Carlos Martín Briceño reconoce que el relato policíaco no es sencillo de escribir, pues, dice, tiene sus reglas que deben respetarse.

-Chesterton decía que el cuento policiaco no es más que un juego, pero un juego donde el lector no juega contra el criminal sino contra el autor. El lector es el que lucha contra el autor para descubrir primero quién es el asesino.

-El propio Desiderio, el policía judicial de “Los mártires del freeway”, es un lector de Agatha Christie.

-Sí, es un lector obsesivo de novelas policíacas. Lee un poco lo que yo leía de adolescente.

-Por momentos, con “Los mártires del freeway” no se sabe si se está leyendo un relato de ficción o los sucesos descritos en la nota roja.

-Hace cosa de cuatro o cinco años en Mérida hubo una serie de asesinatos de prostitutos. Fueron varios casos en los que alguien recogía a los prostitutos y terminaba siendo asesinado por ellos. Muchos de los que murieron eran gente respetable: un doctor, un ingeniero… Gente que tenía una doble vida y que murió en este juego de recoger a prostitutos. Así que en “Los mártires del freeway”, aunque nunca menciono la ciudad, la historia transcurre en Mérida. Se trata de un asesino en serie que es descubierto por un policía que también está lleno de horrores internos.

-Incluso Desiderio reconoce en él ciertos gustos que se negaba a dar por ciertos.

-Sí, Desiderio sabe que haber descubierto al asesino significa, al mismo tiempo, terminar el proceso de su propio descubrimiento.

-En varios momentos la historia permite ver cómo la sociedad vive sumergida en una doble moral.

-Más allá del cuento policíaco, este libro me ha permitido narrar una ciudad, como muchas, con una doble moral. Una ciudad donde todo puede suceder cuando cae la noche. Nosotros seguimos pensando que en México muchas ciudades en los estados son muy tranquilas, como en varias partes de Europa, pero no, aquí hay una violencia soterrada. Por eso el cuento policiaco es difícil, porque la realidad ha superado a la ficción, especialmente en México. Recuerdo el caso de un hombre que raptó a un niño de seis meses, lo llevó a un motel, lo violó, lo torturó y lo quemó. Cuando le preguntaron, después de atraparlo, por qué lo había hecho, simplemente dijo: “Por- que se me antojó.” Eso es casi insuperable en un relato de ficción.

-Uno de los personajes de su novela sufre abuso sexual por parte del padre. Se refugia en la iglesia para tratar de escapar de los ataques de su progenitor. Sin embargo, ahí padece de la misma clase de abusos de los que pretendía huir.

-Ahí está el caso del padre [Marcial] Maciel, que tuvo la desfachatez de querer ser canonizado, o el más reciente en el que está involucrado el cardenal. No es ficción. Es pura realidad. La iglesia sigue empecinada en defender a todos estos sacerdotes que, lejos de aceptar su culpa, la justifican y hacen como el avestruz: ocultan la cabeza bajo la tierra para simular que no ha sucedido nada.

-¿Qué tan cerca está Desiderio de ser un héroe? Él piensa eso de sí mismo.

-Nunca ha sido un héroe. Es más bien un fracasado lleno de demonios internos, de dudas. Lo sabe. Pero cree que descubriendo al asesino podrá liberarse de todo lo que lo ha atormentado en su vida. Y sucede, como hemos dicho, todo lo contrario.

-Tal vez no puede ser un héroe porque la forma de hacer justicia en México no lo permite.

-La noveleta lo dice: el 75 por ciento de los judiciales ha robado o ha asesinado. La mayoría de los grandes delitos en México son cometidos por gente que está o ha sido parte de la policía. ¿En manos de quién estamos? La policía judicial es una escuela de gamberros. Por eso cuando la gente tiene un problema no denuncia. Sabe que le saldrá el tiro por la culata. Y eso no lo acabará ni el PAN, ni el PRI, ni el PRD.

-¿Qué le deja, como autor, esta incursión en el relato policiaco?

-Me deja la certeza de que la novela policíaca no ha muerto y nunca va a morir. A la gente le gusta que le cuenten cosas y, conforme va avanzando el relato, le gusta descubrir al asesino. A la gente le gusta jugar a ser detective. Se sale de su realidad y se mete en el texto. Si ahora mismo yo te digo: “Mira, Juan José, hay un tesoro en tal lugar y aquí están las indicaciones para llegar a él”, aunque sepas que es mentira seguro irás a buscarlo porque tu curiosidad es mayor. Eso es la novela policíaca: la gente va en pos de un descubrimiento final. Por eso Agatha Christie sigue vendiendo tanto a pesar de que, aunque hay algunos buenos, la mayoría de sus libros son malísimos.

-¿Ha encontrado cierta característica común en varios detectives de novela policíaca?

-Justo pensaba en ello hace unos días. La mayoría de los detectives de novelas y cuentos policíacos son personajes solitarios, sin familia, están atormentados por algo, están obsesionados por descubrir cosas, son personajes que no tienen su sexualidad completamente definida: no saben si les gustan los hombres, las mujeres o los trenes. Nunca aparecen con nadie. La característica del detective de novela policíaca es que su vida va centrada en el descubrimiento del asesino. Todo lo demás no le importa.

-¿Son la realidad y el erotismo el eje que guía los 14 textos del libro?

-Sí. Con este libro trato de demostrar que el erotismo sigue moviendo al mundo. Porque detrás de situaciones aparentemente normales, con familias aparentemente normales, siempre hay deseos soterrados que nadie se atreve a soltar.

Reseña publicada en el periódico El Financiero el 5 de enero de 2007.

Contáctame: cmartinbri@hotmail.com


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