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PISO 17

Para Patricia Garma Montes de Oca

 

Con el primer, sorbo el capuchino que acaban de servirte se amarga en tu boca. Ricardo no te había ahorrado ningún dolor:

—Acabo de verla salir del motel Venecia, iba con su jefe, en el Audi del tipo.

Con el pinche sarcasmo de siempre al que llama sinceridad, dio la estocada final a tu relación. Puta madre. Ahora entiendes los pretextos de Irene, sus malos humores, las frecuentes llamadas telefónicas con la madre a altas horas de la noche, los llantos irracionales, sus largos silencios, la causa de tanto rechazo.

¿Cómo fuiste tan pendejo?

Ya era extraño que en esa compañía publicitaria, en la que sólo la emplearon por ti, se interesaran tan pronto en promoverla. Quisieras largarte, pero en lugar de inventar una excusa, tienes que fingir interés en los comentarios de tus colaboradores, ahora entusiasmados por la aprobación del contrato con los hoteleros españoles —ni modo que arruines su festejo.

Lo que son las cosas, la llamada de Madrid, paradójicamente, la recibiste al mismo tiempo que la de Ricardo.

—¿Estás ocupado?

—Tengo una larga distancia en la otra línea, ¿qué quieres?

—Dime una cosa: ¿tienes problemas con Irene?

—¿Por qué preguntas eso?

—¿Tienes problemas o no?

La respuesta se trabó en tu garganta. Otra vez ese zumbido que aparece cuando estás bajo presión, otra vez.

Su jefe. Hija de la chingada. ¿Cómo no lo sospechaste? Nunca se trató de viajes de estudio, ni fue a negociar la franquicia a Cancún, ni existió un congreso en el World Trade Center. Si no fueras tan confiado, algo más hubieras hecho en vez de las carísimas consultas en pareja con el psicoterapeuta.

¿Será cierto lo que se cuenta de los adúlteros europeos? ¿Que son capaces de salir con la esposa y el rival como si fueran viejos amigos? ¿Serán tan pendejos? Pensar que dos meses atrás le permitiste redecorar las oficinas.

—No sabes cuanto te lo agradezco, amor, esta inactividad me está matando.

La caravana policroma de pequeñísimos automóviles, el jaspeado de los techos en los edificios aledaños, esa mancha verde que se divisa a lo lejos.

—Una panorámica estupenda, querido.

Los detalles, cada elemento que ella misma colocó para impresionar a tus clientes: reproducciones de Rothko, cactos en macetones de barro, el sepia de los muebles de piel. ¿A quién coño puede importar ahora el exclusivo paisaje que ofrece este ventanal desde el piso diecisiete?

El aroma del café se esparce enla sala. Através del vaho de calor que despide el líquido, observas a tus compañeros: figuras lejanas moviéndose en una dimensión diferente ala tuya. Risas, apretones de mano, palmadas enla espalda. Losenvidias.

¿A alguno le habrá puesto también su mujer el cuerno? ¿Se podrá vivir después de esto?

El canela penetrante del capuchino —la bebida favorita de la hija de puta—, el dulzor del Hennessy, colocado enmedio de la mesa, el golpe del Cohiba que alguien enciende. Todo irrita tus sentidos. Y luego están tus socios y sus pueriles festejos. Un convenio de medio millón de euros, libres de polvo y paja, no se obtiene todos los días.

Jalas aire, das un nuevo sorbo a tu bebida.

Desde la llamada de Ricardo no has podido librarte de ese molesto zumbar. En casa, la sirvienta ha dicho que Irene salió desde la tarde.

—No se preocupe señor, el niño está dormido —añadió como si el sueño del pequeño fuese garantía de tranquilidad, empleando ese tono seguro y servil que utilizan los criados que se creen eficientes cuando contestan el teléfono y te pone de tan mal humor.

Lociones, granos de café, tabaco. Entre tantas fragancias llega a tu olfato un aroma parecido al Dolce & Gabbana de Irene. De golpe, igual que si la puerta de una habitación iluminada se abriera ante tus ojos, te la figuras desnuda en la cama del Venecia, a horcajadas encima del otro. Ojos cerrados, boca semiabierta, el cuerpo en movimiento.

—Porque así, amor, puedo controlar el orgasmo a mi gusto.

Absorta en ese vaivén irrefrenable, igual que hacía dos semanas contigo, cuando te la cogiste por última vez en el jacuzzi con vista al mar de aquel hotel enla Riviera Maya.

—Váyanse de viaje, necesitan redescubrir su relación —había recomendado el psicoterapeuta. Imbécil. ¿Por qué no hiciste caso a las advertencias de Ricardo?

—Ándate con pies de plomo, hay mujeres para todo y no estoy seguro de que Irene sea una vieja para tomar en serio.

¿Por qué aceptaste que viniera ella a vivir contigo? ¿Por qué, peor, toleraste lo del hijo?

—Las mujeres son animales difíciles, te pasas de pendejo con Irene, no te vayas a llevar un susto.

 

—¿Un coñac, arquitecto?

Qué ibas a hacer. Así te educaron. Consentir a tus hembras, cumplirles sus caprichos, llevarlas a buenos sitios. Presumirlas. Hasta que, harto de ellas, las dejabas poco a poco.

Con Irene las cosas habían sido un poco distintas. La noche en que inauguraron las oficinas de la constructora y cruzaron las primeras palabras, notaste que era una mujer peligrosa, del tipo que atrae a cualquiera. Una mujer, bienla definiría Ricardo, en celo permanente. La galanteaste con sagacidad y, aun presintiendo que ese privilegio algún día te costaría, al amanecer, el recuerdo de lo que su boca te hizo sentir, definió tu elección.

Así comenzó y no te detuviste ni conla preñez. Ycuando nació el hijo, teniéndolo todo, comenzó a inquietarse, a dar signos de intranquilidad, hastiada de su dócil papel de madre y ama de casa. Entonces te vino con el cuento de que necesitaba “superarse” profesionalmente.

—Me fastidia estar encerrada, sola.

Hija dela chingada. Lopeor es saber que a partir de ahora, a tus cuarenta y dos, te han dado una lección que no esperabas. Putísima madre. ¡Cuando los demás se enteren! ¿Por qué no escuchaste a Ricardo?

—Que si quiere un cogñac, arquitecto.

Aceptas, necesitas el trago. Brindas por el éxito de la empresa y enseguida pides otro. El licor te anima, pero al mismo tiempo te entristece. ¿Y si nada de esto fuera cierto? ¿No podría tratarse de una equivocación? Es probable, hay cientos de Audis circulando por la ciudad, Ricardo pudo haberse confundido, la ciudad ha crecido tanto, quizá fue una mujer parecida, tratas en vano de justificarte. Pides otra copa. Alguien pregunta si crees en la suerte y, aunque tiene ganas de levantarte y romperle la boca al pendejo ese que sólo pregunta estupideces, mientras maldices la tuya, contestas cualquier cosa, ecuánime, seguro de ti mismo, como corresponde al director de este despacho.

Das un sorbo a tu tercer coñac. Fijas la mirada en el ventanal y caes en la cuenta de que, a pesar de la claridad de la tarde, algunos automóviles circulan ya con las luces encendidas. Ya va a ser hora de irse. Piensas en tus padres, en el hijo, en Irene, ¡esa puta que ha estado viéndote la cara!

¿Desde cuándo comenzaría? ¿Cuántas veces se la habrán cogido? ¡Cómo pudiste ser tan estúpido! En Ricardo, el cabrón que con su mala leche lo descubrió todo y que está esperándote para contártelo al detalle.

—No vayas directo a reclamarle, te veo en el bar del Hilton a las siete.

¿Se lo habrá dicho a alguien más? ¿Sería capaz? ¿Por qué nunca sospechaste nada? ¿Estará ella todavía en el Venecia? Coño, ni siquiera han pasado diez días desde el viaje ala Riviera,

—Porque así, amor, puedo controlar el orgasmo a mi gusto.

¡Chingada madre! ¿Le dirá lo mismo al otro? ¿Usará las mismas frases? Qué mal conoces a las mujeres, pero sobre todo, cuánto ignoras acerca de la tuya, pues ahora, a pesar de lo mal que te sientes, antes de tomar cualquier decisión hablarás con Irene, necesitas conocer porqué se enredó con ese cabrón, tienes que saber hasta dónde ha sido capaz de llevar esta farsa. Sin poder evitarlo, sientes la tristeza subir y los ojos comienzan a humedecerse; necesitas salir de este encierro.

En tu prisa por alcanzar la puerta tiras un vaso que se estrella contra el piso de mármol. Crees sentir las miradas de todos. ¿Te observan? De soslayo algunos, otros abiertamente, mas nadie se atreve a preguntar nada. Sólo aciertas a disculparte y seguir hacia la puerta, con ardor en los ojos y un esfuerzo en los labios que pretende ser sonrisa.

Dice el escritor Juan Domingo Argüelles que leer no sirve para nada, que sólo quita tiempo para hacer cosas importantes en la vida. Como hacer dinero, por ejemplo.

Y en cierto sentido, Juan Domingo tiene razón. ¿Para qué leer si nadie nos va a pagar un peso por esta actividad solitaria? Que yo sepa, ninguna empresa privada o gubernamental acostumbra aumentar el sueldo a sus empleados por libro leído. Tampoco las universidades premian a sus profesores por cantidad de novelas, poemas o ensayos degustados. La lectura, desafortunadamente, sigue siendo un placer individual incomprendido. Uno de los pocos placeres que no dependen de los demás.

 

“Diviértete leyendo” reza el eslogan de la campaña “Leer para aprender” que el Consejo de la Comunicación puso en marcha en toda la república, hace ya varios meses, a través de los medios electrónicos. Esta cruzada, dicen sus creadores, “está dirigida a toda la sociedad mexicana, pero principalmente a padres de familia con niños entre 6 y 12 años, invitándolos (sic) a leer por lo menos veinte minutos al día con sus hijos”. Tatiana, El Místico, Jordi Rosado, Íngrid Coronado, Fernando del Solar, los integrantes de OV7 y otras “personalidades” de la farándula mexicana comparten su testimonio de cómo la lectura les ha ayudado a ser mejores personas y mejores profesionistas. No creo, sinceramente, que ninguno de ellos tenga a la lectura como hábito cotidiano, pero sus mánagers deben estar más que satisfechos de haberlos colocado en esta campaña, pues a raíz del desatino cometido por Enrique Peña Nieto en la pasada Feria del Libro de Guadalajara, donde no pudo mencionar siquiera tres nombres de libros con sus autores que hayan cambiado su vida, últimamente no se habla de otra cosa que de las bondades de la lectura.

¿Traerá algo bueno esta circunstancia? ¿Se pondrá de moda leer? ¿Correrán ahora los políticos y empresarios mexicanos a la librería más cercana a comprar la última novela de Carlos Fuentes, algún volumen de Monsiváis o las obras completas de Octavio Paz? No estoy tan seguro. Cuando mucho aprenderán de memoria el nombre de una decena de buenas obras para tenerlas a la mano y evitar que algún reportero advenedizo los haga caer en la misma trampa de la que aún no sale el flamante candidato del PRI a la presidencia.

 

A favor de la patria

Ahora bien, poniéndonos un rato en lugar del Caído, el que un presidente sea cultivado no garantiza una buena actuación a favor de su patria. José López Portillo, sólo por mencionar alguno, fue un político de enorme cultura, con hábitos de lectura sólidos (incluso escribió varios libros de ficción) y su desempeño al frente del país fue verdaderamente desastroso.

No hay que confundirse: leer no va a contribuir a hacer de los mexicanos buenos gobernantes o sagaces empresarios, tampoco va a transformar sustancialmente el modo de vida de quienes acostumbren hacerlo, pero sí garantiza que las personas asiduas adquieran un criterio más amplio, que conozcan nuevos mundos a través de la mirada de otros, que dimensionen humanamente los problemas y que obtengan elementos intelectuales para reaccionar ante situaciones adversas. Y eso, precisamente, es lo que le hace falta a políticos de la clase de Enrique Peña Nieto.

Cada vez que aparece un nuevo libro de poesía uno celebra. La poesía,  género desdeñado por las editoriales, parece andar siempre a ciegas pues para existir tiene que hallar al lector que vibre, al ser humano capaz de comulgar con el poema y dejarse llevar por la seducción de la metáfora. Ya lo dijo el chileno Gonzalo Rojas, que la poesía es “aire, un aire, un aire nuevo, no para respirarlo, sino para vivirlo, un ejercicio respiratorio que intenta la libertad, la vivacidad”.

      Por eso celebro haber sido invitado a este convite a dar fe de la aparición de La música, el nuevo libro del escritor Eusebio Ruvalcaba, a quien me une, además de una gran amistad, la devoción por la palabra literaria.

      Este poemario, construido sobre las bases de la armonía de las notas del pentagrama, tiene, además, para mí una significación especial, pues debo confesar que fue la música, antes que la literatura, la que me hermanó con Eusebio Ruvalcaba. Hará de esto unos nueve años, cuando recién comenzaba yo a publicar y la revista mexiquense, Molino de letras, incluyó uno de mis cuentos entre sus páginas. El texto versaba sobre un menáge a trois entre una madre, su hija adolescente y una seductora pianista. Mazurcas de Chopin, rapsodias de Liszt y las gimnopedias de Satie envolvían su deseo. Eusebio, identificado por el espíritu musical del relato, pidió a un amigo común que lo pusiera en contacto con el autor.

       Entonces yo creía saber bastante del maestro Ruvalcaba. Había leído parte de su obra y solía buscarlo en las páginas de El Financiero, en la sección cultural que hasta la fecha, dirige su compañero de escaramuzas intelectuales, el yucateco Víctor Roura. Lo que supe luego era que, además de la literatura, Eusebio tenía en la música el eje axiomático de su existencia. Y así lo confiesa en su poema:

      Más allá del infierno de Dante:

Como todos los hombres/ he sufrido pesadillas terribles. / Pero la número uno, / es aquella en la que se me privaba/ del sentido del oído.

       En esa primera conversación descubrí que estaba ante un escritor singularísimo, un hombre sin prejuicios cuyo discurso, libre de poses y  cartabones pseudo intelectuales, era capaz de generar en sus interlocutores, la misma empatía que provoca en sus lectores. Un escritor que, a pesar de ser uno de los  narradores más capaces y prolíficos del país, como si renegara de su probo oficio, se atreve de afirmar en el epígrafe del libro que ahora nos ocupa que:  (Yo) hubiera querido ser músico. Pero no está en las manos de nadie cruzar a nado el Canal de Suez.

        Ahora, como siempre, Ruvalcaba no se pliega a las buenas costumbres, menos a la hora de versificar, aunque sus versos, que transitan entre lo nostálgico y lo descriptivo, – hay que decirlo- estén orquestados con una altura lírica envidiable.

          He aprendido a deletrear tu nombre a golpes/ de mazo. Has forjado mi alma como el herrero/ la espada. No tenía nada de que asirme. La vida/ giraba en volutas y yo me pulverizaba en ellas.

       La música, el libro que da motivo a esta noche de fiesta, cuidadosa y hermosamente editado por “Unas letras, industria editorial”, es un trabajo trascendente por muchas razones.

        En Galería, por ejemplo, la primera de sus tres partes, Eusebio, con habilidad ruvalcabiana, nos guía como el Virgilio de Dante, a los infiernos de los grandes autores. Son célebres la sordera de Beethoven o la tuberculosis de Chopin, pero saber que una amiga íntima de Mussorgsky se suicidó arrojándose al Neva, o que Carlos Luyando tenía en su casa una foto dedicada de Stravinski, constituye una aportación para comprenderlos. Sucede, pues, con La Música, lo mismo que con aquellos antiguos libros de viaje que eran un tesoro para sus descubridores.

       Por otra parte, Ruvalcaba confirma con ésta, su publicación más reciente, que pertenece a la sabia estirpe de aquellos que pueden transitar con naturalidad la senda del verso a la prosa y viceversa.

          Te he escuchado tocar Chopin/ y es como si me refrescara el rocío/ de la mañana. / Su música te hace suya. / Los Nocturnos y los Preludios/ te llevan de la mano por regiones ignotas, / umbrías como sombras entrelazadas. / Como la prosa fecunda de Conrad. / Es como si Chopin fuera tu padre. / O tu amante.

    (Hasta aquí, el poema  Carta a una pianista que sólo toca Chopin)

     Hay en este libro pasajes especialmente significativos. Los versos dedicados a Higinio Ruvalcaba, el insigne violinista que tuvo en Mérida su segunda tierra, además de saldar con creces la deuda del padre con el hijo, se adentran en una cuestión metafísica que no oculta el desasosiego y el dolor intermitente de la ausencia.

      Anoche se me apareció mi padre. / Tiene más de treinta años de muerto/ y se me apareció anoche. Venía de traje, con su chaleco guinda y su boina azul. / Venía de buenas. Traía su violín/ en la mano, y en la otra las llaves/ del coche. Venía de buenas porque/ sonreía. Sonreía como un corderito.

        Mención aparte merecen los Jirones de música ruvalcabianos, 61 poemínimos que dan cuenta de la admiración que Eusebio dispensa a otro tanto igual de personajes musicales de la historia.

       Silvestre Revueltas

      Un día pasó una banda por su pueblo, / y se quedó bizco del pasmo. / Se dice que estropeó una tina de tanto/ golpe que le dio por imitar al tambor.

       Liszt

     Nadie, ningún otro toca como él. Es único. / Comentaban a sus espaldas. Entonces/ él se admiraba en el espejo y comprobaba su belleza. / Al morir una verruga le afeó la cara.

     Smetana

  Alguna vez perdió sus juguetes/ en el Moldavia. Murió sordo, / con un sonido persistente, tenaz, / en el oído. Como el aullido del perro.              

        Deseando suerte al libro para que encuentre entre ustedes a sus lectores, brindo y termino mi intervención con palabras de Eusebio tomadas de una entrevista reciente.

    Si en el momento del tránsito entre la vida y la muerte me preguntaran qué prefiero entre leer un canto de Dante o escuchar una sonata de Beethoven, me quedo con la sonata, porque tengo mucho de animal”.

 *Texto leído por el autor durante la presentación del  libro  “La música”, de Eusebio Ruvalcaba, el pasado 15 de Noviembre en Mérida Yucatán, durante la presentación del libro, con la presencia del autor.

Mis hijos difícilmente sabrán con certeza quien fue Lela Oxkutzcaba. Tampoco llamarán a ninguno de sus amigos con los motes del Chereque o Totoyo.  Ahora menos que el creador de estos personajes ya no está entre nosotros.

     Los llevé  –claro que lo hice – alguna vez al teatro Pedrito.  Hará unos tres años y daban, si mal no recuerdo, la obra “Pizot y la Ninia Amaría”. Era la reinauguración (una de tantas) del recinto y el sitio estaba totalmente lleno – más de adultos que de niños, debo decirlo – que se desternillaban de la risa con las ocurrencias de los títeres.  Mi mujer,  quien siempre comentó orgullosa que su primera oportunidad como actriz se la brindó Don Wilberth en “El Milagro de Milagritos”, se emocionó hasta las lágrimas cuando, al término de la función, el director agradeció públicamente su presencia.  Así de generoso era el maestro.

     La obra, protagonizada por Lela Félix y Chereque Infante, era una parodia de la   famosa película “Tizoc”, de Ismael Rodríguez  Ese domingo del 2009, cómo olvidarlo, durante el tiempo que duró la función volví a mi  adolescencia, al tiempo en que “Titeradas” era parte de mi vida, a la época en que no había yucateco que se perdiera el programa en la televisión local. El canal 13, estoy seguro, debió haber  vivido en los ocho años que duró el show de los títeres al aire (de 1987 a 1995) los mejores ratings de su historia.

    Y no era para menos. Los personajes de Wilberth Herrera, queridos y admirados por el público, retrataban con agudeza eso que se ha dado en llamar “el modo de ser del yucateco”. Su musa e inspiradora, la graciosa e irreverente mestiza Lela Oxkutzcaba, era parte fundamental del éxito de “Titeradas”. No menos importante fue el resto de su elenco: El Chereque, gato enamorado eternamente de Lela, La tía Venus, Idiotina, Butaque, Doña Mireya, Totoyo o Don Mex. Todos ellos mostraban, con enorme acierto, alguna característica del yucateco.

     Lo triste de aquella mañana en el teatro Pedrito fue que, mientras mi esposa y yo gozábamos la función, mis hijos apenas lograron conectarse con la trama de la historia. Sus miradas no revelaban el asombro que yo hubiera esperado. Parecían lejanos a todo cuanto en el escenario sucedía. Salí de allí con la sensación de haber presenciado una más de las tradiciones que la globalización colocaba en su larga lista de víctimas.

           Dice Shakespeare que los hombres estamos hechos de la misma sustancia que los sueños. Si esto es cierto, ¿de qué materia estarán hechos los títeres de Wilberth Herrera? ¿Acaso nos atraen porque reflejan un modo de vivir que cada vez va siendo menos el nuestro? El tardío Premio Nacional de las Ciencias y las Artes que se le iba a entregar a Wilberth Herrera era sólo un minúsculo reconocimiento a su titánica labor por preservar una tradición que no debe desaparecer. A sus descendientes, autoridades culturales y meridanos nos toca preservarla. Quizá esta sea la mejor manera de homenajear al maestro. Hago votos porque así sea.

Mea Culpa

Convencido de que la alternancia partidista es benéfica para cualquier sociedad democrática, voté por las dos. Nunca me gustaron del todo sus discursos, pero  reconozco que hicieron una mejor labor de campaña que sus contrincantes. Una labor artificial, pero bastante cercana al pueblo que las elegiría. En aquel momento, estaba seguro de que todo el que hablaba en su contra, lo único que pretendía era perpetuar en el poder al partido del cambio.

 ¿Por qué no darles una segunda oportunidad?, recuerdo haberme preguntado. Y aunque muchos me lo advirtieron, no cambié de opinión. Pasado el tiempo, debo reconocer que me equivoqué. Nada más asumir sus puestos, las dos – gobernadora y alcaldesa – mostraron su verdadero rostro.

A la par de sus transformaciones físicas, la metamorfosis mental de Ivonne Ortega es escandalosa. Aquella mujer sencilla que se ganó al electorado yucateco con un discurso en el que exaltaba sus orígenes humildes y su compromiso  con las clases menos favorecidas, se ha convertido en una auténtica vedette de la política. Poco le importa lo que suceda a su alrededor. No le preocupa que la gente exija explicaciones por los desvíos del erario público ni que la prensa nacional critique sus fastuosas “primeras piedras” de infraestructura inexistente. Lo único que le quita el sueño es permanecer en el candelero de la política nacional. Y si para ello debe ser testigo de la boda de Galilea Montijo  o pagarle una suma millonaria a televisa para que grabe uno más de sus programas-basura en el estado, lo hará. El caso es tener rating suficiente para figurar, año con año, entre los “líderes” mexicanos elegidos por las revistas de moda.

En cuanto a la alcaldesa, hay que decirlo: la alumna supera a la maestra. No conforme con haber desaparecido violentamente las áreas verdes que rodeaban la mal llamada Glorieta de la Paz, y luego de haber incumplido su promesa de construir un parque central en el terreno donde se llevó a cabo el polémico concierto de Shakira, ahora la alcaldesa  ha dado su autorización para destruir en la colonia Nuevo Yucatán –muy cerca de donde ella vive – una vasta zona verde sembrada de árboles endémicos, fomentada y cuidada desde hace más de veinte años por los habitantes de dicha zona.

“Única en su tipo porque tendrá clima artificial con área de cafetería, vestidores, baños, cafetería, canchas y…áreas verdes”, así es como califica Rubén Valdez Ceh, Director de Desarrollo Urbano del Ayuntamiento, la unidad deportiva que ocupará el lugar de este original pulmón del oriente de Mérida, y en la cual, apunta el funcionario, “se invertirán 25  millones de pesos”.

 “No se quedarán sin árboles, que es la principal preocupación de los vecinos”, expresó la alcaldesa.

 ¿Cuál será la principal preocupación de la arquitecta?, me pregunto. ¿No se supone que debería escuchar las demandas de la gente que la eligió? ¿Acaso nunca ha visto a sus vecinos cercanos trotar, hacer ejercicio o simplemente descansar al amparo de los maculís y los flamboyanes que abundan en el terreno en cuestión?

       ¿Por qué será tan difícil hacerles entender a nuestras autoridades que ya no pueden actuar con la arbitrariedad de antaño?  Lo peor es que en los dos niveles de gobierno sólo hay oídos sordos.

Como muchos votantes, estoy arrepentido de mi decisión.  Democracia, desgraciadamente, no es sinónimo de libertad y el hecho de que una mayoría pueda elegir al gobierno no es garantía suficiente si no se respetan los derechos individuales y de las minorías.

Dictadura disfrazada de democracia. Esto es lo que nos espera si no razonamos muy bien nuestro voto. Adolfo Hitler y Hugo Chávez, sólo por mencionar a algunos, fueron elegidos democráticamente.

En las próximas elecciones, dividamos el poder: un partido en el congreso y otro en el ejecutivo. Digamos no al “carro completo”. Es la única manera de asegurar que los políticos se vigilen unos a otros. Mientras tanto, alcemos la voz cada vez que alguna de sus acciones nos indigne. Por fortuna, en Yucatán el ciudadano común aún no corre demasiado riesgo por tomar sus propias decisiones. ¿Será?

                 Para A.M., en sus 70 años de vida

Fue gracias a (o por culpa de) Agustín Monsreal que decidí incursionar en el sinuoso camino del cuento. Iba a cumplir 30 años y aún no había publicado absolutamente nada cuando me inscribí en el taller de narrativa que el maestro impartió en Mérida en el año de 1997.  Cada fin de mes, Agustín “hacía viaje” (como decimos los yucatecos) desde la capital para escuchar y comentar pacientemente los textos de los que, entonces, aspirábamos a hacer literatura de nuestra cotidianidad.

Roberto Azcorra, Carmen Simón, Reyna Echeverría, Carolina Luna, Lourdes Cabrera, Jorge Lara, Celia Pedrero y otros cuyos nombres se me escapan a la memoria, esperábamos ansiosos la visita del maestro para robarle algo de su sabiduría.

Irónico, pero a la vez amable; exigente, pero a la vez generoso, Agustín nunca tuvo empacho en regalarnos en cada una de sus clases, eso que otros han dado en llamar “las claves de su intelecto”.

Fiel al género que eligió, Agustín no ha cedido a los embates de la moda editorial que dicta que todo cuentista debe “evolucionar” en algún momento a la novela. En este sentido, Monsreal se ha vuelto una referencia obligada para los que escribimos relatos, un ejemplo de que en literatura, la única manera de trascender es permanecer fiel a aquello en lo que uno cree.

Conocí a Álvaro Ancona hace más de ocho años, en un diplomado literario que se impartió en el desaparecido Instituto de Ciencias Sociales de Mérida, y adonde recalamos una decena de amantes tardíos de las letras. La nómina de maestros, cómo olvidarlo, era de lujo: Sara Poot Herrera, Elena Poniatowska, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Eduardo Antonio Parra, Edith Negrín,Jorge Laray otros que no me vienen a la cabeza, no por menos importantes, sino porque después de los cuarenta, la memoria comienza a volverse escurridiza. Entonces Álvaro ya era un autor conocido: había publicado algunos libros y obtenido el premio estatal de novela 1997 que organizaba el Instituto de Cultura de Yucatán. Recuerdo que me gustaba conversar con él durante los descansos. Su trabajo como publicista, aunado a su afición a la literatura, le había permitido atesorar opiniones y anécdotas interesantes que lo distinguían de entre el resto de los alumnos. Incluso, si mal no recuerdo, sus puntos de vista le costaron reprimendas por parte de algunos maestros –léase Emmanuel Carballo- acostumbrados a  docilidad en sus pupilos.

     “Quiero dedicarme por entero a la literatura, ya no deseo robarle tiempo por culpa del trabajo”, palabras más, palabras menos, recuerdo que me dijo Álvaro en alguna de nuestras pláticas. Aquella sentencia, que para muchos podría sonar a lugar común, en Álvaro se convirtió en un verdadero objetivo de vida. Terminó un diplomado en Letras hispánicas, se inscribió en la Universidad del Claustro de Sor Juana, tomó talleres y se dedicó a leer y a escribir, a buen seguro, con más pasión que antes. El resultado de su perseverancia y entusiasmo pronto dio frutos. En el año 2005, su novela La Arcadia, la misma que hoy nos convoca pero con nombre modificado, logró colarse entre las finalistas del prestigiado premio Planeta.

    Dice el propio autor en una entrevista que la trama de la novela se le ocurrió cuando supo que en la casa donde vivieron sus abuelos, una construcción de fines del siglo XIX enclavada enla colonia Roma,  se habían descubierto en el sótano unos huesos de cristiano. Entonces su imaginación trabajó a todo lo que pudo y esbozó la que sería este interesante thriller que combina lo arqueológico con lo teológico. Me puedo imaginar al autor investigando, analizando, metido las veinticuatro horas del día en libros relacionados con la civilización egipcia. Porque, hay que decirlo, la novela que hoy nos ocupa es también un viaje por las costumbres religiosas del antiguo Egipto, sobretodo en las técnicas de embalsamamiento de esta cultura milenaria que creía en la reencarnación y en la resurrección de los muertos. A lo largo de sus 153 páginas, el autor se ha preocupado por darnos detalles de la cosmovisión egipcia que, de otra manera, quizá nunca nos hubiéramos molestado en averiguar. No sabemos si en las piedras y columnas de las ciudades egipcias estará todo el Universo, pero continuamente se siguen produciendo todo tipo de espectaculares hallazgos “casuales” que aportan nueva luz a la historia de este pueblo, que, en definitiva, es la historia de la humanidad.

       Debo confesar que la lectura de El laberinto escondido de Dios                               me remontó a otros autores que leí durante mi adolescencia. Volví a Agatha Christie, aquella gran vendedora de libros, quien, por haber estado casada largo tiempo con un arqueólogo, tuvo una fructífera época de novelas  que se desarrollaban en los alrededores de la pirámides (Muerte en el Nilo, Poirot en Egipto, Cita con la muerte), recordé a Sir Arthur Conan Doyle, el creador del inmortal Sherlock Holmes, e incluso rememoré a Borges, ya que en uno de sus más famosos y magistrales de cuentos, El Aleph, se lee casi al final del mismo que:

     “los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en El Cairo, saben muy bien que el Universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean al patio central… Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor…”

         Son, como se ve, muchos los autores que han centrado y basado los argumentos de sus novelas y sus historias en Egipto. Y en este caso,  Ancona apuesta por una novela rápida que tiene de todo: aventuras, héroes, villanos, ficción, suspenso y, por si fuera poco, amor. La historia del jorobado Rómulo yla prostituta Rosa, dos seres marginados que encuentran en sus deformidades el pretexto perfecto para enamorarse y dar sentido a sus vidas, es sencillamente encantadora.

         Sin hacer de menos la investigación histórica del autor, quizá lo más rico de la novela sean las largas disertaciones que mantiene Isadora, la protagonista principal, tanto con el cura, en rito de confesión, como con su excéntrico cuñado, el sensacional Cartujo, una suerte de hippie del siglo XXI.

       Con el primero, Isadora cuestiona la existencia de Dios y se suelta a hablar del papel de las religiones en el mundo moderno. Con el segundo, ahonda en el tema de la relación del ser humano con el baile de una manera tan sencilla, que resulta memorable.

       Dicen los que saben que en una presentación sólo deben darse atisbos del argumento para enganchar al lector. Por eso prefiero que sean ustedes, luego de comprar el libro, quienes comprueben por sí mismos hacia donde nos conduce el laberinto que ha diseñado Ancona, pues difícilmente un comentario puede abarcar todo el universo que propone el escritor.

      Antes de terminar, no quiero dejar de mencionar que es de llamar la atención que todos los personajes, en algún momento, le hablan a un Dios directamente, en segunda persona. Lo curioso es que no le hablan para agradecerle algo, sino para recriminarle que no meta las manos en el destino del mundo que él mismo creó.

     Ahora que lo pienso, estoy seguro que es Álvaro, aprovechándose hábil y mañosamente de sus personajes, quien ha decidido aprovechar algunas páginas de El laberinto perdido…para espetarle a Dios todo lo que se le viene en gana. Lo deduzco por lo que comenta Ancona de sí mismo en su blog:

       Me considero un hombre liberal (en el amplio sentido de la palabra libre), agnóstico, ecléctico, lúdico, posmoderno y desmadroso.

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